lunes, 3 de abril de 2017

REVOLUCIÓN RUSA EN BOLIVIA


            Hace cien años, los diez días que conmovieron al mundo desde la lejana Rusia, alcanzaron de forma gradual a la opinión pública y a los intelectuales bolivianos. El proletariado estaba poco organizado, en mutuales de socorro obrero más que en sindicatos, y los partidos socialistas no eran los mayoritarios. Los comunarios y siringueros eran casi todos analfabetos y poco se enteraban de la historia universal. Aún era prematuro vislumbrar el impacto formidable de aquella victoria en la historia nacional y continental.
            La Revolución de los Soviets tuvo su prólogo en las revueltas populares y militares que obligaron al Zar Nicolás II a abdicar y a la creación de un Gobierno Provisional, cuya figura más famosa fue Alejandro Kerenski. Un breve repaso por la prensa de la época nos ubica cómo llegaron las primeras noticias, a mediados de marzo de 1917 a la prensa nacional y cuál era el contexto boliviano.

BOLIVIA EN 1917

            La Bolivia de hace un siglo era aún un país sin nación y un territorio que no terminaba de salir del golpe que supuso quedar sin salida al Océano Pacífico. Casi todos los académicos coinciden en ubicar a 1880 como la fecha clave para entender los sucesos que marcaron una época hasta 1932, cuando otra guerra, la del Chaco, impulsaría a su turno otra dinámica nacional.
            Esa fue la fecha que queda de un debate constituyente más amplio pero que se resume en ese año, año de la derrota en el Litoral frente a Chile, cuando los representantes acordaron un modelo social, económico y cultural ligado al liberalismo y a todo lo que ello representaba. Además fue el momento de creación de los partidos políticos, después de los sucesivos caudillismos militares y populistas. Aparecieron el Partido Liberal, el Partido Conservador, luego con sus divisiones, los republicanos, los genuinos y en 1904 los socialistas en Tupiza. Esa fue la impronta hasta muy entrado el Siglo XX. Apenas el 10 ó cuando mucho el 20 por ciento de la población, varones, definía el destino de todos.
            El dominio civil desde esa fecha coincidió con una etapa de apogeo económico con los patriarcas de la plata en el suroeste, después de largos años de crisis minera, y más tarde el esplendor del estaño en el norte potosino, Oruro y La Paz. En el extremo nacional, donde la colonia española apenas había ingresado durante 300 años, la demanda del caucho creó otro enclave de bonanza económica en las primeras décadas de la nueva centuria.
            Ingresos para pocos, nuevas y fabulosas fortunas, pero más sufrimientos para los indígenas originarios, aymaras, quechuas, potolos, cacackakas, charcas, mojeños, pacahuaras, guaranies, que pasaron de trabajar como siervos o colonos en las haciendas o en propiedades de la iglesia a las minas y a la tupida selva infestada de malaria.
            Mientras en los gomales, la explotación tuvo todavía características feudales con el enganche y el “habilito” de las deudas permanentes, en las minas se formó una nueva élite con ambiciones industriales, con visión de progreso tecnológico- sobre todo en las comunicaciones (telégrafo, ferrocarril, diligencias, vapores)-, creación de escuelas laicas y fiscales, de la normal para formar maestros y maestras, teatros, revistas, periódicos modernos.
            Algunos afirman que los dueños de las minas fueron pacifistas y apoyaron la pronta firma de paz con Chile para continuar con sus negocios. Pronto el crecimiento económico en esas zonas, tanto mineras como en las fincas cercanas (incluyendo las que producían coca) ayudaron a concentrar a la población en la parte occidental de Bolivia. La Paz, Oruro y el norte potosino experimentaron una notable expansión de trabajadores.
            Ahí nació el proletariado boliviano, primero en las minas, más tarde en las fábricas que comenzaron a llenar las villas urbanas en la flamante sede de gobierno.
            En 1917 era Presidente de la República el liberal Ismael Montes, que ya había ocupado anteriormente el mismo cargo y era parte de la primera larga lista de mandatarios constitucionales que dieron a Bolivia un periodo de estabilidad económica y política. Ese mismo año lo sucedió José Gutiérrez Guerra hasta 1920, cuando ya el país estaba sumergido en conflictos sociales y políticos, con influencia de anarquistas, socialistas, comunistas. La palabra “bolchevique” comenzó a tener un significado entre universitarios, periodistas y obreros.

EL GOBIERNO PROVISIONAL RUSO

            En 1914, después del asesinato del Emperador del Imperio Austrohúngaro Francisco José muerto por un anarquista en Sarajevo, se desencadenó la Primera Guerra Mundial, aún muy lejana para los pobladores bolivianos. Para el país significó aumentos de precios en sus principales materias primas y una primera oleada importante de migrantes europeos, aunque en mucho menos cantidad de lo que llegaban a los países vecinos. En los periódicos que consulté encontré el ejemplo de Zoilo Guerrero, empleado de la Bolivian General Enterprice que se enroló en la Legión Extranjera para luchar al lado de Francia en el frente de Aisne.
            La guerra fue para la empobrecida sociedad rusa un asunto impopular desde el inicio y los miles de campesinos que quedaban en los campos de batalla ni sabían por qué morían. También había descontento entre los militares como ya se había expresado dramáticamente en 1905 en el Acorazado Potenkim. Los ciudadanos aborrecían la influencia del santón Rasputín sobre la zarina de origen alemán y de ésta sobre su débil marido. Había hambre en las trincheras, en las ciudades y en los campos. La gente comía una ración de pan mojado en una diluida leche.
            Las sucesivas protestas aumentaron en 1916 y fueron más continuas y desafiantes desde enero de 1917. Son muchos los detalles que formaban una ola gigantesca, aunque el Zar no quería verla. El 27 de febrero en el calendario ruso (por eso se conoce como Revolución de Febrero), 8 de marzo en el calendario gregoriano, las tradicionales manifestaciones por el Día Internacional de la Mujer se transformaron en una gran revuelta popular. Fueron sobre todo las obreras textileras las que prendieron la mecha.
            Inicialmente la respuesta oficial fue violenta, pero ya la desesperación era muy grande y el pueblo estaba dispuesto a morir. Nicolás II abdicó y se formó un Gobierno Provisional por varios meses, el cual no logró estabilizarse, aunque prometió las primeras grandes medidas que tanto influirían después en Bolivia como la Reforma Agraria, las asambleas populares, las milicias civiles armadas.
            El Comité Provisional de la Duma estatal se reunió inicialmente con los mencheviques con la idea de formar un gobierno amplio, algo que no prosperó después de varios días de debates. El Soviet de Petrogrado ofreció públicamente su apoyo al gobierno provisional pero no aceptó ingresar al mismo. Los socialistas pidieron Asamblea Constituyente elegida por voto universal, la liberación de los presos políticos, libertad de prensa y de asociación, libertad para formar nuevos partidos políticos, una agenda que aceptaban todos. El gobierno prometió voto universal y el reemplazo de la policía zarista por milicias nacionalistas.
            El Sóviet de Petrogrado calificó a la flamante revolución de burguesa y el gabinete quedó conformado por liberales, conservadores moderados y el famoso Alexander Kerenski que actuó más a título personal. Después de la abdicación de Nicolás II, su hermano Miguel rechazó el trono y el Gobierno provisional comenzó a regir Rusia, pero sin controlar todas las fuerzas sociales y militares y ante un poderoso Soviet en la capital.
            El nuevo Primer Ministro era Gueorgui Lvov, respetado liberal al igual que otros ministros afiliados al Partido Constitucional Democrático, como Pavel Miliukov que ocupó la Cancillería. Los socialistas pedían que se aceleren las reformas sociales y económicas y el final de la guerra, el gobierno aún titubeaba y ese fue el sello de su larga agonía, hasta la Revolución de Octubre.
            La Revolución de Febrero significó profundos cambios, aunque no tan radicales como los de octubre (noviembre). La izquierda, formada por socialistas, quedó dividida entre quienes eran favorables de cooperar con los liberales y la corriente radical opuesta al Gobierno provisional, formada por  mencheviques internacionalistas, anarquistas y, principalmente, bolcheviques con Vladimir Ulianov- Lenín, como su líder más destacado, hermano de un revolucionario ajusticiado antes por el zarismo.
            El poder dual entre la fuerza del gobierno y la del Sóviet dejó espacio para el intento de un contragolpe, luego controlado, y para una serie de enfrentamientos que concluyeron en octubre (noviembre) con la Revolución bolchevique. Las tensiones reflejaban una visión compartida contra el poder imperial pero con diferencias de intereses entre las clases medias y los campesinos y obreros.
           
LA PRENSA BOLIVIANA

            En esos días la prensa boliviana estaba ocupada en dos asuntos nacionales principales: las elecciones de mayo entre el candidato oficialista el liberal José Gutiérrez Guerra y el radical José María Escalier; y las revueltas, a veces violentas con asesinato de hacendados, en varios lugares del altiplano paceño, donde a inicios del siglo se había levantado Pablo Zárate Wilca.
            Las noticias internacionales desde los frentes de lucha en Europa disputaban las primeras planas y páginas enteras se llenaban con los cables de la Agencia Reuter o con despachos directos al periódico, como era el caso de “El Diario”, fundado en 1904.
            En esos días, Estados Unidos se aprestaba a ingresar a la contienda, como aliado de Inglaterra y de Francia y varios países latinoamericanos iban a declarar la guerra a Alemania, cuya derrota era evidente. Turquía, Irak, la Mesopotamia, Siria eran, como en este 2017, otros territorios de sangrientas batallas y la caída de Bagdad significó el final del imperio otomano.
            Méjico mantenía una actitud más cauta y pacifista. En Perú, Nicaragua, El Salvador, Cuba, Paraguay, se sucedían huelgas y protestas sociales. Los irlandeses luchaban por su independencia y despertaban simpatías en el continente.
            El viernes 16 de marzo de 1917 (calendario gregoriano), “El Diario” publicó una primera noticia sobre los combates en Petrogrado y Moscú y la confirmación oficial de la abdicación del Zar Nicolás II y de su hijo, el Gran Duque Nicolás, después de 21 años de gobierno (a las 14.30 del 14 de marzo) Era el final de los Romanov. Las noticias eran todavía confusas por la censura y llegaban vía Londres. Se conoció el apresamiento de ministros y oficiales y la conformación de un nuevo gobierno desde la Duna, el parlamento ruso.
            Según se sabía los disturbios comenzaron días antes, motivados fundamentalmente por la falta de alimentos. Cuando la muchedumbre llegó al arsenal, frente a Lietenic Prospecto, los soldados se negaron a disparar, después se unieron policías y otros militares y la protesta se transformó en Revolución. Otro cable informaba de la llegada de regimientos a la capital ondeando la bandera roja.
            Por su parte “El Tiempo” difundía detalles del apresamiento de la familia real cuando se detuvo el tren imperial en una estación y su confinamiento a una zona rural, la enfermedad de los niños, especialmente de Alioscha y el intento del zar de suicidarse.
            El Santo Sínodo de la iglesia ortodoxa apoyó la revolución y así lo hizo difundir por todas las iglesias. La población rusa era de 174 millones, casi todos empobrecidos campesinos y obreros.
            También se informó de la revolución en Alemania y del reemplazo de Liebknecht en Postdam por el socialista Mehring. El tablero mundial se cambiaba aceleradamente.
            La cobertura fue intensa hasta fines de marzo, luego la tensión electoral nacional ocupó toda la atención.
            Apenas un año después, en 1918, la primera masacre proletaria en Uncía, marcaba la influencia de la Revolución proletaria en Bolivia, cuyos alcances llegan hasta el actual gobierno de Evo Morales.