lunes, 27 de septiembre de 2021

JULIO, EL APÓSTOL DE LA CANÍCULA

 

FERIA DEL LIBRO

24 DE SEPTIEMBRE DE 2021


         Me es grato iniciar este conversatorio en homenaje al medio siglo de publicación de la novela “Matías, el apóstol suplente” en este día histórico, la fecha cívica del departamento de Santa Cruz.

         Resalto ello porque el escenario cruceño es una constante en la obra de Julio de la Vega Rodríguez, especialmente la canícula, el clima tórrido del valle o de los llanos, el trópico.

         En largas charlas en la antigua casona familiar del Montículo, Julio me contaba, entre otros asuntos amorosos, de la importancia que tenía para él haber nacido en Puerto Suárez, en el extremo este de Bolivia, en la actual provincia Germán Busch. Aunque él vivió pocos meses en ese lar, sentía que los rumores del bosque, el agua, el calor se habían impregnado en su piel.

         Puerto Suárez, en cambio, no lo reivindica, por lo menos hasta hace un lustro cuando visité la población y recorrí la alcaldía y algunos espacios donde creía importante encontrar una placa con su nombre.

         Julio se apareció al mundo en los últimos días del verano meridional, el 4 de marzo de 1924, como segundo hijo del matrimonio del paceño Julio de la Vega Iturri y de la cruceña Enriqueta Rodríguez Salmón.

         Su padre era descendiente de familias tradicionales del altiplano, militar de profesión, pero poeta y especialista en rimas picarescas que dedicaba a familiares y amigos. El paceño Octavio de la Vega, cuyos restos aún se encuentran al ingreso del Cementerio General de La Paz, se casó con su coterránea Luisa Iturri Sánchez Bustamante perteneciente a una familia acomodada de 10 hermanos y con casa solariega en pleno centro de la ciudad.

         Varios de los Iturri fundaron a su vez núcleos familiares con otras familias criollas como los Álvarez García, los Blanco Galindo, los Álvarez. Como era usual en la época, fines del Siglo XIX, una de las hermanas fue monja y uno de los hermanos partió a Buenos Aires.

         Octavio y Luisa tuvieron tres hijos; Julio, el “Oso” habría de ser famoso general de la República y héroe en la Guerra del Acre, Prefecto en el Departamento de Cochabamba y ministro de Gobierno; Rebeca, nacida en La Paz el 26 de enero de 1882 se casó con el coronel yungueño Camilo Unzaga; y a Arturo, quien murió joven, asesinado en un recoveco de las selvas benianas al querer decomisar un cargamento ilegal. La tía Rebeca y su único hijo sobreviviente de los seis que tuvo, Oscar Unzaga de la Vega, fueron familiares especialmente influyentes en los años juveniles del futuro poeta.

         Por su parte, Enriqueta era nieta de la mujer más bella de Santa Cruz, Enriqueta López Arce, recordaba en las páginas del caminante Alcide D’ Orbigny cuando pasó por Santa Cruz a mediados del siglo XIX. Ella tuvo una primera hija fuera de matrimonio (Juana Nernuldes) y luego tres hijos con Zacarías Salmón, emparentado con familia paceña y peruana.

         Irene Salmón, la menor y la más feúcha de la familia, tuvo dos hijos de una relación fugaz con un beniano trashumante, Antonio Rodríguez que pronto retornó a Reyes. Él tuvo ahí a Adolfo Rodríguez Castedo, entre otros descendientes, quien sería un gran amigo de Julio pues era un gran contador de historias de la selva y de los ríos bravíos amazónicos que fascinaron al poeta y también a sus sobrinas.

         Irene se casó posteriormente con Ruperto Arenales y la familia se amplió con nuevas hijas. Vivían en la famosa casona del altillo, en la calle Beni, en pleno centro urbano de Santa Cruz, actualmente museo municipal. Esa casa tiene la particularidad de un barandado donde la muchachada contemplaba el carnaval, gozaba de la tertulia vespertina o simplemente se entretenía con la rayuela y los pesca pesca por el corredor, los patios o las calles de esa ciudad plácida.

         Ahí estaba Enriqueta a sus doce años una mañana en 1910 cuando pasó montado en su caballo Julio rumbo a su destino militar, después de haber participado en la guerra del Acre a inicios del siglo y de otras experiencias. La miró y se enamoró en una escena que parece inicio de una novela de su futuro hijo. Le pidió que lo espere, que él volvería para casarse con ella, aunque él era mucho mayor.

         Ella era alegre y cantora, tocaba el piano y la guitarra y en antiguas fotos familiares se la ve en la campiña, rodeada de admiradores, como un viejo cuadro impresionista. Cortejada por unos y otros, eligió esperar al colla atrevido que la había mirado con tanto amor.

         Se casaron más de una década después, el 28 de mayo de 1922. Aunque enamorada, Enriqueta lloró hasta secar sus ojos cuando tuvo que alejarse del caserón familiar y de su adorada madre. Partió hacia el pueblo fundado poco antes por Miguel Suárez Arana en su intento de vincular una salida al Atlántico por el río Paraguay y que jugaría posteriormente un importante rol en la guerra del Chaco.

         Según recordaba Julio, sus padres recorrieron el largo camino a caballo junto a un carretón con sus pocos enseres para habitar en el campamento. En algún lugar, les salió un tigre hambriento, pero al verla se volvió moviendo la cola hacia el bosque. El marido la molestaba con esta escena: “hasta el tigre” la temía, a ella que era del signo Leo pero dulce y callada. Para el hijo era más bien un signo porque era tan bella que hasta un felino se enamoraba. Durante su vida de casados Julio y Enriqueta se comunicaban muchas veces en verso.

         En un recodo, la muchacha le contó que estaba embarazada. ¿Cuántas semanas tardaron de pascana en pascana? Difícil saberlo. El asunto triste es que en el puerto no existían condiciones saludables y el niño nació muerto o murió poco después.

         Se llamaba Mario. Como sucedía en esa época, prometieron recordarlo poniendo el mismo nombre al nuevo hijo. Por ello el poeta fue bautizado como Julio Mario. Ese nombre no lo usó nunca. Sin embargo, un cruceño lo sabía y organizó una vez algo fantástico: que todos los marios cruceños se reúnan en la ciudad y Julio fue.

         Esa presencia, a la cual él se refería en contadas ocasiones, era parte de su biografía. Julio de la Vega Rodríguez era el ser más pacífico y a la vez el más alterado; nunca agredía a nadie, golpeaba las paredes con sus puños, gritaba mordiéndose los labios, incendiaba su corbata porque un amigo no lo escuchaba. Decía que seguro el llanto permanente de su madre le impregnó hasta los huesos.

         El trío se trasladó pronto a Cochabamba, donde nació la segunda hija, Beatriz. Durante años recorrieron otras poblaciones y fortines, cuidades y provincias. Charagua fue el otro espacio geográfico que Julio no olvidó.

         Para Julio Mario, el paisaje más lejano de su infancia estaba en su memoria: las palmeras, los líquenes, la espesura de la selva, los rumores de las hojas, del agua y el misterio de lo desconocido. Aunque su obra, sobre todo la narrativa y las tres piezas de teatro, puede parecer urbana, la canícula de la selva fue su abrigo personal y una protección especial, además de fuente de su inspiración.

         Julio es pues un autor profundamente cruceño, aunque allá pocos parecen recordarlo.

viernes, 24 de septiembre de 2021

MUJERES BRAVÍAS

 

            En uno de mis últimos viajes por la patria antes de la aparición del COVID 19 asistí a la fiesta de los Reyes Magos en Reyes, una de las poblaciones benianas de mis antepasados. Una imagen me fascinó: el desfile de las mujeres ganaderas montadas en hermosos caballos, tan gallardos como ellas. Son escenas de película para citadinos que llegan desde la metrópoli de las alturas.

            Cada una de ellas, algunas veteranas y otras aún adolescentes, lucían la herencia de belleza física de unas estirpes mixturadas y crecidas bajo el cálido sol y la armonía de un paisaje de agua y luz. Por su propio medioambiente y por las tareas que cumplen en las praderas, tienden a ser esbeltas, condición que aprovechan con cuidados de sus cuerpos y modas. Jeanes sentadores, blusas blancas impecables, botas, sombreros ladeados. Conocí algunas biografías de aquellas que llevaron el ganado a las colinas para evitar que mueran en medio de las aguas desbordadas; o la que ayudaba a parir a las vacas o la que recorría solitaria los llanos detrás del hato. Reyes fue la región histórica para cubrir la demanda de carne en mercados andinos y mineros.

            Recuerdo algunas pioneras cruceñas que salían eventualmente en los periódicos, muchas veces en los suplementos femeninos, a pesar de que sus actividades estaban más relacionadas con la economía que con lucir hermosas cabelleras. También pude asistir al trabajo de una propietaria en una lechería en San Javier y admirar unas faenas inimaginables para alguien que se limita a leer y a escribir desde un escritorio. Madrugar para empezar a tiempo cada actividad para mantener sanos a los animales; para asegurar su alimentación; para recopilar la materia prima; para preparar el queso, la mantequilla.

            Históricamente hay dispersos datos de mujeres dueñas de haciendas que ayudaron a hacerlas competentes y a sacarlas adelante, historias más orales que escritas. Ahí están los ejemplos en los Yungas paceños o en la provincia Inquisivi; o las nueve generaciones de mujeres cochabambinas en la Muyurina que dieron fama a esa villa; o las herederas en torno a la producción de singani en los Cintis.

            Actualmente, conocemos la noticia, la buena noticia, de la organización de mujeres ganaderas de Beni y de Santa Cruz, ya no solamente como hijas de ganaderos, sino como profesionales capacitadas en especialidades relacionadas con el agro.

            Una veintena de ellas fundó hace poco CREA Mujeres Agropecuarias para intercambiar experiencias, información, habilidades, conocimientos generales para atender los problemas de las empresas agropecuarias y mejorar las técnicas tanto de producción como de gestión. Varias se formaron en centros de alta competencia como la Universidad Zamorano de Honduras o las facultades brasileñas.

            Cada experiencia busca avanzar desde los inicios familiares tradicionales a la modernidad, tanto desde el aprovechamiento de las técnicas modernas, como la relación con la comunidad y con el entorno natural.

            Estas noticias -que deberían ser titulares de la prensa- nos permiten conocer los diversos rostros del país productivo, el país que trabaja, el país que integra. CREA anunció que espera incorporar a agro empresarias en Tarija y en La Paz. Aunque estas formas asociativas tienen una larga data, la novedad es concentrar la capacidad específica de las mujeres agropecuarias profesionales.

            Son estas personas, estos esfuerzos, los que explican por qué Bolivia se mantiene y sigue adelante a pesar del estropicio de la política y de la confrontación. Un buen regalo para el aniversario de Santa Cruz.

lunes, 20 de septiembre de 2021

DEL HOLOCAUSTO A LOS ANDES: LOS IBERKLEID VISTEN A LOS MESTIZOS

 

           Desde la esquina más intensa del barrio, un almacén rebosante de telas y encajes mira pasar las biografías de mujeres aimaras que preparan la fiesta de el Gran Poder para lucir la nueva moda en polleras, mantillas y blusones. El “gross mordoré” nuevayorkino había sido el hit de la comparsa pasante.

            Una pareja se encarga de conseguir los productos que circulan por las pasarelas de Manhattan para ofrecerlos a su clientela más sofisticada. Hacía mucho tiempo que la hacendosa mujer se había dado cuenta de que, si los hombres compraban cinco o 10 metros de casimir, sus amadas gastaban tres veces más. Adicionalmente escogían botones, cintas, hilos, flequillos, enaguas y un “tira talle”; a cambio, exigían la exclusividad.

            La “Casa Hafay” (Illampu con Sagárnaga) es la Vogue para las vecinas que pasan los días detrás de mostradores de carnes o abarrotes y que dan movimiento a la popular zona que va desde Challapampa hasta Chijini donde La Paz es Chuquiagomarka. Esperan la fiesta para exhibir las ganancias de sus negocios.

            Lograr vencer a la competencia y ser la tienda preferida entre tantas ofertas legales y callejeras no había sido fácil. Jacobo y Zelda Iberkleid recorrieron 10 mil kilómetros: una panadería, un orfelinato, trenes hacinados, hambrunas, la estepa, siete mares, la cordillera, el desierto, el altiplano, hasta llegar a ese escaparate. Recorrieron el yiddish, el polaco, el uzbeco, el ruso, el castellano mestizo. Recorrieron el matzá y el kipe y convivieron con los aromas del costillar orureño y el fricasé de la Alexander.

            Celebraron aún en las vísperas del horror la cena del Séder y cada uno de sus platillos y conocieron la embriaguez devota de una banda de bombos y platillos alrededor de un Cristo de tres rostros. Recorrieron las vestimentas sencillas y los zapatos cerrados hasta las faldas multicolores levantadas al ritmo de la morenada compartiendo lentejuelas con las largas botas de tacón. Recorrieron la vida.

            Recorrieron el miedo, la persecución, la detención, el hambre, el peligro, el aliento de los miles en víspera de la muerte en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

            Recorrieron el Holocausto para llegar a los Andes. Así lo cuenta el académico Jorge Cortés Rodríguez en su libro “Tejiendo Raíces” para reflejar en una trama familiar la historia de seis millones de judíos asesinados en el centro de la Europa más refinada. De los millones arrancados de sus hogares, apenas sobrevivieron algunos miles para contar la historia.

            Los Iberkleid llegaron a Bolivia como otras familias de judíos perseguidos desde las victorias del nacionalsocialismo. Había hebreos en casi todo el país, algunos con genealogías coloniales como los Arias, sefarditas. Otros habían llegado desde 1825 y durante el siglo XIX. Sin embargo, había sido la década de los treinta la que convocó a unos 8.000 judíos, sin llegar a ser una colonia tan numerosa como en Argentina.

            Jacobo y Zelda conocieron su nueva patria en el Oruro minero, pero Bolivia no los recibió con buenas noticias. A los tres meses de su arribo, estalló la revolución de 1952. La gente contaba afanada la lista de los muertos, las balas perdidas, la voz femenina que los convocaba al asalto del Regimiento Camacho. Quizá alguien les susurró intranquilo que acababa de triunfar un partido que en su documento fundacional había revelado su antisemitismo. Su principal opositor era también furiosamente contrario a la presencia de judíos en Bolivia.

            Al finalizar la guerra mundial muchos judíos retornaron a Europa o a Israel. Quedaban muchos comerciantes, un librero, algunos industriales, pocos agricultores, un colegio, tres sinagogas y sus rabinos, un cementerio. Alejandro Iberkleid, el hermano que había llegado primero y los atrajo a Bolivia, seguiría su propia ruta.

            Los Iberkleid llegaron desde la pobreza natal; Zelda (Tomaszow Lubelski, 1930) trabajó ayudando a su padre desde los seis años, desde la limpieza de la vivienda hasta la venta de los panes que la entrenaron para inventar estrategias comerciales en el corazón del mundo aimara paceño. Terca, acudió a la escuela a pesar de todos los obstáculos y aprovechó los márgenes blancos de los periódicos para entrenarse en sumas y restas. Aprendió algo más; algo que su voluntad no podía impedir: las miradas torvas y las murmuraciones sobre noticias cada vez más alarmantes. Después todo fue un tobogán de bombas, golpes, secuestros, asesinatos. Escapar a Rusia, dejar la muñeca de trapo, el zumbido eterno en el oído desde el manotazo de aquel SS.

            Jacobo era de la misma zona, pero con una posición económica mejor. El hermano mayor había migrado a Rusia y quiso llevarse al niño. La madre lo preparó y él pensó que irían juntos, pero ella se desprendió justo al salir el transporte para quedarse con sus otros hijos. Lloroso la vio cada vez más lejos; al terminar la guerra no quedaban rastros de la familia en Piaski.

            Proletarios, se habían enamorado en un contexto de odios y peligros. Adolescentes no imaginaron la tuerca del destino asumido por el nazismo que los separó y los colocó en la larga lista de los condenados.

            ¿Quién decidió salvarlos? Es siempre tan difícil comprender por qué unos mueren aún sin saber caminar y otras con una criatura en el vientre. Así como es más duro entender por qué unos serán elegidos para contar lo que vieron y para ser la memoria de los demás.

            Los años del Holocausto no cortaron el amor. Él tenía los ojos llenos de la imagen de la muchacha morena, baja de estatura, regordeta, con ese vestidito de verano. Ella escuchaba aún entre los ruidos de las botas y las rejas oxidadas aquella voz dulce y calmada del joven de cabello desbordado.

            Volvieron a encontrarse, cada uno con sus muertos sobre las espaldas. Se casaron con vestidos prestados. Llegaron a Bolivia, primero atraídos por la Patiño Mines. Después hasta La Paz. Al inicio fue una tienda de un solo mostrador. Cada uno inventó unos modos para poder ahorrar: importar, cortar, convencer, reservar… Medio siglo con la tienda y más tarde con una industria textil, venciendo crisis, inflaciones.

            En Los Andes criaron a sus hijos y contaron a retazos sus biografías a los nietos. El amor se extendió a la familia chucuta. Zelda, rebautizada “doña Jacoba” por sus clientas, vive ahora en Israel, donde finalmente descansa Jacobo en la tierra de sus antepasados.

 

 

viernes, 17 de septiembre de 2021

VENEZUELA DESANGRADA

 

            Un muchacho delgado como su esqueleto, sucio como los trapos que lo cubren a medias, de tez aceitunada opacada por la polución vehicular, se acerca hasta la ventana para un algo que puede ser moneda, sobra o basura. Sólo brillan los ojos verdes, extraños en medio del afán en plena Avenida Montes de La Paz, con algún lejano recuerdo de cariño, de amable abrazo, de fraterno desayuno.

            Instintivamente cierro el vidrio, quiero que cambie la luz roja. Que se vaya. Que no quiero verlo. Que cuidado jale la cartera. Que está drogado. Que no tiene barbijo. Que detrás del muro están otros andrajosos como él; otros ñeros vagabundos; los pobres duros, los que ningún programa de asistencia devolverá su única oportunidad sobre el planeta. Al partir, quedan en el aire sus súplicas, su voz, su acento venezolano.

            Como él, seis millones nacidos en la patria de Simón Bolívar presionan en otros miles de semáforos y de caminos, de trancas y de puentes en una huida sin esperanza para salir de la tierra del mal hacia la nada. ¡Seis millones!, la mitad de la población boliviana. La misma cifra de judíos asesinados durante la Segunda Guerra Mundial. De gitanos, de palestinos, de sirios despojados de su hogar y de la esperanza de vivir en paz.

            Seis millones de seres humanos que el mundo ha aprendido a mirar con indiferencia. “Son venezolanos”. Mientras inventan negocios de arepas o empanadas, se vuelven peluqueras o mozos, prostitutas o atracadores, junto a sus mujeres, a los hijos, a los sobrinos, a los recién nacidos.

            Por culpa y responsabilidad histórica del modelo del socialismo del siglo XXI y de la conducción fallida del comandante Hugo Chávez Farías, los venezolanos han abandonado su infancia para buscar en algún lugar alguna salida; no para ellos que ya están perdidos, para los chicos.

            Por culpa y responsabilidad histórica del heredero del chavismo, el camionero Nicolás Maduro y la corte palaciega de Miraflores, el futuro venezolano está castrado. Cuando un país contempla sin poder hacer nada el éxodo de millones de compatriotas porque no les puede dar ni un mendrugo de pan, el fracaso es para más de tres generaciones.

            No interesa a quién o a quienes quieran señalar como causa del estropicio para evitar el insomnio con los millones de rostros perdidos. No hay bloqueo ni imperialismo que cargue con las decisiones asumidas durante dos décadas para ahogar política, económica y socialmente a un país que fue el más rico. El chavismo no modificó la herencia de corrupción y despilfarro de sus antecesores; al contrario, la empeoró y la aprovechó a nombre de los más desposeídos.

            Mientras decenas de otros venezolanos, muchos exfuncionarios o ex socios de los millonarios negocios estatales, salieron a comprar casas en Miami o en Madrid, a poblar playas y casinos, a imitar la riqueza incontable de las hijas de Chávez, de los Sosa, de los Carvajal.

            El mundo debe pagar por ello. Naciones Unidas recaudó 1500 millones de dólares para atender a los desplazados, cifras que se nutren del aporte de los que trabajan legalmente, no del narcotráfico ni del terrorismo de estado. Sumas que se quedarán en burocracias. ¿Acaso llegará un abrigo al mendigo limpiavidrios?

            Y, como bobos que imitan al fracasado, otros gobernantes llaman hermano a Nicolasito y contratan sus huestes para sembrar micrófonos, provocar conflictos, preparar masacres, ordenar prisiones y procesos, vigilar la libertad para ahogarla, para reventar el continente como han reventado el alma llanera de sus antepasados.

           

viernes, 10 de septiembre de 2021

EL TIPNIS, 10 AÑOS DESPUÉS

             Hace diez años la imagen de Evo Morales y del gobierno del Movimiento al Socialismo gozaban de respeto dentro y fuera de Bolivia. La presidencia de un descendiente de indígenas originarios de América Latina, el discurso sobre los derechos de los pueblos, la preocupación por los pobres, la mirada hacia la Madre Tierra Pachamama, la postura contra los imperios… todo parecía políticamente correcto.

            La victoria en el Referendo Revocatorio había consolidado la simpatía electoral por Evo; en algunos espacios territoriales con adhesión completa, casi mesiánica. Incluso la superación sangrienta de la crisis de 2008 y la admisión de Evo de ser responsable de ello no habían afectado su fama mundial.

            Los que desenmascararon la mayor impostura en la historia de Bolivia fueron los nativos de alpargata y sombrero de paja, las mujeres de tipoy y niños en brazos, los músicos de tamboril y tontochi, los dirigentes de pantalones blancos gastados en la pesca y el andar, los balseros de las cachuelas, las abuelas que duermen en hamacas, los cuidadores descalzos del bosque tupido, las madres adolescentes que cantan con los manantiales.

            Los siempre postergados, los hace lo todo, los guerreros desarmados, los amigos de la naturaleza, los más pobres entre los pobres bolivianos le dijeron al mundo que todo era una farsa inconmensurable. Que el que los gobernaba no hablaba ni un idioma originario ni tenía alma de indígena; que no era campesino ni amaba la tierra que preña la semilla; que no bebía del agua clara del arroyo ni leche de la vaquilla; que no recorría los senderos líquidos ni nombraba los pájaros; ni apreciaba las parabas ni respetaba las pirañas; ni conocía las redes sobre el espejo luminoso del río bravío ni jamás protegió una peta embarazada; ni supo cómo vivían los serenos de la floresta ni sus comidas.

            La marcha por la defensa del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure -dos décadas después de la Marcha por el Territorio y la Dignidad de los pobladores bolivianos de tierras bajas en el norte y oriente boliviano- develó el tenebroso futuro que espera a la nación. La construcción de una carretera para partir el TIPNIS era sólo el inicio de un accionar premeditado y alevoso para sacar a los originarios de su hábitat, aprovechar nuevas zonas de cultivo de coca, incendiar los árboles, quemar los animales, pisar las serpientes, arrancar los nidos, contaminar el agua, alejar las nubes, colmar las tierras quemadas con citadinos. ¿Cómo compite un oso hormiguero con un kilo de cocaína?

            Los marchistas fueron reprimidos con maldad. Dirigentes del MAS los llamaron salvajes; los ministros los acusaron de subversivos; las voceras los culparon de entrometidos. Usaron a civiles armados de chicotes y de insultos para detenerlos en el camino. Les quitaron los hijos de sus brazos, los apalearon, los tiraron en camionetas casi desvanecidos, las llenaron la boca con plásticos engomados, las metieron en buses con sus chicos llorando.

            Nadie fue juzgado. Todos los de la trampa fueron premiados.

            El pueblo paceño recibió a los marchistas con aplausos, gelatinas, refrescos, llantos. Jóvenes se dieron cuenta que habían sido burlados; así no se defiende ni la Tierra, ni el Agua ni la Naturaleza. Se alejaron del MAS para no volver.

            El TIPNIS mostró el uso de las mentiras, de las estrategias envolventes, de las contramarchas organizadas con empleados pagados, de los titulares de prensa prefabricados en palacios. Las organizaciones indígenas quedaron divididas, desalentadas; el cemento ganó a la selva. El TIPNIS fue el inicio del fin de aquello que empezó como utopía y terminó quemando las banderas del amanecer.

viernes, 3 de septiembre de 2021

LA LIBERTAD DE PRENSA DIVIDE AL MUNDO

 

            ¿Qué diferencia a Angela Dorotea Kasner (Hamburgo, 1954) de Vladimir Vladimirovich Putin (Leningrado, 1952)? Ambos nacieron pocos años después de la Segunda Guerra Mundial y cuando sus respectivos países apenas se recomponían de la destrucción. Una es física de profesión, sobresaliente; el otro es abogado y ex agente de la agencia de espionaje KGB, sobresaliente.

            Para los dos el inicio del nuevo siglo definió sus carreras políticas y ambos son los líderes europeos actuales con más años al frente del gobierno. Angela, ya con el apellido adoptado de su primer esposo Ulrich Merkel fue elegida en 2000 como presidenta de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU); Vladimir quedó como presidente interino de Rusia en 1999 cuando renunció Boris Yeltsin. Ambos consolidaban con esos nombramientos dos décadas de gran influencia en el resto del planeta.

            Los dos vivían en la República Democrática Alemana cuando cayó el Muro de Berlín en 1989 y comenzó un nuevo ciclo en la historia mundial. Ángela era hasta entonces una científica que indagaba sobre las interrogantes que mueven la vida y destacaba como académica más que como política, aunque en su tesis no dejó de preguntarse: “¿Qué es un modo de vida socialista?” Vladimir, de familia humilde, optó por ser soplón hasta culminar en 1998 como director del Servicio Federal de Seguridad.

            La joven hija de un pastor protestante se sumó al movimiento democrático en la RDA post Muro y participó en las primeras elecciones después de la histórica reunificación alemana. En 1990 fue nombrada como ministra para la Mujer y la Juventud en el gobierno del canciller federal Helmut Kohl, su mentor político. Sin embargo, cuando hubo el escándalo por la falta de transparencia en la campaña de Kohl, ella no dudó en romper con ese círculo de poder. Fue también ministra de medio ambiente y seguridad nuclear, pero al postularse como canciller se comprometió a desmantelar las centrales nucleares. Además, vive en un departamento, viste con sencillez; compra personalmente en el super de la esquina y se alterna con su esposo Joachim Sauer en las labores de casa. Vive como socialista en la mayor economía mundial.

            Vladimir aplicó desde sus primeros años en el poder, directa o indirectamente, su aprendizaje en el espionaje para destruir a sus sucesivos adversarios. Está señalado como involucrado en el envenenamiento de Alexei Navalny a quien mantiene en prisión en condiciones infrahumanas. El opositor denunció que Putin posee un palacio secreto “construido con el mayor soborno del mundo”; placeres de capitalista en un país pobre.      

            Merkel, con la experiencia de haber vivido bajo el comunismo, mantuvo el respeto a las libertades de conciencia, de expresión, de prensa, como base para la convivencia pacífica en su país y en el mundo. Con escasas apariciones en la televisión, respondió a cualquier pregunta en conferencias de prensa, sin usar la fiscalía o la policía para intimidar a los periodistas. Los medios oficiales alemanes no dudan en reproducir críticas a su gestión o a sus decisiones.

            Putin mantiene un férreo control sobre toda la prensa en su país y en su órbita de influencia. Las transmisiones de los canales rusos en América Latina son propaganda de respaldo a otros gobiernos que persiguen a periodistas, sea Cuba, Venezuela, Nicaragua, Argentina.

            Ángela logró que ella, su gestión y su país representen a una parte del mundo; el mundo que respeta a las libertades democráticas y a los derechos humanos.  Vladimir es el símbolo del control político, la censura, los lavados cerebrales, las vacunas politizadas.

Una fue reelegida respetando la constitución; él otro la acomodó según su ambición.