Hace un siglo, los bolivianos fueron conducidos a una guerra fratricida por la demagogia de Daniel Salamanca, quien no dudó de aprovechar las demoras diplomáticas para salirse del frente interno convulsionado por reclamos de la autonomía universitaria, del respeto a las tierras comunitarias y de los flamantes sindicatos obreros.
En este
fatídico 2026, los bolivianos son desbarrancados a una guerra civil de baja
intensidad, en la cual la inacción del presidente Rodrigo Paz Pereira y de su
gobierno ha culminado en la destrucción de las cadenas productivas, las escasas
vías de comunicación, la limitada producción industrial y agroindustrial, los
pequeños emprendimientos.
El
metafísico del fracaso aseguraba que el país estaba listo para “pisar fuerte en
el Chaco”. No con los arados, como había sugerido Jaime Mendoza, sino con las
botas prusianas. Solo la valentía de los combatientes, la capacidad de los
profesionales que partieron a las trincheras, la abnegación de los campesinos
llevados a la fuerza, la fortaleza indígena detuvo el avance de los paraguayos.
Salamanca y sus adláteres creían que la pérdida de dos generaciones de hombres en
la Guerra de la Triple Alianza iba dejar sin respuesta al ejército de José
Félix Estigarribia. ¡Qué equivocado estaba!
En el
medio la acción de argentinos que tienen una atracción desenfrenada por meterse
en la política boliviana. Documentos confidenciales inéditos del embajador
boliviano Casto Rojas muestran cómo Buenos Aires jugó un papel de dos caras.
Desde la cancillería se presentaba como mediador; desde la prensa y agitadores
trabajaba para beneficiar las demandas paraguayas; incluso insistían en echar
leña para distanciar a los soldados cruceños y benianos de los andinos. ¡Tanto
para investigar!
Paz
llegó al Palacio de gobierno con un insospechado capital social, más allá de su
propia candidatura y de la deformidad congénita de su fórmula. En sus espaldas
cargaba la responsabilidad de recuperar el (No) Estado desestructurado. Seis
meses después los habitantes de este territorio comprueban azorados que el
Estado Plurinacional de Bolivia no existe. La ausencia del Estado explica la
falta de respuestas concretas para impedir, enfrentar o solucionar la
insurrección de sectores sociales con diferentes demandas, desde las históricas
hasta las ambiciosas.
La
derrota electoral del Movimiento al Socialismo no significó el final de un
modus vivendi que de una y otra forma existió en Bolivia desde la masiva
incorporación a la administración pública con la Participación Popular en 1994;
la presencia de aimaras en la vicepresidencia; el proyecto para asumir el poder
político expresada en los conflictos de 2000 y en diferentes episodios en los
últimos 20 años.
Paz
Pereira demuestra tanta frivolidad como Salamanca en 1932. Revisar sus
declaraciones a lo largo del año lo desnudan. Los reclamos de los mismos grupos
que le dieron el voto fueron contestados con adjetivos: sicarios sindicales,
trabajadores vip, narcoterroristas.
Cuando
le es útil los bloqueadores se transforman en “mis compañeros Tupak y Bartolina
Sisa han tratado los temas del norte de La Paz”. Más de mil horas después del
corte de la vía yungueña: “Esta es la manera de trabajar, no bloqueando,
trabajando”, mientras toneladas de productos agrícolas se pudren en el camino.
Las
madres no pudieron festejar su día, pero el presidente confiado aseguró en su
red: “Los bolivianos no tememos al futuro. Encaramos el futuro. Vamos a paso de
vencedores. Amamos a la patria y aquel que le hace daño no ama la patria”.
Varias veces aseguró: “el tiempo se acaba, se acaba” sin mirar a los miles de
paceños durmiendo cinco días por unos litros de gasolina adulterada.
“Es la
batalla de todas las batallas. Tenemos que ganar esta batalla para ganar la
guerra (narcotráfico acorralado) mientras decenas de restaurantes,
emprendimientos, grandes industrias cierran sus puertas, algunas después de
décadas de funcionamiento.
“No
tengo miedo a fallar, tengo miedo a no intentarlo”, al mismo tiempo que se
festeja la fiesta de graduación del colegio más caro del país, se cierra el
local para la comida familiar, se nombra a otros cumpas y familiares.
Catalina,
la representante de la familia real, manda mensajes a todos los ministerios:
“Nuestro querido Fer… dice que …”, más despistada que el padre.
Salamanca
creía que podía ganar la guerra moviendo fichas sobre el mapa en su escritorio.
Provocó con sus especulaciones intelectuales el colapso del país. Tarde
comprendió que no podía gobernar sin escuchar los reclamos del bloque popular.
A su favor, la historia lo reconoce como un mandatario austero y honesto.
Paz
Pereira, en su extravío, anuncia casi feliz que va ganando porque de los 120
bloqueos sólo quedan 50. “Por medio del diálogo los puntos de bloqueo
desaparecen”. Ante el alcalde El Alto discursea: “La falta de destino común ha
hecho una suerte de conflicto en cuanto cuales son los destinos comunes (de La
Paz” (sic) y asegura que le dará el 11 por ciento de regalías por el petróleo
en el norte amazónico. ¿Leerá libros?
Un
corrillo de Pancho Villa decía: “¿Qué pensarían, ay, los americanos, que
combatir a Villa era un baile de Carquís? Con la cara cubierta de vergüenza
tuvieron que volver a su país”. La letra emparenta las luchas agrarias
mexicanas con las bolivianas.
Rafael
Barrett, el periodista anarquista que era lectura obligatoria del proletariado
ilustrado en las minas de Potosí, alertó en 1910: “No hablan a cada momento de
la patria los que la engendran, sino los que la explotan.”