“¿Oye cloquear los huesos?”, preguntó un minero envejecido (quizá era joven) al pasar al socavón. Estaba asustada: la oscuridad sin horizonte; el chapoleo en el barro; las gotas de copajira, una a una, como una letanía; los hombres arrastrando las botas, susurrando por esa boca ensanchada con la coca; la imagen insospechada de un diablo con el pene erecto, aspirando su koyuna.
No era
aconsejable andar por las galerías abandonadas. “Ave María Purísima” reza la plegaria
y persignarse si se divisa un minero solitario. Seguro es un alma en pena o el
Tío disfrazado de la víctima en un aisa.
A la vez
estaba fascinada, como todo curioso que entra en las minas bolivianas. Revelan
historias de coraje y de fiesta; leyendas en cada recoveco. Desde lejos, la
linterna sobre un guardatojo ilumina el camino. Las lámparas Davy ayudan a
detectar el gas grisú. Los mineros bolivianos, bajos de estatura en esos años,
se vuelven gigantes cuando están juntos, cuando ríen a carcajadas de la parca pisando
sus talones.
En la
administración de la Corporación Minera de Bolivia había un orden heredado de
las empresas privadas. Cada elemento en su lugar: el carro Buick, los rieles,
las vigas, los descansos, la jaula; los oficios diferenciados: el timbrero, el
parrillero, los carreros, el perforista, el que cargaba la dinamita. Avisaban
con tiempo para que todos se refugien antes del estallido. Los overoles eran
parte de un orgullo: ser minero boliviano, a pesar de la silicosis, de la
miseria, del peregrinar de sus viudas por el pago del seguro.
Años
después, con la TV Spiegel de Alemania el recorrido fue estremecedor. La
seguridad industrial no existía. La ventilación era deficiente. Tres días
agónicos; primero cayó el camarógrafo, luego el productor, después yo botaba
sangre por la nariz y por la boca. El alemán terminó en el hospital. En sólo
tres jornadas. Nos habíamos atrevido a bajar donde perforaban adolescentes para
comprobar in situ las denuncias sobre las condiciones de trabajo.
Los
estragos del D.S. 21060, la relocalización, la repartija de parajes, la disputa
entre las primeras cooperativas y la presión de los jucus mostraban el
rostro más maligno de la explotación de los minerales, la columna vertebral de
la economía nacional.
En esta
última visita no me atreví a entrar ni en San José al mediodía; ni en Socavón
Patiño, ni por Cancañiri con la primera punta. El dirigente llegó con su
tremenda camioneta a la entrevista, treintañero, guapo, alto. “Todos sabemos
que moriremos pronto, con los pulmones reventados” y contó sobre las mujeres
con el descenso de matriz. Vimos chicas, familias, trabajando con las manos,
con las uñas, al borde de los desmontes. Las bocaminas son temerarias.
Los
titulares de la prensa apenas resumen lo que sucede desde 2005, con la subida
de los precios, con el desorden del proceso de cambio, con la falacia del
socialismo Siglo XXI. Los cadáveres se acumulan.
En enero
murieron cinco mientras preparaban una koa en el interior de la mina; una
mujer con su hijo por gases tóxicos; otro por accidente. En marzo eran 47 los difuntos;
en abril 56; en mayo 68, el primero de julio eran 78. El 8 de julio murieron
Sandro de 23 años por gases tóxicos y NN de 28 años por derrumbe en el ingreso.
Murieron tres hermanos: Wilmer de 22, Nelson de 20, Lourdes de 18. Murió Héctor
de 18.
De los
83 fallecidos en el primer semestre de 2026, al menos 10 son mujeres; el 20% tenían
13 a 18 años. La policía publicó las causas: accidente; muerto por inhalación
de metano; muerto por caídas de roca; muerto por fallas mecánicas; muerto por
rescate fallido; muerto por caer 120 metros; muerto aplastado por carro viejo;
muerto por ingresar a galerías prohibidas; muerto por subir a niveles vetados.
Campesinos
desaparecidos, sepulcros clandestinos, mortajas escondidas. Los patrones son
los socios de las cooperativas. Los peones no tienen contratos, ni seguro, ni madre
que reclame una indemnización, ni nombre, ni lápida, ni campana que doble por las
ánimas benditas.
En
vacaciones los bachilleres potosinos se alistan para sacar algún trozo de roca
con zinc, con estaño. Platita para la fiesta, para el celular o para completar
los ingresos de la familia. Es un destino sin escape.
Los
dioses están enojados. El Tío está hambriento para engullir más y más mineritos
bolivianos. ¿De qué sirve bailar
con el Tata Kajcha en hombros desde el fondo del Cerro Rico hasta las
parroquias de indios? ¿De qué sirve la misa para la Virgen Inmaculada, esa
Pachamama cada día violada? ¿Acaso llegaron al firmamento los humos quemados
con las entrañas de las llamas esta fiesta del Espíritu? ¿Dónde se queda el pijcheo,
el ruego para el permiso, el cigarrito para el Tío?
En
cambio, los que repartieron cuadrículas, los que burlaron la ley acumulan
riquezas. Brenda Lafuente goza de libertad sin rendir cuentas de su fortuna y
del rol de la AJAM en esta tragedia. ¿Acaso existe un ministerio de Trabajo, un
ministerio de Minería, un Estado? ¿Quién pone freno a los asaltos a los sacos
de mineral, a las cajas fuertes de las empresas legales, a los ingenios? Las
redes criminales son cada vez más violentas y avanzan impunes con más luto. Las
campanas siguen en silencio.