Un fantasma recorre Bolivia: ¿Podrá durar el presidente Rodrigo Paz los cinco años de gobierno constitucional? ¿Renunciará? ¿Quién lo sucedería? ¿Qué pasaría? ¡Ya llega octubre!, como si fuese una maldición ineludible.
Entre
tanto, el régimen continúa extraviado en la tarea más importante de la
gobernanza moderna: la comunicación a las masas.
Esquemáticamente,
la propaganda política en la era moderna (siglo XX) se reduce a dos tendencias.
La primera es la leninista (1917), que consistió en crear sencillas consignas:
“pan, tierra, paz”, “todo el poder para los soviets” o “el comunismo es el
poder soviético más la electrificación”, un logo con la hoz y el martillo y
organizar el discurso (la narrativa, diríamos ahora) alrededor de esa meta.
Esas ideas tenían respaldo en la realidad y encerraban la estrategia y las
tácticas; se podían desmenuzar.
Uno de
los pilares más sólidos de la Unión Soviética fue la difusión de slogans
amplificados con carteles bellísimos, marchas, cánticos, películas. El régimen
duró 70 años.
En
Bolivia, el Movimiento Nacionalista Revolucionario, aún embrionario, se dio
cuenta de la importancia de comunicar de forma sencilla su programa (así sea
copiando al trotskismo: tierras al indio, minas al estado; la tierra para quien
la trabaja). En vísperas de 1952 y desde el poder desarrolló con finura (y
maldad) su andamiaje comunicacional. Incluso, en otra fase, en 1986, instaló
dos ideas fuerza: Bolivia se nos muere y Estas son buenas noticias.
La segunda
línea es la de Joseph Goebbels, ministro para la Ilustración Pública y
Propaganda del Tercer Reich (1933-1945). Aprovechó las nacientes formas de
comunicación masiva como el cine y la radio para fortalecer la propaganda del
régimen. Utilizó la prensa, el deporte, el teatro, los desfiles para difundir
las ideas del nacionalsocialismo. No dudó en prefabricar conflictos callejeros
para reprimir a sus enemigos y en aplicar el terror para controlar todo. Desarrolló
técnicas como los mensajes subliminales, el color rojo, las letras, los
símbolos, las luces, los gestos, para convencer. Su línea fue siempre el
insulto y la agresión.
A él se
le atribuye (entre otros) la frase: “miente, miente, que algo queda” como
herramienta de la propaganda política. Si tu mentira es muy grande, la gente la
cree. En todo caso, esta tendencia no se respalda en la realidad y por eso se cae
más temprano que tarde. Goebbels se suicidó cuando sus propias mentiras lo
enterraron: la derrota era de los alemanes; no de los rusos ni de los aliados.
Ambas
escuelas se aprenden en los primeros cursos de comunicación social y sirven
para todo formato, incluso las redes sociales. Parece que Numen lo ignora.
La
mentira desde el poder, por más grande que sea, se cae.
Así le
sucedió a Richard Nixon, en el otro extremo del planeta, aunque era el
presidente del país más poderoso, Estados Unidos. Una serie de artículos
publicados por el Washington Post (que entonces era un periódico serio y sin
compromisos oscuros) mostró a la nación que el mandatario estaba involucrado en
un caso de espionaje a sus adversarios políticos, los demócratas.
Nixon
asumió el cargo en 1969 y tuvo que renunciar en 1974, el único caso en la
historia del país norteño. Tuvo una carrera política ascendente desde los años
50. Se atrevió a terminar la intervención de su país en Vietnam, donde un país
pobre derrotó al más grande poderío militar; firmó un tratado con la URSS; visitó
China; apoyó las dictaduras latinoamericanas. Era popular.
Hasta
que llegó Watergate.
Existe
un sin número de libros sobre ese momento. El escándalo no fue tan duro cuando
se descubrió la conspiración. En cambio, se desbordó cuando el presidente se
negó a colaborar con la investigación, trató de encubrir a los responsables y
mintió a la nación. Los políticos bolivianos pueden leer los detalles desde que
comenzó con la detención, aparentemente rutinaria, de cinco hombres en 1972
hasta la salida de Richard.
Si les
da flojera leer, pueden escuchar la voz sintética de alguna página en internet
que cuenta la historia. O ver “Todos los hombres del presidente”, con las
magníficas actuaciones de Robert Redford y Dustin Hoffman. Uno de mis
materiales universitarios preferidos porque supuso el inicio del periodismo de
investigación y el poder de la opinión pública. Nixon intentó justificarse más
tarde, pero una serie de entrevistas con un animador inglés (David Frost) lo
acabó de enterrar cuando dijo: “Cuando el presidente lo hace, significa que no
es ilegal”. Terminó pidiendo disculpas públicas.
“Garganta
profunda” lo delató. Años después se supo quien era y por qué. Esa “garganta”
no llevaba faldas.
En
Bolivia bastó “un hombre del presidente”: Fernando Cerimedo. La pirámide de
contradicciones, informes maquillados, palabras vacías, medias verdades ha
hundido al presidente Paz, aunque él no quiera admitir que está acorralado. Cada
intervención de él, su vocero, la periodista abren más grietas sin aclarar por
qué Paz lo llevó a Palacio, a sus viajes, a sus entrevistas. Ningún editorial,
ningún columnista, ningún comentarista defiende su justificación pre filmada.
Podría
destapar la olla de presión si el próximo referéndum añade la pregunta: ¿está
de acuerdo en adelantar las elecciones generales? Sí. No.