viernes, 24 de julio de 2026

LAS CANCHITAS INSERVIBLES

 

            “Soy de Marruecos”, comentó el conductor del taxi rumbo al aeropuerto. Como eran vísperas del Mundial de Fútbol, la pregunta fue inevitable: “¿por qué el fútbol marroquí es actualmente tan citado”? “Por el rey Mohamed”, respondió con indisimulado orgullo.

            ¿Mohammed VI? Para los que defendemos la libertad de expresión ese nombre no suena amigable. De él solamente conocía las denuncias sobre la situación de los Derechos Humanos en su país. Incluso hace una semana fue detenido en Tanger el columnista Alí Lmrabet, liberado poco después por la presión de periodistas europeos.

            Recién tuve detalles de su popular política para favorecer el desarrollo del deporte a lo largo y ancho de su hermoso país, especialmente el fútbol. Los datos que comentó el taxista coinciden con notas de especialistas publicadas en estas jornadas de goles.

            La práctica del fútbol está asociada con el desarrollo social, sobre todo en las regiones más deprimidas. Desde el inicio de su reinado en 1999 acompaña la búsqueda de talentos locales a través de la Academia Mohamed VI de Fútbol. Para el monarca alauí, el deporte es una estrategia de Estado para posicionar a su patria como una potencia continental con proyección internacional. Ordenó la modernización de estadios y centros deportivos accesibles para todos

            Los responsables detectan niños y jóvenes con aptitudes para controlar la pelota, vivan en Casablanca o el interior. Su sistema es de formación top, tanto que nutre a clubes europeos que fortalecen después a la selección nacional y a los clubes africanos. Esa política se complementa con la organización de la Copa Africana de Naciones.

            Los “Leones del Atlas” y la Federación de Fútbol recibirán con España y Portugal al mundial en 2030. Euronews destacó la inversión en infraestructuras, formación y organización de grandes eventos deportivos que han dado proyección al fútbol árabe para poder competir con las selecciones históricas.

            Según escribió Said Atik, profesor de la Universidad de Marrakech, ese esfuerzo es una de las grandes historias del fútbol actual. Mohamed consiguió con ese impulso colocar a su gestión en escenarios diplomáticos.

            La estrategia se complementa con la modernización de redes de transporte y carreteras, el aumento de la capacidad hotelera y el refuerzo al turismo, al comercio y ofertas para disfrutar los momentos de ocio. El rey hizo de la inversión en deporte una política integral y, obviamente, muy popular.

            El proyecto “regionalización avanzada, basado en los principios de inteligencia territorial y la cooperación entre provincias” favoreció que las inversiones sean más equilibradas y la reducción de desigualdades en cuanto a servicios deportivos.

            Rabat consiguió su meta de lograr con el deporte una posición internacional atracción de inversiones, aumento del empleo. Logró despertar confianza en otras áreas económicas, sociales y culturales y aprovechar su posición geográfica de puente entre Europa y África.

            Otra enseñanza nace en la inversión privada. El periódico catalán La Vanguardia tituló antes de la final entre España y Argentina: “La Masia ya ha ganado el mundial” porque en cada equipo las estrellas fueron forjadas en esa cantera: Leo Messi, que llegó a sus nueve años, Lamine Yamal -cuya imagen es un portazo a todos los racistas- y otra docena de jóvenes campeones mundiales.

            La viral fotografía entre el ídolo que baña a un bebé de un barrio marginal y que luego lo encuentra en la cancha más vista este domingo es un dato conmovedor.

            Esa Masia que el club Barcelona fortaleció por décadas para formar grandes futbolistas y decorosos seres humanos, como se comprobó en cada partido de la Roja y mucho más frente a los iracundos. Una Roja que incluye a vascos, catalanes, castellanos o migrantes. Un equipo que recuerda a los mejores mundiales de la infancia.

            Evo Morales ama el fútbol. Con su devoto Iván Canelas viajó al Mundial de Sudáfrica en 2010. También fue a Brasil 2014. Se inventó unos convenios para firmar en Moscú y de pasó asistir a la inauguración en el estadio Kuzhniki. El presidente cocalero pidió al todopoderoso Gianni Infantino, el suizo que se embolsilla seis millones de dólares cada año, que Bolivia sea sede de un mundial. Evo paseó con su equipo cuando le daba la gana y golpeaba al contrincante si así se le antojaba. La silenciada Contraloría debería auditar los gastos en esas ocasiones. ¿Por qué no fue con sus ahorros a México o a Nueva York?

            El MAS no aportó para el desarrollo integral del deporte. Entregaban canchitas de pasto sintético que en vez de fortalecer capacidades las estorbaron. Luis Arce nombró en 2020 cómo viceministra de deportes a Celio Veiza Artega, una futbolista de 19 años, incapaz en tres años de mostrar un solo resultado positivo.

            El actual gobierno, como en todo, tiene un Viceministerio tortuga sin hoja de ruta. Los funcionarios públicos relacionados con un equipo deportivo paceño gustan de viajar al estilo Evo. Bolivia no se fue, no se fue al mundial, cantará la Familia Valdivia. ¿Y en 2030 qué habrá cambiado?

viernes, 17 de julio de 2026

POR QUIENES NO DOBLAN LAS CAMPANAS

 

            “¿Oye cloquear los huesos?”, preguntó un minero envejecido (quizá era joven) al pasar al socavón. Estaba asustada: la oscuridad sin horizonte; el chapoleo en el barro; las gotas de copajira, una a una, como una letanía; los hombres arrastrando las botas, susurrando por esa boca ensanchada con la coca; la imagen insospechada de un diablo con el pene erecto, aspirando su koyuna.

            No era aconsejable andar por las galerías abandonadas. “Ave María Purísima” reza la plegaria y persignarse si se divisa un minero solitario. Seguro es un alma en pena o el Tío disfrazado de la víctima en un aisa.

            A la vez estaba fascinada, como todo curioso que entra en las minas bolivianas. Revelan historias de coraje y de fiesta; leyendas en cada recoveco. Desde lejos, la linterna sobre un guardatojo ilumina el camino. Las lámparas Davy ayudan a detectar el gas grisú. Los mineros bolivianos, bajos de estatura en esos años, se vuelven gigantes cuando están juntos, cuando ríen a carcajadas de la parca pisando sus talones.

            En la administración de la Corporación Minera de Bolivia había un orden heredado de las empresas privadas. Cada elemento en su lugar: el carro Buick, los rieles, las vigas, los descansos, la jaula; los oficios diferenciados: el timbrero, el parrillero, los carreros, el perforista, el que cargaba la dinamita. Avisaban con tiempo para que todos se refugien antes del estallido. Los overoles eran parte de un orgullo: ser minero boliviano, a pesar de la silicosis, de la miseria, del peregrinar de sus viudas por el pago del seguro.

            Años después, con la TV Spiegel de Alemania el recorrido fue estremecedor. La seguridad industrial no existía. La ventilación era deficiente. Tres días agónicos; primero cayó el camarógrafo, luego el productor, después yo botaba sangre por la nariz y por la boca. El alemán terminó en el hospital. En sólo tres jornadas. Nos habíamos atrevido a bajar donde perforaban adolescentes para comprobar in situ las denuncias sobre las condiciones de trabajo.

            Los estragos del D.S. 21060, la relocalización, la repartija de parajes, la disputa entre las primeras cooperativas y la presión de los jucus mostraban el rostro más maligno de la explotación de los minerales, la columna vertebral de la economía nacional.

            En esta última visita no me atreví a entrar ni en San José al mediodía; ni en Socavón Patiño, ni por Cancañiri con la primera punta. El dirigente llegó con su tremenda camioneta a la entrevista, treintañero, guapo, alto. “Todos sabemos que moriremos pronto, con los pulmones reventados” y contó sobre las mujeres con el descenso de matriz. Vimos chicas, familias, trabajando con las manos, con las uñas, al borde de los desmontes. Las bocaminas son temerarias.

            Los titulares de la prensa apenas resumen lo que sucede desde 2005, con la subida de los precios, con el desorden del proceso de cambio, con la falacia del socialismo Siglo XXI. Los cadáveres se acumulan.

            En enero murieron cinco mientras preparaban una koa en el interior de la mina; una mujer con su hijo por gases tóxicos; otro por accidente. En marzo eran 47 los difuntos; en abril 56; en mayo 68, el primero de julio eran 78. El 8 de julio murieron Sandro de 23 años por gases tóxicos y NN de 28 años por derrumbe en el ingreso. Murieron tres hermanos: Wilmer de 22, Nelson de 20, Lourdes de 18. Murió Héctor de 18.

            De los 83 fallecidos en el primer semestre de 2026, al menos 10 son mujeres; el 20% tenían 13 a 18 años. La policía publicó las causas: accidente; muerto por inhalación de metano; muerto por caídas de roca; muerto por fallas mecánicas; muerto por rescate fallido; muerto por caer 120 metros; muerto aplastado por carro viejo; muerto por ingresar a galerías prohibidas; muerto por subir a niveles vetados.

            Campesinos desaparecidos, sepulcros clandestinos, mortajas escondidas. Los patrones son los socios de las cooperativas. Los peones no tienen contratos, ni seguro, ni madre que reclame una indemnización, ni nombre, ni lápida, ni campana que doble por las ánimas benditas.

            En vacaciones los bachilleres potosinos se alistan para sacar algún trozo de roca con zinc, con estaño. Platita para la fiesta, para el celular o para completar los ingresos de la familia. Es un destino sin escape.

            Los dioses están enojados. El Tío está hambriento para engullir más y más mineritos bolivianos.             ¿De qué sirve bailar con el Tata Kajcha en hombros desde el fondo del Cerro Rico hasta las parroquias de indios? ¿De qué sirve la misa para la Virgen Inmaculada, esa Pachamama cada día violada? ¿Acaso llegaron al firmamento los humos quemados con las entrañas de las llamas esta fiesta del Espíritu? ¿Dónde se queda el pijcheo, el ruego para el permiso, el cigarrito para el Tío?

            En cambio, los que repartieron cuadrículas, los que burlaron la ley acumulan riquezas. Brenda Lafuente goza de libertad sin rendir cuentas de su fortuna y del rol de la AJAM en esta tragedia. ¿Acaso existe un ministerio de Trabajo, un ministerio de Minería, un Estado? ¿Quién pone freno a los asaltos a los sacos de mineral, a las cajas fuertes de las empresas legales, a los ingenios? Las redes criminales son cada vez más violentas y avanzan impunes con más luto. Las campanas siguen en silencio.

 

viernes, 10 de julio de 2026

PASEAR, COMER, LEER EN CLAVE AMAZÓNICA

 


            Nada mejor que alejarse de la Plaza Murillo para otra travesía por las orillas del país. Esta vez hacia el noroeste, la provincia Vaca Díez de mi amado Beni y la provincia Madre de Dios del pujante Pando. Mientras el avión de ECOJET sobrevuela la floresta es imposible dejar de observar ese infinito manto verde que se extiende sin horizonte; mejor en este día de sol y cielos limpios.

            Apenas se toca Riberalta acaricia la hospitalidad. Los benianos gustan de compartir su pan, su vivienda, sus conversaciones, sus risas. Es fácil sentirse en casa. La familia de la historiadora Pilar Gamarra es la anfitriona de las intensas jornadas.

            El recorrido por la ciudad fundada en 1894 no alcanza para reconocer todos los tesoros escondidos de su arquitectura. La confluencia de los ríos Madre de Dios y Beni en la Barranca Colorada fueron las primeras imágenes que describía tío Adolfo Rodríguez Castedo. Muchas veces volví por trabajo. Con Ton de Wit festejamos el cumpleaños de su amada brindando con vino blanco frío y arenques, mientras el barco recorría las aguas.        Los restos de las casas centenarias son el sello cosmopolita que acompañó a la antigua Rivera Alta. El paseo incluye la famosa Casa Suárez, la antigua sede de la Casa Braillard, la Casa Seyler, la Casa España, la plaza con la fundacional Cruz Blanca. En el puerto está anclada la patriótica Lancha Tahuamanu.

            La plaza principal recuerda a Antonio Vaca Díez (1849-1897), el visionario médico, periodista y empresario de la goma y al científico Juan de Dios Martínez (1851). Un tercer busto para Manuel Vicente Ballivián (1848-1921), uno de los andinos que visibilizó la Amazonía en los afanes del estado boliviano para ampliar al país hacia el norte. Otro monumento recuerda al héroe nacional Nicolás Suárez Callaú (1851-1940).

            La catedral, consagrada a la Virgen del Carmen es preciosa, engalanada con lienzos de la Pasión ejecutados con la maestría de Ejti Stih (su Magdalena debe ser la más hermosa de este siglo).

            En una vereda asoma el Club Progreso (1919), uno de los clubes sociales de la ciudad, en el terreno cedido por el empresario Miguel Durán Aponte. En la casa de sus descendientes funciona el emblemático Hotel Colonial, un ejemplo mítico del esplendor en la época de la goma.

            Es un paseo obligado Tumichucua, a 20 kilómetros, para bañarse en la laguna, pescar, almorzar, caminar por la antigua sede del Instituto Lingüístico de Verano. En el camino se divisan estancias ganaderas, sembradíos; nuevas familias ricas llegadas desde Cochabamba.

            El viaje a Cachuela Esperanza es más corto y fácil que hace unos años, sobre todo en esta época seca. Merece un artículo aparte. Hay guías con formación académica, algunos de lujo como José Luis Durán, biógrafo de Suárez, el magnate industrial gomero y Juan Carlos Crespo, director del Palacio de la Cultura de Guayaramerín. El rugido del río es una experiencia irrepetible.

            Casa, iglesia, correo, teatro, que construyó Nicolás Suárez. Cachuela debería ser de visita obligada para todos los bachilleres del país, para aprender historia in situ y conocer la valentía y osadía de hombres y mujeres del norte boliviano.

            La fortaleza Victoria en la comunidad Las Piedras, en el municipio Gonzalo Moreno, a un kilómetro de la otra banda del río Beni, provincia Madre de Dios de Pando es otra muestra del desarrollo cultural de las poblaciones amazónicas y su relación con los andinos. En pleno bosque están 10 hectáreas con restos arqueológicos. Un capítulo para desarrollar en otro artículo.

            La gastronomía beniana mantiene su impulso y sus insumos han hecho ganar premios a las propuestas de Gustu y Arami. La carne beniana sigue sabrosa: el pacumutu, los churrascos. Es tradicional el sancocho con gallina criolla, las salteñas en la casona de los Bowles, las empanadas de carne o de pollo. Existen muchas formas para preparar el pintado, dorado, paiche, entre ellas envuelto en hojas, a la leña, “dunucuavi”; arroz graneado o con queso; plátano frito, verde, patacón, almondrote (aplastado). Hay menús con castañas asadas (la estrella de las exportaciones benianas). Jugos de carambola, maracuyá, mocochinchi, frutas de temporada, coco, caña, chivé. Panes industriales y caseros, calentitos, mermeladas de toronja. El chef Juan Carlos Rivera presentó un platillo de categoría internacional con puro ingrediente beniano, salvo el queso azul.

            Existen más de 10 colectivos culturales y la Pascana Cultural para alentar esas actividades. Me regalaron una docena de libros de autores que se presentarán en la primera feria del libro en octubre: historia, literatura, antropología, arqueología, sociología, medio ambiente, botánica, biología, poesía. El directorio de la Casa de la Cultura acelera la construcción de una gran infraestructura en cuatro hectáreas.

            Hay mucho y falta mucho. La propuesta es incluir a Riberalta en los circuitos de rutas de la goma, de la castaña, del chocolate, la navegación fluvial, las aventuras en el bosque, la pesca deportiva. Están empeñados en invitar a sus pares de Toro Toro, de Roboré, de Rurrenabaque y combinar con los grandes operadores de Uyuni para aprovechar experiencias y difundir al mundo este pulmón planetario.

 

lunes, 6 de julio de 2026

BORRAR CORREOS, ELIMINAR WHATSAPPS

 


Hace muchos años, recibí mi primera libretita de direcciones: primorosa tapa con claveles, la lista en orden alfabético para escribir los nombres y números de teléfonos de los chicos del curso, de los vecinos, de los familiares preferidos. Se hizo costumbre pasar cada navidad los datos que todavía estaban vigentes a la nueva agenda. Así fue por décadas.

Quedaban tachados algunos apellidos, por cambio de ciudad, por traslado de la vecindad, por aplazo en el curso. Rompí muchas tarjetas que fueron quedando obsoletas. Esa práctica continuó en los años universitarios, con más y nuevas direcciones, con más y nuevos cambios. Tachaduras que se multiplicaron en cada uno de los nuevos trabajos y colegas. Cada enero quedaban afuera los nombres inútiles.

Pocas veces borraba números telefónicos por causa de defunción: la abuela, la tía, la otra tía. Quedaban las fotos para el recuerdo. Seleccionaba las cartas más cariñosas, las de los cumpleaños. Era excepcional contar con una grabación en las grandes cintas de la grabadora del tío mayor. Películas, ninguna. Únicamente una chica del curso tuvo esos filmes caseros con su familia en excursiones o fiestas.

Los recuerdos en papel, doblados con cuidado en cajitas pequeñas o alargadas guardaban olores, colores y nostalgias que se desparramaban cuando las abría para releer alguna postal, el recuerdo de una vacación, el adiós de algún amor, el cierre de una amistad.

Letras que se borraban, formatos que cambiaban, misivas que se acumulaban con el resto de los documentos familiares; mi afán de guardar todos los rastros de la genealogía de las cuatro líneas que nos habían antecedido en la vida y en la partida.

La muerte de mi hermano menor supuso un brusco cambio. Su voz quedó grabada en el mensaje de su contestadora telefónica. Era un dolor diferente. Qué hacer con ese tono que sonaba tan inmediato: te has comunicado con fulano, deja tu encargo, te llamaré apenas pueda… Si ya nunca más podría devolver la llamada. ¿Tirar la cinta? ¿Guardarla? Acaso nunca más nadie podría volverla a escuchar.

Con el avance de los años y de las nuevas tecnologías, guardar los recuerdos de los muertos es cada vez más incierto. Casi nadie escribe cartas, solo correos, mensajes apresurados, frases, figuritas, banderitas, pulgar arriba, pulgar abajo, sonrisitas. Otros mensajes ni siquiera son originales sino copias de copias dispersas en el ciberespacio.

Al final del año, o cada semestre, o cada mes hay que borrar direcciones de correos que ya no sirven, ni para las relaciones personales, ni para el trabajo. Con cada invierno aumentan los nombres de los muertos, los hermanos, las cuñadas, los vecinos, los maestros, el primer jefe, el consejero, el amigo colombiano, el artista uruguayo, la cantante italiana, la mujer del retrato.

Borrar correos fue una angustia mayor en los meses de la pandemia. ¿Cómo podía desaparecer tanta gente de golpe? La peluquera, la cosmetóloga, el doctor, el otro doctor (si acababa de verlo), el entrenador de tenis, el primo más robusto, el empresario que nos dio trabajo. Un extraño duelo acompañaba cada vez que enfrentábamos ese correo en la lista de contactos cuyo dueño ya no estaba entre los vivos. ¿Qué borrar, qué guardar, cómo?

Más temible se convirtió escuchar y tratar de eliminar los contactos en el WhatsApp. Un registro de voz, una foto, un mensaje cómplice, una invitación. Comenzaron a desaparecer muchas fotos de perfil: mi prima, mi vecina, dos tías, el profesor de literatura, el maestro de historia, mi héroe y mi villano, las fotos compartidas. Murió. Murió. Murió. Incluso aquellos que alguna vez creímos inmortales, aquellos que parecían olvidados por la parca y que a pesar de los años transcurridos seguían contestando los mensajes.

La muerte avanza. Como avanza la vida, los nuevos nombres, los recién nacidos, las parejas flamantes, la familia engrandecida. Son otros los recuerdos y otras las formas del olvido.

Ahora también tocó borrar correos y contactos de empresas obligadas a cerrar. El restaurante con más de 30 años de funcionamiento se despidió de su público. La salteñería puso el letrero: cierre temporal por falta de insumos. Cerraron fábricas grandes y pequeñas, las de los panes de semillas, las de tejidos. Una pandemia de 50 días.

Y sin embargo, de las cenizas, otras industrias resistieron. El lunes 23 y el martes 24 la gente hacía otras filas. Esta es una cola feliz, comentó una señora, mientras avanzábamos para comprar las salchichas. Ojalá que alcance para todos. Por lo menos, acá nos darán producto de calidad. Stege agradeció en las redes sociales la confianza de su público. También San Gabriel había vencido todos los obstáculos y estaba lista con sus productos. No fueron las únicas.

Aunque San Juan ya no es lo que era, aunque no está papá para preparar el sucumbe ni mis hermanas con sus salsas para las salchichas, los vivos festejamos. Por eso amo la vida, amo La Paz y amo a los bolivianos que no se rinden jamás.

Tachar nombres, romper tarjetas, borrar correos, eliminar contactos son episodios de una novela que todavía no acaba.

 

jueves, 25 de junio de 2026

LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA

 

            “Los bolivianos no son históricos; son existencialistas” repetía Líber Forti, el asesor cultural de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia. Los actores de importantes hechos descuidaban sus archivos, los documentos, sin contar la destrucción por la represión. Eso sí, la memoria oral estaba presente; los más viejos transmitían sus experiencias.

            La dedicación de Sinforoso Cabrera (Quime 1923-La Paz 2003) salvó muchas páginas sobre las minas. El investigador Gonzalo Delgado lo considera un pionero de la organización de archivos particulares accesibles para la investigación histórica. El propio Cabrera era un ejemplo de formación autodidacta, de obrero a escritor y dirigente sindical, autor de la “Propuesta Económica de la FSTMB” en 1956 en contraste al plan económico oficial, como parte del Control Obrero en la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

            Roberto Durette, Gregorio Iriarte y el equipo de prensa de Radio Pío XII de Siglo XX acompañaron como testigos diferentes sucesos y guardaron celosamente las grabaciones de las asambleas mineras, de las entrevistas, de los discursos. Son fuente imprescindible para escribir sobre la principal actividad económica de Bolivia.

            Sin embargo, los propios trabajadores no conocen su historia. Los maestros enseñan en los colegios esa materia aburrida de fechas cívicas. Existen poquísimos textos escolares para la difusión de hechos y de ideas que impulsen la actitud reflexiva y crítica del alumnado.

            Hace poco, la televisión estatal auspició una serie sobre el Bicentenario bajo la dirección de Jorge Sanjinés. La mayoría de los episodios luce bella fotografía, reúne a buenos actores, recrea batallas como pocas veces en nuestro registro cinematográfico. Los guiones han sido adaptados para el gusto pachamamista, estilo año nuevo aymara, frases, banderas, etc.. En la época de la independencia aparecen categorías inventadas el 2005. En la huelga de hambre de 1978 un ignorante presenta al diario católico Presencia como aliado de Hugo Banzer. Mucha propaganda peligrosa. El tata Belzu ocupa más espacio que otros presidentes letrados por ser cholo no porque aportó a la modernización de Bolivia. (No recomiendo su difusión).

            En el otro extremo, escuchamos entrevistas, podcast, WhatsApp de personas que tergiversan datos para fortalecer su discurso prefabricado. Repetidos mensajes son contra La Paz, contra Juan Manuel Pando por su (supuesta) traición al federalismo, contra el centralismo. Confunden ideas sin aprender siquiera qué fue La Paz antes, durante y después de la colonia y por qué es tan fuerte desde siempre y por siempre.

            En los últimos meses hubo una arremetida contra la creación y el desarrollo del departamento del Beni, al punto que dijeron que José Ballivián lo fundó en 1842 para molestar a los cruceños (y no para integrar la región amazónica del país). Autores y entidades benianas han respondido con detalles qué une y qué diferencia a su territorio del resto del país y del Oriente.

            Son solo ejemplos para ilustrar la falta de carreras y de facultades de historia en Bolivia (también de literatura). Los universitarios, los intelectuales, los dirigentes y los políticos carecen de información y formación suficiente. Por eso fantasean con esa frase hecha: “por primera vez ...” aunque Clío demuestre lo contrario.

            La Carrera de Historia más antigua del país es la de la Universidad Mayor de San Andrés con extraordinarios resultados en investigación de fuentes primarias, publicaciones, seminarios, debates. Son profesionales dedicados íntegramente a ese trabajo. Ahí se formaron pensadores aymaras que unieron narraciones orales de sus antepasados con búsquedas documentales. Desde esas aulas se escribe sobre sucesos o personajes de todo el país. Ahí se alentó, por ejemplo, desde el principio, la enseñanza y los homenajes a Gabriel René Moreno, aunque el prólogo de una reciente lujosa edición de su obra ni siquiera repase esa bibliografía priorizando una mirada bizca.

            Medio siglo después, existen carreras de Historia en Sucre y en El Alto. Ni universidades públicas ni privadas gradúan a historiadores en el resto del país, salvo diplomados o maestrías específicas. Autores de una biografía interesante o de una batalla admiten que escriben por afición porque la historia como profesión “no da para vivir”.            

 Se escuchan lamentos sobre la falta de conocimiento de la historia de tal o cual pueblo, pero no se gestiona la apertura de carreras de historia. Muchas historias regionales se publican como aporte de extranjeros “bolivianistas” como tesis, libros, artículos.

            En Colombia, existen carreras de historia en las principales ciudades del país, la mayoría en universidades privadas (casi 20), posgrados con diferentes intensidades. Las universidades más importantes de Bogotá y de Medellín gradúan permanentemente a nuevas generaciones. Argentina, Chile, Perú tienen facultades de humanidades en las universidades públicas y privadas más prestigiosas para graduar a nivel licenciatura y doctorados a historiadores. Las sociedades de historiadores están presididas por profesionales y no por aficionados.

            La historia permite entender mejor a un territorio, sus habitantes, su cultura, su desarrollo. La memoria aporta a dimensionar mejor los sucesos contemporáneos y a enfrentar las narrativas interesadas.