viernes, 10 de julio de 2026

PASEAR, COMER, LEER EN CLAVE AMAZÓNICA

 


            Nada mejor que alejarse de la Plaza Murillo para otra travesía por las orillas del país. Esta vez hacia el noroeste, la provincia Vaca Díez de mi amado Beni y la provincia Madre de Dios del pujante Pando. Mientras el avión de ECOJET sobrevuela la floresta es imposible dejar de observar ese infinito manto verde que se extiende sin horizonte; mejor en este día de sol y cielos limpios.

            Apenas se toca Riberalta acaricia la hospitalidad. Los benianos gustan de compartir su pan, su vivienda, sus conversaciones, sus risas. Es fácil sentirse en casa. La familia de la historiadora Pilar Gamarra es la anfitriona de las intensas jornadas.

            El recorrido por la ciudad fundada en 1894 no alcanza para reconocer todos los tesoros escondidos de su arquitectura. La confluencia de los ríos Madre de Dios y Beni en la Barranca Colorada fueron las primeras imágenes que describía tío Adolfo Rodríguez Castedo. Muchas veces volví por trabajo. Con Ton de Wit festejamos el cumpleaños de su amada brindando con vino blanco frío y arenques, mientras el barco recorría las aguas.        Los restos de las casas centenarias son el sello cosmopolita que acompañó a la antigua Rivera Alta. El paseo incluye la famosa Casa Suárez, la antigua sede de la Casa Braillard, la Casa Seyler, la Casa España, la plaza con la fundacional Cruz Blanca. En el puerto está anclada la patriótica Lancha Tahuamanu.

            La plaza principal recuerda a Antonio Vaca Díez (1849-1897), el visionario médico, periodista y empresario de la goma y al científico Juan de Dios Martínez (1851). Un tercer busto para Manuel Vicente Ballivián (1848-1921), uno de los andinos que visibilizó la Amazonía en los afanes del estado boliviano para ampliar al país hacia el norte. Otro monumento recuerda al héroe nacional Nicolás Suárez Callaú (1851-1940).

            La catedral, consagrada a la Virgen del Carmen es preciosa, engalanada con lienzos de la Pasión ejecutados con la maestría de Ejti Stih (su Magdalena debe ser la más hermosa de este siglo).

            En una vereda asoma el Club Progreso (1919), uno de los clubes sociales de la ciudad, en el terreno cedido por el empresario Miguel Durán Aponte. En la casa de sus descendientes funciona el emblemático Hotel Colonial, un ejemplo mítico del esplendor en la época de la goma.

            Es un paseo obligado Tumichucua, a 20 kilómetros, para bañarse en la laguna, pescar, almorzar, caminar por la antigua sede del Instituto Lingüístico de Verano. En el camino se divisan estancias ganaderas, sembradíos; nuevas familias ricas llegadas desde Cochabamba.

            El viaje a Cachuela Esperanza es más corto y fácil que hace unos años, sobre todo en esta época seca. Merece un artículo aparte. Hay guías con formación académica, algunos de lujo como José Luis Durán, biógrafo de Suárez, el magnate industrial gomero y Juan Carlos Crespo, director del Palacio de la Cultura de Guayaramerín. El rugido del río es una experiencia irrepetible.

            Casa, iglesia, correo, teatro, que construyó Nicolás Suárez. Cachuela debería ser de visita obligada para todos los bachilleres del país, para aprender historia in situ y conocer la valentía y osadía de hombres y mujeres del norte boliviano.

            La fortaleza Victoria en la comunidad Las Piedras, en el municipio Gonzalo Moreno, a un kilómetro de la otra banda del río Beni, provincia Madre de Dios de Pando es otra muestra del desarrollo cultural de las poblaciones amazónicas y su relación con los andinos. En pleno bosque están 10 hectáreas con restos arqueológicos. Un capítulo para desarrollar en otro artículo.

            La gastronomía beniana mantiene su impulso y sus insumos han hecho ganar premios a las propuestas de Gustu y Arami. La carne beniana sigue sabrosa: el pacumutu, los churrascos. Es tradicional el sancocho con gallina criolla, las salteñas en la casona de los Bowles, las empanadas de carne o de pollo. Existen muchas formas para preparar el pintado, dorado, paiche, entre ellas envuelto en hojas, a la leña, “dunucuavi”; arroz graneado o con queso; plátano frito, verde, patacón, almondrote (aplastado). Hay menús con castañas asadas (la estrella de las exportaciones benianas). Jugos de carambola, maracuyá, mocochinchi, frutas de temporada, coco, caña, chivé. Panes industriales y caseros, calentitos, mermeladas de toronja. El chef Juan Carlos Rivera presentó un platillo de categoría internacional con puro ingrediente beniano, salvo el queso azul.

            Existen más de 10 colectivos culturales y la Pascana Cultural para alentar esas actividades. Me regalaron una docena de libros de autores que se presentarán en la primera feria del libro en octubre: historia, literatura, antropología, arqueología, sociología, medio ambiente, botánica, biología, poesía. El directorio de la Casa de la Cultura acelera la construcción de una gran infraestructura en cuatro hectáreas.

            Hay mucho y falta mucho. La propuesta es incluir a Riberalta en los circuitos de rutas de la goma, de la castaña, del chocolate, la navegación fluvial, las aventuras en el bosque, la pesca deportiva. Están empeñados en invitar a sus pares de Toro Toro, de Roboré, de Rurrenabaque y combinar con los grandes operadores de Uyuni para aprovechar experiencias y difundir al mundo este pulmón planetario.

 

lunes, 6 de julio de 2026

BORRAR CORREOS, ELIMINAR WHATSAPPS

 


Hace muchos años, recibí mi primera libretita de direcciones: primorosa tapa con claveles, la lista en orden alfabético para escribir los nombres y números de teléfonos de los chicos del curso, de los vecinos, de los familiares preferidos. Se hizo costumbre pasar cada navidad los datos que todavía estaban vigentes a la nueva agenda. Así fue por décadas.

Quedaban tachados algunos apellidos, por cambio de ciudad, por traslado de la vecindad, por aplazo en el curso. Rompí muchas tarjetas que fueron quedando obsoletas. Esa práctica continuó en los años universitarios, con más y nuevas direcciones, con más y nuevos cambios. Tachaduras que se multiplicaron en cada uno de los nuevos trabajos y colegas. Cada enero quedaban afuera los nombres inútiles.

Pocas veces borraba números telefónicos por causa de defunción: la abuela, la tía, la otra tía. Quedaban las fotos para el recuerdo. Seleccionaba las cartas más cariñosas, las de los cumpleaños. Era excepcional contar con una grabación en las grandes cintas de la grabadora del tío mayor. Películas, ninguna. Únicamente una chica del curso tuvo esos filmes caseros con su familia en excursiones o fiestas.

Los recuerdos en papel, doblados con cuidado en cajitas pequeñas o alargadas guardaban olores, colores y nostalgias que se desparramaban cuando las abría para releer alguna postal, el recuerdo de una vacación, el adiós de algún amor, el cierre de una amistad.

Letras que se borraban, formatos que cambiaban, misivas que se acumulaban con el resto de los documentos familiares; mi afán de guardar todos los rastros de la genealogía de las cuatro líneas que nos habían antecedido en la vida y en la partida.

La muerte de mi hermano menor supuso un brusco cambio. Su voz quedó grabada en el mensaje de su contestadora telefónica. Era un dolor diferente. Qué hacer con ese tono que sonaba tan inmediato: te has comunicado con fulano, deja tu encargo, te llamaré apenas pueda… Si ya nunca más podría devolver la llamada. ¿Tirar la cinta? ¿Guardarla? Acaso nunca más nadie podría volverla a escuchar.

Con el avance de los años y de las nuevas tecnologías, guardar los recuerdos de los muertos es cada vez más incierto. Casi nadie escribe cartas, solo correos, mensajes apresurados, frases, figuritas, banderitas, pulgar arriba, pulgar abajo, sonrisitas. Otros mensajes ni siquiera son originales sino copias de copias dispersas en el ciberespacio.

Al final del año, o cada semestre, o cada mes hay que borrar direcciones de correos que ya no sirven, ni para las relaciones personales, ni para el trabajo. Con cada invierno aumentan los nombres de los muertos, los hermanos, las cuñadas, los vecinos, los maestros, el primer jefe, el consejero, el amigo colombiano, el artista uruguayo, la cantante italiana, la mujer del retrato.

Borrar correos fue una angustia mayor en los meses de la pandemia. ¿Cómo podía desaparecer tanta gente de golpe? La peluquera, la cosmetóloga, el doctor, el otro doctor (si acababa de verlo), el entrenador de tenis, el primo más robusto, el empresario que nos dio trabajo. Un extraño duelo acompañaba cada vez que enfrentábamos ese correo en la lista de contactos cuyo dueño ya no estaba entre los vivos. ¿Qué borrar, qué guardar, cómo?

Más temible se convirtió escuchar y tratar de eliminar los contactos en el WhatsApp. Un registro de voz, una foto, un mensaje cómplice, una invitación. Comenzaron a desaparecer muchas fotos de perfil: mi prima, mi vecina, dos tías, el profesor de literatura, el maestro de historia, mi héroe y mi villano, las fotos compartidas. Murió. Murió. Murió. Incluso aquellos que alguna vez creímos inmortales, aquellos que parecían olvidados por la parca y que a pesar de los años transcurridos seguían contestando los mensajes.

La muerte avanza. Como avanza la vida, los nuevos nombres, los recién nacidos, las parejas flamantes, la familia engrandecida. Son otros los recuerdos y otras las formas del olvido.

Ahora también tocó borrar correos y contactos de empresas obligadas a cerrar. El restaurante con más de 30 años de funcionamiento se despidió de su público. La salteñería puso el letrero: cierre temporal por falta de insumos. Cerraron fábricas grandes y pequeñas, las de los panes de semillas, las de tejidos. Una pandemia de 50 días.

Y sin embargo, de las cenizas, otras industrias resistieron. El lunes 23 y el martes 24 la gente hacía otras filas. Esta es una cola feliz, comentó una señora, mientras avanzábamos para comprar las salchichas. Ojalá que alcance para todos. Por lo menos, acá nos darán producto de calidad. Stege agradeció en las redes sociales la confianza de su público. También San Gabriel había vencido todos los obstáculos y estaba lista con sus productos. No fueron las únicas.

Aunque San Juan ya no es lo que era, aunque no está papá para preparar el sucumbe ni mis hermanas con sus salsas para las salchichas, los vivos festejamos. Por eso amo la vida, amo La Paz y amo a los bolivianos que no se rinden jamás.

Tachar nombres, romper tarjetas, borrar correos, eliminar contactos son episodios de una novela que todavía no acaba.

 

jueves, 25 de junio de 2026

LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA

 

            “Los bolivianos no son históricos; son existencialistas” repetía Líber Forti, el asesor cultural de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia. Los actores de importantes hechos descuidaban sus archivos, los documentos, sin contar la destrucción por la represión. Eso sí, la memoria oral estaba presente; los más viejos transmitían sus experiencias.

            La dedicación de Sinforoso Cabrera (Quime 1923-La Paz 2003) salvó muchas páginas sobre las minas. El investigador Gonzalo Delgado lo considera un pionero de la organización de archivos particulares accesibles para la investigación histórica. El propio Cabrera era un ejemplo de formación autodidacta, de obrero a escritor y dirigente sindical, autor de la “Propuesta Económica de la FSTMB” en 1956 en contraste al plan económico oficial, como parte del Control Obrero en la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

            Roberto Durette, Gregorio Iriarte y el equipo de prensa de Radio Pío XII de Siglo XX acompañaron como testigos diferentes sucesos y guardaron celosamente las grabaciones de las asambleas mineras, de las entrevistas, de los discursos. Son fuente imprescindible para escribir sobre la principal actividad económica de Bolivia.

            Sin embargo, los propios trabajadores no conocen su historia. Los maestros enseñan en los colegios esa materia aburrida de fechas cívicas. Existen poquísimos textos escolares para la difusión de hechos y de ideas que impulsen la actitud reflexiva y crítica del alumnado.

            Hace poco, la televisión estatal auspició una serie sobre el Bicentenario bajo la dirección de Jorge Sanjinés. La mayoría de los episodios luce bella fotografía, reúne a buenos actores, recrea batallas como pocas veces en nuestro registro cinematográfico. Los guiones han sido adaptados para el gusto pachamamista, estilo año nuevo aymara, frases, banderas, etc.. En la época de la independencia aparecen categorías inventadas el 2005. En la huelga de hambre de 1978 un ignorante presenta al diario católico Presencia como aliado de Hugo Banzer. Mucha propaganda peligrosa. El tata Belzu ocupa más espacio que otros presidentes letrados por ser cholo no porque aportó a la modernización de Bolivia. (No recomiendo su difusión).

            En el otro extremo, escuchamos entrevistas, podcast, WhatsApp de personas que tergiversan datos para fortalecer su discurso prefabricado. Repetidos mensajes son contra La Paz, contra Juan Manuel Pando por su (supuesta) traición al federalismo, contra el centralismo. Confunden ideas sin aprender siquiera qué fue La Paz antes, durante y después de la colonia y por qué es tan fuerte desde siempre y por siempre.

            En los últimos meses hubo una arremetida contra la creación y el desarrollo del departamento del Beni, al punto que dijeron que José Ballivián lo fundó en 1842 para molestar a los cruceños (y no para integrar la región amazónica del país). Autores y entidades benianas han respondido con detalles qué une y qué diferencia a su territorio del resto del país y del Oriente.

            Son solo ejemplos para ilustrar la falta de carreras y de facultades de historia en Bolivia (también de literatura). Los universitarios, los intelectuales, los dirigentes y los políticos carecen de información y formación suficiente. Por eso fantasean con esa frase hecha: “por primera vez ...” aunque Clío demuestre lo contrario.

            La Carrera de Historia más antigua del país es la de la Universidad Mayor de San Andrés con extraordinarios resultados en investigación de fuentes primarias, publicaciones, seminarios, debates. Son profesionales dedicados íntegramente a ese trabajo. Ahí se formaron pensadores aymaras que unieron narraciones orales de sus antepasados con búsquedas documentales. Desde esas aulas se escribe sobre sucesos o personajes de todo el país. Ahí se alentó, por ejemplo, desde el principio, la enseñanza y los homenajes a Gabriel René Moreno, aunque el prólogo de una reciente lujosa edición de su obra ni siquiera repase esa bibliografía priorizando una mirada bizca.

            Medio siglo después, existen carreras de Historia en Sucre y en El Alto. Ni universidades públicas ni privadas gradúan a historiadores en el resto del país, salvo diplomados o maestrías específicas. Autores de una biografía interesante o de una batalla admiten que escriben por afición porque la historia como profesión “no da para vivir”.            

 Se escuchan lamentos sobre la falta de conocimiento de la historia de tal o cual pueblo, pero no se gestiona la apertura de carreras de historia. Muchas historias regionales se publican como aporte de extranjeros “bolivianistas” como tesis, libros, artículos.

            En Colombia, existen carreras de historia en las principales ciudades del país, la mayoría en universidades privadas (casi 20), posgrados con diferentes intensidades. Las universidades más importantes de Bogotá y de Medellín gradúan permanentemente a nuevas generaciones. Argentina, Chile, Perú tienen facultades de humanidades en las universidades públicas y privadas más prestigiosas para graduar a nivel licenciatura y doctorados a historiadores. Las sociedades de historiadores están presididas por profesionales y no por aficionados.

            La historia permite entender mejor a un territorio, sus habitantes, su cultura, su desarrollo. La memoria aporta a dimensionar mejor los sucesos contemporáneos y a enfrentar las narrativas interesadas.

 

viernes, 19 de junio de 2026

EL METAFISICO DEL FRACASO VERSIÓN TIK TOK

 

            Hace un siglo, los bolivianos fueron conducidos a una guerra fratricida por la demagogia de Daniel Salamanca, quien no dudó de aprovechar las demoras diplomáticas para salirse del frente interno convulsionado por reclamos de la autonomía universitaria, del respeto a las tierras comunitarias y de los flamantes sindicatos obreros.

            En este fatídico 2026, los bolivianos son desbarrancados a una guerra civil de baja intensidad, en la cual la inacción del presidente Rodrigo Paz Pereira y de su gobierno ha culminado en la destrucción de las cadenas productivas, las escasas vías de comunicación, la limitada producción industrial y agroindustrial, los pequeños emprendimientos.

            El metafísico del fracaso aseguraba que el país estaba listo para “pisar fuerte en el Chaco”. No con los arados, como había sugerido Jaime Mendoza, sino con las botas prusianas. Solo la valentía de los combatientes, la capacidad de los profesionales que partieron a las trincheras, la abnegación de los campesinos llevados a la fuerza, la fortaleza indígena detuvo el avance de los paraguayos. Salamanca y sus adláteres creían que la pérdida de dos generaciones de hombres en la Guerra de la Triple Alianza iba dejar sin respuesta al ejército de José Félix Estigarribia. ¡Qué equivocado estaba!

            En el medio la acción de argentinos que tienen una atracción desenfrenada por meterse en la política boliviana. Documentos confidenciales inéditos del embajador boliviano Casto Rojas muestran cómo Buenos Aires jugó un papel de dos caras. Desde la cancillería se presentaba como mediador; desde la prensa y agitadores trabajaba para beneficiar las demandas paraguayas; incluso insistían en echar leña para distanciar a los soldados cruceños y benianos de los andinos. ¡Tanto para investigar!

            Paz llegó al Palacio de gobierno con un insospechado capital social, más allá de su propia candidatura y de la deformidad congénita de su fórmula. En sus espaldas cargaba la responsabilidad de recuperar el (No) Estado desestructurado. Seis meses después los habitantes de este territorio comprueban azorados que el Estado Plurinacional de Bolivia no existe. La ausencia del Estado explica la falta de respuestas concretas para impedir, enfrentar o solucionar la insurrección de sectores sociales con diferentes demandas, desde las históricas hasta las ambiciosas.

            La derrota electoral del Movimiento al Socialismo no significó el final de un modus vivendi que de una y otra forma existió en Bolivia desde la masiva incorporación a la administración pública con la Participación Popular en 1994; la presencia de aimaras en la vicepresidencia; el proyecto para asumir el poder político expresada en los conflictos de 2000 y en diferentes episodios en los últimos 20 años.

            Paz Pereira demuestra tanta frivolidad como Salamanca en 1932. Revisar sus declaraciones a lo largo del año lo desnudan. Los reclamos de los mismos grupos que le dieron el voto fueron contestados con adjetivos: sicarios sindicales, trabajadores vip, narcoterroristas.

            Cuando le es útil los bloqueadores se transforman en “mis compañeros Tupak y Bartolina Sisa han tratado los temas del norte de La Paz”. Más de mil horas después del corte de la vía yungueña: “Esta es la manera de trabajar, no bloqueando, trabajando”, mientras toneladas de productos agrícolas se pudren en el camino.

            Las madres no pudieron festejar su día, pero el presidente confiado aseguró en su red: “Los bolivianos no tememos al futuro. Encaramos el futuro. Vamos a paso de vencedores. Amamos a la patria y aquel que le hace daño no ama la patria”. Varias veces aseguró: “el tiempo se acaba, se acaba” sin mirar a los miles de paceños durmiendo cinco días por unos litros de gasolina adulterada.

            “Es la batalla de todas las batallas. Tenemos que ganar esta batalla para ganar la guerra (narcotráfico acorralado) mientras decenas de restaurantes, emprendimientos, grandes industrias cierran sus puertas, algunas después de décadas de funcionamiento.

            “No tengo miedo a fallar, tengo miedo a no intentarlo”, al mismo tiempo que se festeja la fiesta de graduación del colegio más caro del país, se cierra el local para la comida familiar, se nombra a otros cumpas y familiares.

            Catalina, la representante de la familia real, manda mensajes a todos los ministerios: “Nuestro querido Fer… dice que …”, más despistada que el padre.

            Salamanca creía que podía ganar la guerra moviendo fichas sobre el mapa en su escritorio. Provocó con sus especulaciones intelectuales el colapso del país. Tarde comprendió que no podía gobernar sin escuchar los reclamos del bloque popular. A su favor, la historia lo reconoce como un mandatario austero y honesto.

            Paz Pereira, en su extravío, anuncia casi feliz que va ganando porque de los 120 bloqueos sólo quedan 50. “Por medio del diálogo los puntos de bloqueo desaparecen”. Ante el alcalde El Alto discursea: “La falta de destino común ha hecho una suerte de conflicto en cuanto cuales son los destinos comunes (de La Paz” (sic) y asegura que le dará el 11 por ciento de regalías por el petróleo en el norte amazónico. ¿Leerá libros?

            Un corrillo de Pancho Villa decía: “¿Qué pensarían, ay, los americanos, que combatir a Villa era un baile de Carquís? Con la cara cubierta de vergüenza tuvieron que volver a su país”. La letra emparenta las luchas agrarias mexicanas con las bolivianas.

            Rafael Barrett, el periodista anarquista que era lectura obligatoria del proletariado ilustrado en las minas de Potosí, alertó en 1910: “No hablan a cada momento de la patria los que la engendran, sino los que la explotan.”

viernes, 12 de junio de 2026

RAQUEL MALDONADO: LA MÚSICA COMO MISIÓN ÉTICA

 https://elduendeorurocultural.com/2026/06/06/raquel-maldonado-la-musica-como-mision-etica/


            Es difícil encontrar un nombre, una persona, una mujer que únicamente recibe elogios en las críticas de la prensa especializada -dentro y fuera de Bolivia-, entre las personas que la conocen y entre los centenares de alumnos que pasan por sus talleres.

            Ese nombre, esa persona, esa mujer es Raquel Maldonado Villafuerte (La Paz, 1978) quien recibió de sus hadas madrinas dones preciosos: la belleza física, la disciplina, la capacidad de escuchar los trinos de los pájaros, la curiosidad para revisar más de 7 mil partituras manuscritas hace 200 años y la voluntad para adaptar un cuerpo nacido en las alturas ocres de la cordillera a las llanuras de todos los verdes amazónicos.

            Formada en un hogar de emprendedores, vencedores de los obstáculos de la vida, Raquel se tituló en música. En 2004, con 26 años, aceptó dirigir la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos. Un encuentro feliz para ella y para el pueblo mojeño que conserva con esmeró la herencia de los pueblos originarios y de las misiones jesuíticas y franciscanas que se asentaron en el actual departamento del Beni.

            Raquel llegó a la población que mejor representa la cultura beniana cuando ya existía una escuela de música fomentada por las monjas ursulinas, principalmente María Jesús Echerri. Por ahí habían pasado otras iniciativas con más o menos éxito en un ambiente en que las tierras bajas bolivianas descubrían que era importante rescatar y difundir la música renacentista y barroca que había florecido en las misiones católicas en los siglos XVII y XVIII, principalmente.

            La Escuela de Música de Urubichá, su director Rubén Darío Suárez, gestores culturales como Marcelo Araoz, Cecilia Kenning, Paola Paz Soldán, sacerdotes y religiosos habían impulsado los primeros festivales internacionales con ese legado. Pronto coros y orquestas especializados de Europa y de otros países americanos se dieron cita para consolidar ese extraordinario esfuerzo que sigue caminado altivo y fresco.

            La joven directora se dio cuenta que su trabajo no podía limitarse a la enseñanza de esa música universal o a practicar las canciones y tonadas propias de los mojeños, sino que estaba obligada a ampliar su labor con el rescate y la investigación de las antiguas partituras. Emprendió su propio camino con base en sus experiencias.

            La historia de las partituras merecería otros artículos. Tanto en la Chiquitanía, principal sede del Festival, como en San Ignasio de Moxos, los indígenas (los cabildos) cuidaron de generación en generación los antiguos papeles donde los compositores escribieron sus cantos para las diferentes solemnidades católicas.

            Maldonado intuyó a tiempo que no iba a cumplir unilateralmente el rol de maestra, sino que a la vez era la alumna que debía prestar atención a las fiestas populares, especialmente las procesiones en Semana Santa o los festejos para el santo patrono del pueblo el 31 de julio de cada año.

            Recopiló los sonidos; prestó atención a los tonos y bailes, a la vestimenta, a los roles de mujeres, hombres, ancianos, niños, a los instrumentos. En poco tiempo, con muchas noches en vela y sin descanso, logró formar el coro y orquesta de jóvenes indígenas como nadie pudo jamás imaginar.

            Las presentaciones comenzaron tímidas en la iglesia, en la parroquia; más tarde en la catedral de la capital Trinidad, en Santa Cruz de la Sierra y finalmente en La Paz, donde el público suele ser más exigente. Los aplausos se repetían en uno y otro recinto, en el teatro, en el templo, en el patio, en la calle.

            Pronto llegaron las invitaciones para presentar al grupo en otros festivales internacionales y en teatros europeos, donde los asistentes tienen larga experiencia para entender y juzgar la ejecución de música barroca y renacentista. No era un apoyo paternalista. Se trataba de lograr el reconocimiento de los profesionales a una propuesta única que unía lo universal con lo más vernáculo indígena.

            Siguieron los éxitos, las emociones. Los bolivianos residentes en el exterior dejaron de tener vergüenza cuando las lágrimas asomaban a sus ojos mientras aquella chiquilla recordaba una cántica de María, los niños eran pastores, los adolescentes tocaban los violines.

            La exigente Basílica Santa María del Mar al borde del Mediterráneo en Barcelona, donde las piedras pesadas tienen su propia acústica, se rindió ante el coro. Miles llenaron la amplia nave y los aplausos se escucharon en toda la Cuitat Vella. Seguramente es una de las experiencias más puras del grupo mojeño.

            La fama se expandió boca a boca, quizá la mejor propaganda, que patrocinó nuevas y más y más invitaciones. Los jóvenes se acostumbraron a tener el morral listo para una nueva gira.

            También se sucedieron los discos: unos más exitosos que otros. Todos grabados con cuidado y esmero.

            Raquel Maldonado dedicó parte de su tiempo a las tediosas gestiones para lograr abrir una Escuela de Música en el mismo pueblo, que tenga ítems aprobados por el propio Ministerio de Educación, una currícula profesional que dé a los adolescentes un espacio para aprender, ensayar, probar, avanzar en su autoestima. Los alumnos salen como profesionales y pueden vivir de su arte.

            Muchos de los manuscritos estaban enterrados en alguna casa, varias dentro del Territorio indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS). Algunos eran muy viejos y deteriorados, en un ambiente cálido y húmedo. Otros fueron copiados por las distintas generaciones de músicos indígenas para seguir ejecutando esa música religiosa.

            San Ignacio fue fundada en 1689 por los jesuitas Antonio de Orellana y Juan de Espejo, en honor al fundador compañía, San Ignacio de Loyola. Está rodeada de la floresta, de río y del silencio.

            No son los ladridos ni el retumbe de la pelota los que rompen la tarde. Son las notas afinadas que salen de la casona. A los lejos suenan los violines, los contrabajos, los violanchelos. Pasan los chicos con sus instrumentos, las muchachas con sus grandes estuches de cuero.

            La música en las misiones religiosas en las selvas latinoamericanas tuvo un rol angular en la evangelización de los indígenas. Ennio Morricone reflejó como pocos esa emoción que arranca aplausos y lágrimas, como en el filme “La Misión” y en sus espectaculares conciertos a aire libre, en Venecia o en Verona.

            Raquel es la heredera de todas esas vertientes; la sangre potosina de Los Andes y sus músicas místicas; de las composiciones europeas; de las religiones propias y recién llegadas y de la ejecución de los nativos empapados del amor por las artes de Euterpe.

            A su proyecto profesional unió su proyecto de vida junto a Antonio Puerta, gestor cultural y a sus hijos que también participan en la escuela y el coro.

           

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