viernes, 26 de junio de 2020

EN MODO CONDICIONAL



            Nos acostumbramos a vivir en modo condicional, si…, si…, si… Sin tener certeza cuándo comenzó esa forma de encarar el día a día. Quizá el pecado más lejano rodea a las equivocadas decisiones de Evo Morales y su equipo. Si no hubiese forzado las elecciones de 2014…; si el Movimiento Al Socialismo hubiese optado por candidaturas alternas…; si Álvaro García Linera no hubiese alentado un referéndum en 2016; si el grupo palaciego hubiese reconocido su derrota…; si las instituciones hubiesen cumplido su rol negando la candidatura del binomio no constitucional…; si Evo hubiese reconocido que no logró la mayoría necesaria…; si hubiese renunciado sin desatar cercos y violencias…; si…
            Más tarde, el modo condicional también se acentuó para agravar la situación de un gobierno de transición que demasiado pronto extravió la brújula. Si la presidenta Jeanine Añez no hubiese precipitado su candidatura…; si hubiese convocado a todos los partidos, incluyendo al MAS, para enfrentar la crisis sanitaria…; si …
            Durante esos meses, cualquier plan, cualquier propuesta, cualquier oferta están en modo condicional. Si sigue la cuarentena… el camino será A…, si la cuarentena es dinámica el camino será B; si termina la cuarentena, podríamos…; si te toca salir los miércoles cabría la posibilidad de vernos en el mercado; si tu cédula termina en número par es posible que también tu amiga pueda acompañarte a caminar…; si…
            Hace días, semanas, meses, que se postergan actividades que se tenían programadas con días, semanas, meses, años de anticipación. No solo viajes, conciertos, seminarios sino también bodas, festejos, compromisos.
            Ahora el turno es la convocatoria a las elecciones generales que desde el año pasado da tumbos. Primero fue la habilitación del binomio ilegal; después las denuncias de irregularidades cometidas desde el Estado y desde el Tribunal Supremo Electoral antes y durante la votación y en los escrutinios; la enorme movilización ciudadana en todo el territorio nacional; las huidas de candidatos y la violencia descontrolada de sus adeptos.
            Comicios anulados, tribunos procesados y la promesa de convocar lo antes posible a nuevas elecciones. Se sortearon con destreza obstáculos difíciles, como nombrar a un nuevo TSE con un presidente profesional y experimentado como es Salvador Romero Ballivián, quien aceptó el gran desafío.
            Hoja de ruta extraviada con la candidatura de la presidenta Añez y su apresurada campaña. Luego la pandemia. Bajo ese desastre mundial, una gran cantidad de discursos equivocados, contradictorios, endebles. El Covid 19 destrozó a los líderes políticos porque ninguno consiguió una voz propia, segura y con una visión sólida.
            Está aprobada la ley para convocar a elecciones el próximo 6 de septiembre, si… el “pico alto de contagios” lo permite; si…se implementa una dinámica ultramoderna y ultra disciplinada de distancias sociales, jurados alejados entre sí, ausencia de control ciudadano en el conteo, tampos personales, bolígrafos propios…; si…, en un país con modernidades limitadas y disciplinas frágiles.
            No existe ninguna persona, ninguna institución, ninguna religión y ninguna ciencia que pueda asegurar que habrá elecciones y que autoridades, candidatos, jurados y electores seguirán sanos. En cambio, los masivos contagios auguran que la emergencia sanitaria no estará controlada en el mediano plazo.

viernes, 19 de junio de 2020

LA FRUTA EN EL FRUTERO



            “La fruta en el frutero” es un cuento de Ray Bradbury que me regaló mi padre hace medio siglo y que aún conservo con sus páginas deterioradas y con su tapa encuadernada para que supere los rigores del tiempo. Cada mes, Huáscar- papá/mamá de 10 hijos- se daba tiempo para comprar a cada uno un libro; entre mis preferidos estaban las antologías de relatos policiales.
            Recordaba el argumento, pero este domingo volví a leerlo porque refleja con décadas de anticipación lo que muchas personas en todo el mundo experimentan cada día- mejor dicho, cada momento-, desde la propagación del virus surgido en China.
            Bradbury, maestro del suspenso, describe la angustia del asesino William Acton, después de matar a su rival por los amores de una tal Lucy, a medianoche, de forma rápida y sin testigos posibles. Está por abandonar el departamento cuando se da cuenta del error más grande de su maldad: no tenía los guantes puestos.
            Primero, busca un paño o algún trapo que le ayude a limpiar sus huellas digitales en el cadáver y cerca de él. Segundo error, abre cajones, va a la cocina, sube al segundo piso. Cuando empieza a limpiar al muerto, recuerda que también tocó las frutas de cera que le mostró su ingenuo anfitrión; limpia las de arriba porque está seguro de que no tocó las de abajo.
            Es tarde, pero él sigue recorriendo con su paño posibles sitios donde estén sus huellas; en un momento de pánico, recuerda que también pasó por unas paredes. Comienza a recorrer cada centímetro. Suenan las dos de la mañana. Vuelve al frutero pensando que había la posibilidad de haber dejado huellas en otras frutas.
            Así pasan los minutos, las horas, una y otra vez vacía el frutero y examina los potenciales lugares con sus huellas. Se da cuenta que debe limpiar pasillo por pasillo, los marcos, los hierros, los bronces, los vidrios. Las frutas brillaban. Así lo encuentra la policía al amanecer limpiando el sótano. Enloquecido, al final, antes de entrar al carro patrullero, limpia el pestillo de la puerta de ingreso y entonces se siente victorioso.
            En cada espacio de este “mundo cane”, como titulaba un film, hay decenas de Williams rastreando posibles lugares donde puede quedar una huella, una sombra, una sospecha de una presencia que no ve ni huele ni hace bulto, pero que le llena el día de pánico.
            El miedo es la peor herencia que nos dejan la propagación del COVID 19 y la terquedad de las autoridades chinas que no comunicaron a tiempo los rasgos y los riesgos de este virus. El miedo es la debilidad humana que más puede cegar a una persona, no importa su edad o condición social, contraria a las virtudes de la fe y de la esperanza.
            Por miedo, aunque se presente como precaución, una amiga no visita a su vecina; un hijo prefiere solo llamar a su anciana madre; un transeúnte no ayuda a otro caído.
            En La Paz, pero supongo que es igual en todas partes, los habitantes parecen estar en un inmenso aeropuerto: todos apurados, sin mirar, buscando la puerta asignada, temor a perder el boleto de salida, mirando a todos bajo sospecha. Ese clima que sólo se encontraba antes en una estación o en una terminal.
            Sin embargo, hoy en el parque unos niños corrieron, se abrazaron y se besaron. Recordaron a los testigos de ese atrevimiento que aún la Vida es Bella.

viernes, 12 de junio de 2020

OTRA ALA ROTA


            Terminé mi anterior artículo recordando a poetas, músicos y actores que ayudaron a la Humanidad en sus momentos más duros, especialmente en el último siglo. Así ha sido siempre. A las pocas horas de enviar la nota al periódico supe del cierre del Ministerio de Cultura.
            Otra ala rota. El gobierno presidido por Jeanine Añez intentó censurar las opiniones ciudadanas hace menos de un mes; ahora arremete con otra área del pensamiento, ligada además a la estética y a la creación.
            Aquiles existe porque existió un poeta llamado Homero. Los héroes son recordados más por los versos de los juglares y las trovas que por sus batallas, o por sus heridas. Antes de salir al combate, Alejandro Magno dijo al pintor Apelex: “Tuya es la gloria”. Dibujar es un don solo permitido a los seres humanos; las bestias también pelean.
            Recuerso el 2000, cambio de siglo, cambio de alcalde en La Paz. Juan del Granado asumió el cargo, en uno de los momentos más difíciles de la ciudad. Muy lejos del esplendor del 900, la urbe se caía a pedazos en medio de la corrupción y el dañino populismo condepista. Entonces, junto a sus asesores, dio el mayor impulso al área de la cultura.
            Normativa, presupuesto, más escenarios, festivales dentro y fuera de los teatros, concursos, premiaciones, publicaciones, enlaces con ciudades hermanas del continente y de Europa. Intercambio de artistas. Intercambio de saberes. 
            Eligió colaboradores comprometidos como Walter Gómez, experimentado en el notable Festival de Jazz, quien amplió la noción de cultura a culturas como evidencia de una inclusión social y étnica.
            Luis Revilla siguió y amplió esa huella; Andrés Zaratti la elevó más, con una amplísima convocatoria y con la aprobación de leyes que ayudan a los artistas, un orgullo para los habitantes de la ciudad y de su montaña de luz.
            Las muchísimas ofertas culturales en La Paz, desde el esplendoroso Gran Poder, las mágicas Alacitas, el resistente Fitaz, la multitudinaria Noche de Museos, o la original apertura sabatina en la casona de Flavio Machicado (para que cualquier persona ocupe una silla, disfrute la chimenea abrigada y escuche dos o tres piezas de música clásica universal), no solo ayudaron al goce, sino a la autoestima ciudadana, a la convivencia y al encuentro. Además, han sido fuente de ingresos económicos, como ya experimentaron otras metrópolis, algunas en situaciones amargas, como Medellín o Bogotá. 
            Cabe decir que no vi a varios de los actuales ministros y asesores en estos encuentros, en una exposición de pintura, en un festival de teatro, en un concierto. 
 Quizás, no coincidí. Quizás, no estuvieron. 
            Lo cierto es que la cultura es una de las experiencias que mejor convoca a la sociedad civil. Así lo vivimos cuando Carlos Carafa, con respaldo de la Cooperación Suiza, organizó una gira extraordinaria de niños y jóvenes músicos, procedentes de múltiples destinos del país, para construir patria. Aún recuerdo con emoción una de sus presentaciones en el Teatro Al Aire Libre, cuando uno de esos jóvenes, un violinista aimara, tocaba para una niña chiquitana. 
            También hemos sido testigos del poder para construir nación a través de la música, de la mano de Piraí Vaca, cruceño que en cada una de sus presentaciones nos habla a todos como bolivianos, desde su entrañable guitarra. 
            Sí, los poetas o los actores no necesitan ministerios para crear y conmover.  Pero es evidente que cerrar el Ministerio de Culturas para ahorrar unos pesos es una muestra simbólica de un gran extravío. Que si hizo poco, que si fue florero, que si las ministras servían, que si esto o lo otro. No hay suficientes argumentos. Porque si es por economía y por servicios, opciones creativas hay varias. Y para la creatividad, pregunten a los artistas. 

--



sábado, 6 de junio de 2020

MEMORIZAR LA MEMORIA En memoria de Carlos Bayro Corrochano


Cuarentena, abril, 2020
Montículo, Sopocachi, La Paz, Bolivia
            Te contemplo soplar la velita de tu primer año. La expectativa de tus padres, de tus abuelos maternos y de una tía que te acompañan; los demás, desde una pantalla lejana. Lo logras, consciente de ser el astro rey en este jueves de abril. Todos te aplaudimos. Cantamos.
            Sopla feliz a la vida. La fiestita postergada, los invitados en sus casas, los regalos para otro momento. El mundo está paralizado; tu barrio está silenciado; la casa está sin alojados.
            Tú no lo sabes. Mejor, no lo sepas nunca.
            “No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.”
            Prefiero que no entiendas que detrás de tu sillita inocente, en la misma sala, está un enorme cuadro desde hace medio siglo. ¿Un cuadro? Una inmensa estructura hecha de maderas, alambres y papeles mojados manchados con colores ocres, sepias y anaranjados. Un sol naciente, unas manos, una serpiente, una katari un amaru. Un dragón guerrero, despertando.
            “Ríete niño, que te traigo la luna, cuando es preciso. Es tu risa la espada más victoriosa, vencedor de las flores y las alondras.”
            No sepas que ahí se esconde una historia alimentada con sangre de cebollas y cunas vacías. De gritos y de ferocidades. No de dientes como cinco jazmines, sino de colmillos y sables, de muertes y paramilitares.
             “Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea.”
            Mismos versos que acompañaron a tu madre cuando su propia madre miraba el techo del dormitorio: “¿Qué comeremos mañana?” Era entonces otra crisis. Y la madre de tu madre tampoco quería que la niña se entere que su cuna era de hambre, de escarcha y de cebolla cruda, mientras la hiperinflación consumía los salarios y las esperanzas. No sólo faltaban monedas en la bolsa. Había escapado el sueño de los hombres volviendo del sol.
            Igual que una primera obra destruida pasando de casa en casa, de hermano en hermano, de amiga a amante, de militante clandestino a doctor solidario. Se había diluido.
            Este cuadro es el rescatado. Pegado a la pared norte de tu cumpleaños, es la memoria de una memoria, de una memoria que muchos olvidan. También yo olvido la memoria, la historia. Queremos seguir, no recordar. Igual que perecerán los días de este encierro. Así somos los humanos. Los ojos no nos sirven para ver.
            “La cebolla es escarcha cerrada y pobre. Escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla, hielo negro y escarcha, grande y redonda.”
            Ríete Siempre.” Es tu risa la que nos quita soledades, la que nos hace libres.
            No sepas que hace muchos años había hombres que podían transformarse en serpientes, en águilas y en pájaros cantores. Es curioso, muchos de ellos tenían a la vez padres y abuelos que estuvieron en la guerra más estúpida del siglo que se fue, en la canícula del Chaco. No en la escarcha, sino bajo el sol que los derretía. Muchos murieron en esas arenas de carahuatas ardientes y vacías de vertientes. También cayó José, el abuelo de Carlos, el autor de este cuadro que enmarca tu festejo infantil.
            Los sobrevivientes intentaron llegar al sol un mes como hoy, un abril santo, sin saber que todas las alas se les quemarían como a icaros atrevidos. Era demasiado tomar el cielo por asalto. Unos meses felices, unos milicianos, desfiles con monteras y guardatojos, muchas vivas, guirnaldas, decretos, ensayos. Al final, el estropicio.
            Sus hijos se fueron al monte, como tigres, como pumas. Alzaron sus armas, cruzaron los ríos, subieron montañas, bajaron a caseríos. Otras garras quemadas, asesinadas.
            Y los nietos intentaron una vez más. Otra selva, otra borrasca, caminos sin salida, montes de vientos y otras escarchas. Más jóvenes, casi adolescentes; estudiantes, cantores. Mochilas inocentes, como franciscanos sin mudas de ropa; sin alforjas; sin peto ni espaldar.
            Quijotes sin cabalgaduras. Muertos sin luchar.
            Quisieron esconder sus cadáveres en la floresta, en el arroyo y en el olvido.
            Hubo quien les escribió un verso.
            Hubo quien les pintó un cuadro.
            “En la cuna del hambre mi niño estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba. Pero tu sangre, escarchada de azúcar cebolla y hambre.”
            ¿Para qué recordar? ¿A quién le importa?
            No sepas nunca del hambre de cebolla. Hubo unos chicos y unas chicas que no querían ver tanta ansiedad en los niños bolivianos. Creían que era posible la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad. Que era humano pedir pan y pedir lápices de colores para todos los pequeños, también en las laderas, en los barrios marginales.
            Que Carlos enseñe a todos a pintar en el garaje de la casona familiar. Que lleguen no sólo sus ocho hermanos, que venga la vecina y su amiga, el del frente y el de valle más alto, el del sur y el de sombrero abrigado. Cortar papeles, colar cartones, mezclar acuarelas, verde, rojo y amarillo. ¡Tajar la finita madera del anaranjado!
            A todos podría él haber enseñado. Gozar como cuando era escolar, desde el barrio paceño, por Oruro, por Cochabamba. Siempre con el don del trazo perfecto, desde la edad consciente. Un cuaderno, no importa si cuadriculado o rayado, la caja con el arcoíris, la goma y el compás a su lado. Dicen que los artistas nacen con una inclinación que no los deja cambiar de Destino. El maestro Mario Unzueta le ayudó a cumplirlo.
            El copiaba las caritas de las revistas infantiles. Asistía puntual a la clase colegial de dibujo. Interrogaba al padre sobre esos grabados, esos trazos milenarios, esas sombras de fin de siglo. Cuando estuvo interno en la blanca Charcas, la ciudad capital, ganó dos loterías: un curso de historia universal y ver los clásicos: Miguel Ángel, Leonardo, Rafael.
            Podía quedarse ahí. Pintar madonas y querubines de rulos rubiecitos.
            “Triste llevo la boca: ríete siempre. Siempre en la cuna, defendiendo la risa, pluma por pluma.”
            Entonces se fue a Santiago de Chile, no a Las Condes. A esos barrios desgarrados y comprendió que tampoco podía eludir su otro Destino, porque eludirlo sería cobardía. Escuchó cantos nuevos, revolucionarios. Comenzó a pintar febril; a tener alas.
            Los rostros de las historietas se convirtieron en siluetas de la Historia. La copia en original. Las plastilinas en técnicas mixtas. Las risitas en muecas. La alegría en el dolor insoportable de la lucha infinita.
            Hermanos, amigos, compañeros. Amantes.
            “Una mujer morena resuelta en luna se derrama hilo a hilo sobre la cuna”.
            Creía en el amor, como creía en la guerra. Y se fue hasta un lugar para pintar amando un enorme sol que salía, una serpiente enroscada como Quetzalcóatl, como Tomás Katari, como Tupac Amaru, como Tupac Katari. Y los rostros de los muertos, de los caídos. De ellos, los enterrados por el olvido; de los desaparecidos sin tumba ni cruz en el camino.
            Y un fusil en medio del Ángelus. Eso era todo.
            Entonces llegaron ellos, con botas y metrallas. El bombardeo a la Universidad, las cárceles en los cuarteles, las torturas, los fusilamientos.
            Carlos, Antonio, Jaime, Oscar, Alfonso cristianos y marxistas, demócratas y guerreros, fundaron escondidos un nuevo partido, el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria. Septiembre de 1971. Seguros de la Victoria. Vencer o Morir. Patria. Patria. Patria.
            Eran los días de la clandestinidad, la conspiración, la rebelión.
            “Rival del sol. Porvenir de mis huesos y de mi amor.”
            Buscar el tiempo al tiempo. Al cuadro le faltaban detalles, el color del sol. Unir a la guerra la esperanza; vencer con el amor la derrota en las montañas. Soñar en un hijo, nacer para ser semilla, ganar al miedo, tener en la mano el porvenir.
            “Alondra de mi casa, ríete siempre”.
            No sepas nunca lo que pasó acá cerca, cuando cruzas la calzada, desde tu casa a la parroquia, bajas por las gradas del memorial a los desaparecidos por causas políticas o sindicales durante las dictaduras militares, bordeas los columpios y el tobogán de la Plaza España, ahí hay una farmacia, la farmacia está en un edificio, el edificio está sobre una antigua casa. En ese mismo hogar donde pasó su adolescencia de Mónica Ertl, la guerrillera boliviana alemana, vivió después un médico de Cochabamba, amigo de la familia. Ahí, dicen, lo vieron vivo por última vez, una noche de mayo, 1972, 23 años.
            Es posible que sus últimos pasos libres fuesen en la esquina del antiguo mercadito del Montículo con el inicio de la Presbítero Medina. ¡Qué curioso! Casi al frente donde vivió Tamara Bunke, Laura Gutiérrez, la guerrillera morena que acompañó a Ernesto Guevara. Decía la leyenda popular que también ahí se escondió el Che antes de partir a Ñancahuazú.
            “Desperté de ser niño: nunca despiertes.”
            No sepas nunca que ese cuadro que acompaña este primer cumpleaños feliz fue de tumbo en tumbo, escondido, quizá apareció en una calle. Tenerlo era estar comprometido. Era mejor desaparecerlo. Como a él, como al autor, como a tantos otros cuadros, libros, folletos, papeles amarillos.
            Hay murmuraciones. Que estuvo allá. Que estuvo acá. Al final, más por el azar y otra vez esa fuerza del Destino, terminó en las manos del amigo de la amiga de la dueña de la casa. Hubo manos amorosas para llevarlo desde un patio a un sótano, desde ese escondrijo a un pequeño departamento, desde ese escritorio a la terraza de otra casa. ¡Qué curioso! Otra vez en el mismo barrio.
            Pasaron uno, dos, tres otros golpes militares, una masacre en Todos Santos, una dictadura narco fascista, unas huelgas y ayunos, decenas de bloqueos de caminos, más muertos y desparecidos, exiliados que iban, exiliados que volvían. Urnas, propagandas, discursos, tomas de plazas. Matrimonios, nuevos hijos. “Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea.”
            Vos no puedes imaginar que ese alambre entretejido que sustenta el sol amarillo vio más de mil otros plenilunios.
            Retornaron los ausentes. Nunca los desaparecidos. Volvieron los hermanos, las cuñadas, los sobrinos. Él no.
            Otra vez el Destino. ¿Qué hacer con el cuadro? Está ahí, a pocos metros donde lo detuvieron, tres cuadras más arriba del ministerio donde lo torturaron, cerquita de los mismos árboles, de los mismos bancos y de la misma montaña de luz que fue la última imagen que vieron sus claros ojos de niño.
            Como en la única foto que tengo de él. Medio de lado, sonriente, feliz, amando y amado, chompita de años 70, juventud que relampaguea.
            Y los muchos hermanos, esparcidos por el mundo, dijeron que se quede ahí. Que salga para las exposiciones, que le saquen fotos, que lo restauren, que otros lo toquen. Pero que el cuadro perdido se quede ahí. Que siga el Destino que los dioses le designaron.
            “Al octavo mes ríes. Con cinco azahares. Con cinco diminutas ferocidades. Con cinco dientes como cinco jazmines, adolescentes. Frontera de los besos serán mañana, cuando en la dentadura sientas un arma.”
            “Sientas un fuego correr dientes abajo buscando el centro.”
            Que sigan otros hombres, otras mujeres, otras morenas, otros amores. Nuevos niños. Nuevos azahares.
            “Vuela niño a la doble luna del pecho: él, triste de cebolla, tú satisfecho.”
            Mientras allá lejos, cruzando el mar, o subiendo al norte por las estepas heladas, en Cochabamba, en México, en Italia, en Francia, sus hermanos- discípulos-compañeros lo recuerdan. La caja de crayones cerrada. Unas fotos pasadas. Los libros en la mesa de noche, muchos libros, cuentos de Cortázar poesías latinoamericanas. Y las manos, siempre sus manos sin marcas. Sin torturas. Las manos del artista que gana. Sin envejecer. Aladas.
            “No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.”.
            “Rival del Sol.”
            “En tu risa en los ojos, la luz del mundo. Ríete tanto, que el alma al oírte, bata al espacio. Ser de vuelo tan alto, tan extendido”.



viernes, 5 de junio de 2020

TRAGEDIAS EN AÑOS GEMELOS



            Inicia otro mes del 2020, que muchos quisieran “resetear”, para que comience de nuevo y despertar de una pesadilla que dura demasiadas noches, más que los cincuenta atardeceres de Pentecostés. No se vislumbra aún el lucero del alba, ni en esta patria, ni en la región, ni en el mundo.
            Sin embargo, el sistema solar sigue con su rutina y los planetas son visibles, en ese “firmamento” que se mueve, pero a vez es lo único estable que en esta cuarentena acreditamos desde la Tierra.
            La Humanidad ha pasado tantísimos glaciares, diluvios, éxodos, hambrunas y guerras que, aún en estos momentos oscuros, es seguro que el mundo seguirá girando.
            Para no remontarnos a épocas bíblicas recordemos hechos en este espacio que llamamos Bolivia. Podemos imaginar las tragedias que vivían los patriotas, los agrarios y los citadinos en la decrépita Audiencia de Charcas en 1818, año gemelo, cuando además se acentuaron los juicios y condenas a los rebeldes. Aunque formalmente la lucha independentista había empezado el 25 de mayo de 1809, una década después seguían las batallas, el desangramiento y las hambrunas.
            Algunos pasajes de las biografías de los guerrilleros retratan las jornadas trágicas de las sucesivas derrotas; de más de cien caudillos sólo sobrevivían nueve. Mientras otras naciones ya eran repúblicas, los futuros bolivianos tenían aún que combatir. Al final, la economía estaba colapsada, las minas inundadas, los campos vacíos y las instituciones quebradas.
            En 1919, otro año gemelo, quedó quebrada la frágil estabilidad política. Después de 21 años de presidentes liberales y de sucesiones constitucionales, el 12 de julio de 1920, fue derrocado el presidente José Gutiérrez Guerra.
            “El Diario” y otros periódicos de la época reflejan desde 1917 las crecientes tensiones políticas y sociales en Bolivia. A pesar del comercio exterior favorecido por las ventas de estaño y de goma y de un periodo de migración europea y de industrialización, el país entró a una nueva etapa inestable y sangrienta.
            En 1919 el mundo estaba convulsionado. El final de la Primera Guerra Mundial arrojaba un saldo dramático de 17 millones de muertos, otros tantos millones de heridos, desplazados, huérfanos. Ese año gemelo definió un destino perverso para muchos territorios que padecen sus efectos hasta ahora: países árabes, particularmente Siria y Palestina; el norte africano, el sudeste asiático. Larga lista de conflictos internacionales.
            Esos años son especialmente sangrientos en Irlanda, la isla que simboliza la lucha de muchos pueblos contra los imperios que los dominan. Hace poco se conmemoró la revuelta de 1917; entre el 19 y el 20 se sucedieron otros levantamientos igualmente sangrientos con miles de muertos y heridos, muchos de ellos niños y adolescentes.
            Las decisiones de las grandes potencias hace 100 años sembraron las reacciones que provocaron a su vez los fascismos y totalitarismos y la nueva guerra mundial de 1939.
            Además de las decenas de protestas sociales, sindicatos organizados, luchas agrarias, la humanidad se estremecía por sucesivas epidemias que mataban tanto como las balas. Cuando parecía que la ciencia había ganado a la mitología, gripes, cóleras, el sarampión, el polio, se llevaban decenas de vidas.
            Y la Humanidad resistió. En medio de la podredumbre creció la más hermosa generación de poetas españoles, el cabaret berlinés, el ballet ruso y el teatro francés.