lunes, 6 de agosto de 2018

NIÑOS AMPUTADOS


            ¿Es posible quedar indiferente ante el llanto de un niño? La mayoría de las mujeres sentirá el instinto inmediato de acercarse a quien se lamenta, sea bebé, niño, niña, de cualquier etnia, de cualquier religión, de cualquier nacionalidad. Es posible que muchos hombres conmovidos intenten ayudar de una u otra forma a quien desde su corta estatura brota lágrimas.
            ¿Qué decirle a alguien que apenas camina, pero dice entre sollozos: “no te vayas papá”? O la pequeñita que ruega para que por lo menos le digan a su tía que venga a buscarla. Otras vocecillas repiten hasta ahogar la voz: “mamá, mamita, mamita, papá, quiero a mi papá, papaíto” y tantos rompen sus pequeñas gargantas intentando comprender qué les pasó.
            Es posible que otros adultos, madres en cualquier lugar del mundo, se pongan a llorar al escucharlos, al sentir su impotencia, sus preguntas, sus insistencias. Es posible que otros muchos adultos no se conformen con llorar, con compartir la pena, sino que además respondan con indignación. Aún en la humanidad hay restos de sentimientos que parecen haber sido arrancados a los miembros de la administración Trump.
            Es sólo por la solidaridad de esas personas, muchos de oficio periodistas, que la opinión pública mundial conoció el bajo nivel al que ha caído el gobierno de Estados Unidos. Únicamente los espacios de libertad que aún quedan y del Poder Judicial independiente han abierto una ventana.
            La nación que se enorgullece de su sistema constitucional muestra una vez más las garras del águila y cuánto puede rasgar a los demás. Estos últimos meses sus enemigos no tienen más de 5 ó 6, 8 años. Los encierran en jaulas para gorilas peligrosos, sobre suelo pelado, con régimen de comida grotesca, como carga de pollos. A uno que apenas balbucea le ponen frente al juez para que se defienda.
            Cientos de infantes han sido separados de sus familiares por orden de la Casa Blanca, pero la responsabilidad histórica cae en muchos otros. Los propios médicos, psicólogos y trabajadores sociales que vieron a los chiquitos encerrados, aun cuando algunos han sido devueltos a sus familias, opinan que esos seres humanos están afectados para toda la vida.
            En su tierno corazón asocian el dolor a la idea del abandono, creen que sus padres no los supieron defender. Las secuelas podrán aparecer ahora o cuando ellos mismos sean adultos. Ninguno quedará sin la marca de la maldad de Donald y Melania.
            No es la primera vez que ocurre algo así en la historia universal y hay casos patéticos como la separación de las familias de esclavos o de los nativos de Australia para “civilizarlos”, pero se creía que eran vergüenzas superadas.
            Además, hay que recordar que la violencia social en Centroamérica, la existencia de maras, de grupos armados irregulares, de mafias narcotraficantes están estrechamente ligadas a la política estadounidense en la región. Nada indica que exista alguna luz para lograr soluciones integrales que impidan a desesperadas familias intentar una y otra vez salir del miedo a enfrentar otro pantano y que se cierre al fin el ciclo de la violencia.