Hasta esta semana, la cifra oficial de palestinos asesinados por el ejército israelí en Gaza asciende a 74 mil, de los cuales más de 20 mil son niños, muchos bebés, en una población de tres millones. ¿Algún boliviano puede imaginar un futuro si esas mismas cifras se hubiesen dado en la Guerra del Agua?
Entre los 174 mil heridos, cientos son adolescentes que han perdido la vista,
una o dos piernas, los brazos con secuelas por el resto de sus vidas (si tienen
vidas). Las consecuencias abarcan la salud mental, desde la niñez interrumpida
a la pérdida de la razón por las escenas vividas: padres descuartizados, madres
humilladas, hermanitos cubiertos por la blanca mortaja. Sin escuelas ni
parques, solo carpas frágiles.
Supuestamente existe una tregua auspiciada por Estados Unidos. Sin embargo,
siguen los crímenes. Este julio hubo 152 víctimas, entre ellas niños inocentes.
El último fin de semana la prensa reportó otra veintena de muertes, varios
chiquillos.
Los gazatíes no tuvieron el consuelo de disfrutar el Mundial 2026. Donald Trump
impidió el ingreso al presidente de la Asociación Palestina de Fútbol, como
hizo con otras delegaciones burlando la esencia de las competencias
internacionales.
Soldados hebreos mataron al trabajador humanitario que había ayudado a
organizar la retransmisión del Mundial, poco antes del partido entre Argentina
y Egipto. Mohamed al Wahidi, de 57 años, se había dado modos para conseguir la
señal y unas pantallas gigantes, junto con el Comité Egipcio de Ayuda en la
Franja de Gaza. El entrenador africano Hossam Hassan había declarado poco antes
su solidaridad con el sufrimiento del pueblo palestino.
Un misil judío alcanzó al vehículo de Mohamed, junto a otro compañero y a dos
niñas que pasaban Fadi de ocho años y Hamzah de 12. Otra vez las mismas
explicaciones de las fuerzas israelíes: el misil iba dirigido contra un miembro
de Hamas, se está investigando, lamentan el daño causado a personas ajenas,
etc. etc. Palabras que se repitieron días antes por otros asesinatos,
incluyendo el de un bebé al que un soldado disparó en el rostro ¡con qué
imágenes se quedarán esas pupilas!
Los palestinos respaldaron a los conjuntos árabes con mucha ilusión. Sin
embargo, la selección preferida era la española, tanto por razones deportivas
por la fuerza de ese equipo como por razones políticas. El gobierno, la
sociedad civil y la prensa españoles han mantenido una voz permanente de
denuncia y de solidaridad frente al genocidio de Israel.
Aparte del fanatismo por la figura de Lamine Yamal aceptando la bandera
verdinegra que un aficionado le dio para la paseata de una de las victorias de
su equipo. La imagen del joven campeón fue pintada en paredes donde los jóvenes
simulan una selfi con su astro.
En Ramala, unos dos mil espectadores celebraron el gol de Ferran Torres contra
la portería argentina. Esperaron -como millones en el planeta- cada segundo
hasta el pitido final. Pero ellos no pudieron gritar y aplaudir como el resto
de la torcida roja. Un anuncio interrumpió la retransmisión para lamentar otras
dos muertes en manos de colonos avasalladores.
En vez de la euforia expresada en tantas ciudades en el globo, los palestinos
guardaron un minuto de silencio en honor a los nuevos mártires. Ahora las
muertes se repiten en Cisjordania, donde los usurpadores de casas y tierras
palestinas los sacan a la fuerza. A los que resisten cuidando su hogar heredado
en dos mil años de pobladores, algún soldado o algún colono/avasallador le
dispara, además de destruir sus viviendas.
Otra vez el argumento falaz de buscar justificativo en la historia, en la
religión, en textos sagrados, como si los habitantes de Achumani fuesen
avasallados por los herederos de un señorío aymara que existió hace 500 años.
En esta (No) tregua, las fuerzas judías siguen bombardeando hospitales; obligan
a las familias que habitan carpas a desplazarse (algunas ya han tenido que
moverse 17 veces).
Las denuncias no cesan, a pesar de las presiones de Trump para que los
gobiernos que quieran su ayuda sean amigos de Benjamín Netanyahu. Todos los
días se levantan voces para condenar a este genocidio del Siglo XXI. Entre
ellos Sam Rose, director de la UNRWA en Gaza y médicos voluntarios en la zona.
Dentro de la comunidad judía hay voces lúcidas. Shlomo Ben Ami (Tánger, 1943),
ex ministro de relaciones exteriores de Israel, publica artículos marcando su
distancia del actual gobierno y las consecuencias del camino escogido para el
futuro de su país en el largo plazo.
Ilan Pappé (Haifa, 1954), historiador que documentó la Nakba (cómo fueron
expulsados los palestinos de sus hogares desde 1948) va más lejos en su libro
“El fin de Israel” (2025). Él confía en que algún día el mundo dirá: ya basta,
como se logró con el apartheid en Sudáfrica.