Hace muchos años, recibí mi primera libretita de direcciones: primorosa
tapa con claveles, la lista en orden alfabético para escribir los nombres y
números de teléfonos de los chicos del curso, de los vecinos, de los familiares
preferidos. Se hizo costumbre pasar cada navidad los datos que todavía estaban
vigentes a la nueva agenda. Así fue por décadas.
Quedaban tachados algunos apellidos, por cambio de ciudad, por traslado
de la vecindad, por aplazo en el curso. Rompí muchas tarjetas que fueron
quedando obsoletas. Esa práctica continuó en los años universitarios, con más y
nuevas direcciones, con más y nuevos cambios. Tachaduras que se multiplicaron
en cada uno de los nuevos trabajos y colegas. Cada enero quedaban afuera los
nombres inútiles.
Pocas veces borraba números telefónicos por causa de defunción: la
abuela, la tía, la otra tía. Quedaban las fotos para el recuerdo. Seleccionaba
las cartas más cariñosas, las de los cumpleaños. Era excepcional contar con una
grabación en las grandes cintas de la grabadora del tío mayor. Películas,
ninguna. Únicamente una chica del curso tuvo esos filmes caseros con su familia
en excursiones o fiestas.
Los recuerdos en papel, doblados con cuidado en cajitas pequeñas o
alargadas guardaban olores, colores y nostalgias que se desparramaban cuando
las abría para releer alguna postal, el recuerdo de una vacación, el adiós de
algún amor, el cierre de una amistad.
Letras que se borraban, formatos que cambiaban, misivas que se
acumulaban con el resto de los documentos familiares; mi afán de guardar todos
los rastros de la genealogía de las cuatro líneas que nos habían antecedido en
la vida y en la partida.
La muerte de mi hermano menor supuso un brusco cambio. Su voz quedó
grabada en el mensaje de su contestadora telefónica. Era un dolor diferente.
Qué hacer con ese tono que sonaba tan inmediato: te has comunicado con fulano,
deja tu encargo, te llamaré apenas pueda… Si ya nunca más podría devolver la
llamada. ¿Tirar la cinta? ¿Guardarla? Acaso nunca más nadie podría volverla a
escuchar.
Con el avance de los años y de las nuevas tecnologías, guardar los
recuerdos de los muertos es cada vez más incierto. Casi nadie escribe cartas,
solo correos, mensajes apresurados, frases, figuritas, banderitas, pulgar
arriba, pulgar abajo, sonrisitas. Otros mensajes ni siquiera son originales
sino copias de copias dispersas en el ciberespacio.
Al final del año, o cada semestre, o cada mes hay que borrar direcciones
de correos que ya no sirven, ni para las relaciones personales, ni para el
trabajo. Con cada invierno aumentan los nombres de los muertos, los hermanos,
las cuñadas, los vecinos, los maestros, el primer jefe, el consejero, el amigo
colombiano, el artista uruguayo, la cantante italiana, la mujer del retrato.
Borrar correos fue una angustia mayor en los meses de la pandemia. ¿Cómo
podía desaparecer tanta gente de golpe? La peluquera, la cosmetóloga, el
doctor, el otro doctor (si acababa de verlo), el entrenador de tenis, el primo
más robusto, el empresario que nos dio trabajo. Un extraño duelo acompañaba
cada vez que enfrentábamos ese correo en la lista de contactos cuyo dueño ya no
estaba entre los vivos. ¿Qué borrar, qué guardar, cómo?
Más temible se convirtió escuchar y tratar de eliminar los contactos en
el WhatsApp. Un registro de voz, una foto, un mensaje cómplice, una invitación.
Comenzaron a desaparecer muchas fotos de perfil: mi prima, mi vecina, dos tías,
el profesor de literatura, el maestro de historia, mi héroe y mi villano, las
fotos compartidas. Murió. Murió. Murió. Incluso aquellos que alguna vez creímos
inmortales, aquellos que parecían olvidados por la parca y que a pesar de los
años transcurridos seguían contestando los mensajes.
La muerte avanza. Como avanza la vida, los nuevos nombres, los recién
nacidos, las parejas flamantes, la familia engrandecida. Son otros los
recuerdos y otras las formas del olvido.
Ahora también tocó borrar correos y contactos de empresas obligadas a
cerrar. El restaurante con más de 30 años de funcionamiento se despidió de su
público. La salteñería puso el letrero: cierre temporal por falta de insumos.
Cerraron fábricas grandes y pequeñas, las de los panes de semillas, las de
tejidos. Una pandemia de 50 días.
Y sin embargo, de las cenizas, otras industrias resistieron. El lunes 23
y el martes 24 la gente hacía otras filas. Esta es una cola feliz, comentó una
señora, mientras avanzábamos para comprar las salchichas. Ojalá que alcance
para todos. Por lo menos, acá nos darán producto de calidad. Stege agradeció en
las redes sociales la confianza de su público. También San Gabriel había
vencido todos los obstáculos y estaba lista con sus productos. No fueron las
únicas.
Aunque San Juan ya no es lo que
era, aunque no está papá para preparar el sucumbe ni mis hermanas con sus
salsas para las salchichas, los vivos festejamos. Por eso amo la vida, amo La
Paz y amo a los bolivianos que no se rinden jamás.
Tachar nombres, romper tarjetas,
borrar correos, eliminar contactos son episodios de una novela que todavía no
acaba.