lunes, 27 de septiembre de 2021

JULIO, EL APÓSTOL DE LA CANÍCULA

 

FERIA DEL LIBRO

24 DE SEPTIEMBRE DE 2021


         Me es grato iniciar este conversatorio en homenaje al medio siglo de publicación de la novela “Matías, el apóstol suplente” en este día histórico, la fecha cívica del departamento de Santa Cruz.

         Resalto ello porque el escenario cruceño es una constante en la obra de Julio de la Vega Rodríguez, especialmente la canícula, el clima tórrido del valle o de los llanos, el trópico.

         En largas charlas en la antigua casona familiar del Montículo, Julio me contaba, entre otros asuntos amorosos, de la importancia que tenía para él haber nacido en Puerto Suárez, en el extremo este de Bolivia, en la actual provincia Germán Busch. Aunque él vivió pocos meses en ese lar, sentía que los rumores del bosque, el agua, el calor se habían impregnado en su piel.

         Puerto Suárez, en cambio, no lo reivindica, por lo menos hasta hace un lustro cuando visité la población y recorrí la alcaldía y algunos espacios donde creía importante encontrar una placa con su nombre.

         Julio se apareció al mundo en los últimos días del verano meridional, el 4 de marzo de 1924, como segundo hijo del matrimonio del paceño Julio de la Vega Iturri y de la cruceña Enriqueta Rodríguez Salmón.

         Su padre era descendiente de familias tradicionales del altiplano, militar de profesión, pero poeta y especialista en rimas picarescas que dedicaba a familiares y amigos. El paceño Octavio de la Vega, cuyos restos aún se encuentran al ingreso del Cementerio General de La Paz, se casó con su coterránea Luisa Iturri Sánchez Bustamante perteneciente a una familia acomodada de 10 hermanos y con casa solariega en pleno centro de la ciudad.

         Varios de los Iturri fundaron a su vez núcleos familiares con otras familias criollas como los Álvarez García, los Blanco Galindo, los Álvarez. Como era usual en la época, fines del Siglo XIX, una de las hermanas fue monja y uno de los hermanos partió a Buenos Aires.

         Octavio y Luisa tuvieron tres hijos; Julio, el “Oso” habría de ser famoso general de la República y héroe en la Guerra del Acre, Prefecto en el Departamento de Cochabamba y ministro de Gobierno; Rebeca, nacida en La Paz el 26 de enero de 1882 se casó con el coronel yungueño Camilo Unzaga; y a Arturo, quien murió joven, asesinado en un recoveco de las selvas benianas al querer decomisar un cargamento ilegal. La tía Rebeca y su único hijo sobreviviente de los seis que tuvo, Oscar Unzaga de la Vega, fueron familiares especialmente influyentes en los años juveniles del futuro poeta.

         Por su parte, Enriqueta era nieta de la mujer más bella de Santa Cruz, Enriqueta López Arce, recordaba en las páginas del caminante Alcide D’ Orbigny cuando pasó por Santa Cruz a mediados del siglo XIX. Ella tuvo una primera hija fuera de matrimonio (Juana Nernuldes) y luego tres hijos con Zacarías Salmón, emparentado con familia paceña y peruana.

         Irene Salmón, la menor y la más feúcha de la familia, tuvo dos hijos de una relación fugaz con un beniano trashumante, Antonio Rodríguez que pronto retornó a Reyes. Él tuvo ahí a Adolfo Rodríguez Castedo, entre otros descendientes, quien sería un gran amigo de Julio pues era un gran contador de historias de la selva y de los ríos bravíos amazónicos que fascinaron al poeta y también a sus sobrinas.

         Irene se casó posteriormente con Ruperto Arenales y la familia se amplió con nuevas hijas. Vivían en la famosa casona del altillo, en la calle Beni, en pleno centro urbano de Santa Cruz, actualmente museo municipal. Esa casa tiene la particularidad de un barandado donde la muchachada contemplaba el carnaval, gozaba de la tertulia vespertina o simplemente se entretenía con la rayuela y los pesca pesca por el corredor, los patios o las calles de esa ciudad plácida.

         Ahí estaba Enriqueta a sus doce años una mañana en 1910 cuando pasó montado en su caballo Julio rumbo a su destino militar, después de haber participado en la guerra del Acre a inicios del siglo y de otras experiencias. La miró y se enamoró en una escena que parece inicio de una novela de su futuro hijo. Le pidió que lo espere, que él volvería para casarse con ella, aunque él era mucho mayor.

         Ella era alegre y cantora, tocaba el piano y la guitarra y en antiguas fotos familiares se la ve en la campiña, rodeada de admiradores, como un viejo cuadro impresionista. Cortejada por unos y otros, eligió esperar al colla atrevido que la había mirado con tanto amor.

         Se casaron más de una década después, el 28 de mayo de 1922. Aunque enamorada, Enriqueta lloró hasta secar sus ojos cuando tuvo que alejarse del caserón familiar y de su adorada madre. Partió hacia el pueblo fundado poco antes por Miguel Suárez Arana en su intento de vincular una salida al Atlántico por el río Paraguay y que jugaría posteriormente un importante rol en la guerra del Chaco.

         Según recordaba Julio, sus padres recorrieron el largo camino a caballo junto a un carretón con sus pocos enseres para habitar en el campamento. En algún lugar, les salió un tigre hambriento, pero al verla se volvió moviendo la cola hacia el bosque. El marido la molestaba con esta escena: “hasta el tigre” la temía, a ella que era del signo Leo pero dulce y callada. Para el hijo era más bien un signo porque era tan bella que hasta un felino se enamoraba. Durante su vida de casados Julio y Enriqueta se comunicaban muchas veces en verso.

         En un recodo, la muchacha le contó que estaba embarazada. ¿Cuántas semanas tardaron de pascana en pascana? Difícil saberlo. El asunto triste es que en el puerto no existían condiciones saludables y el niño nació muerto o murió poco después.

         Se llamaba Mario. Como sucedía en esa época, prometieron recordarlo poniendo el mismo nombre al nuevo hijo. Por ello el poeta fue bautizado como Julio Mario. Ese nombre no lo usó nunca. Sin embargo, un cruceño lo sabía y organizó una vez algo fantástico: que todos los marios cruceños se reúnan en la ciudad y Julio fue.

         Esa presencia, a la cual él se refería en contadas ocasiones, era parte de su biografía. Julio de la Vega Rodríguez era el ser más pacífico y a la vez el más alterado; nunca agredía a nadie, golpeaba las paredes con sus puños, gritaba mordiéndose los labios, incendiaba su corbata porque un amigo no lo escuchaba. Decía que seguro el llanto permanente de su madre le impregnó hasta los huesos.

         El trío se trasladó pronto a Cochabamba, donde nació la segunda hija, Beatriz. Durante años recorrieron otras poblaciones y fortines, cuidades y provincias. Charagua fue el otro espacio geográfico que Julio no olvidó.

         Para Julio Mario, el paisaje más lejano de su infancia estaba en su memoria: las palmeras, los líquenes, la espesura de la selva, los rumores de las hojas, del agua y el misterio de lo desconocido. Aunque su obra, sobre todo la narrativa y las tres piezas de teatro, puede parecer urbana, la canícula de la selva fue su abrigo personal y una protección especial, además de fuente de su inspiración.

         Julio es pues un autor profundamente cruceño, aunque allá pocos parecen recordarlo.