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viernes, 22 de julio de 2022

GESTA BÁRBARA, EL FORMIDABLE MOVIMIENTO CULTURAL DEL SIGLO XX EN BOLIVIA

 

         “Gesta Bárbara” es- un siglo después de sus primeras manifestaciones en Potosí- un movimiento cultural boliviano con alcance regional, único, irrepetible e inimitable, lastimosamente sin herederos y poco (re) conocido por las nuevas generaciones de artistas y periodistas.

         Mariano Baptista y Luis Urquieta han reunido en más de 400 páginas un resumen ilustrativo de lo que fue esta iniciativa; sus principales actores y también aquellos que pasaron más raudos, combinando distintas generaciones y procedencias; su alcance artístico al abarcar narrativa, poesía, ensayo, periodismo, declamación, teatro, música, artes plásticas, escultura; su difusión nacional en el origen potosino, La Paz, Cochabamba, Sucre, Tupiza, Oruro, Tarija, Colombia, Europa.

         El objetivo principal de este inmenso esfuerzo que abarca medio siglo de actividad cultural boliviana es presentar los datos de lo que fue “Gesta Bárbara” desde su concepción en 1918 hasta la muerte de Gustavo Medinaceli en 1957.

         No analiza las expresiones de los miembros del movimiento, ni juzga sus biografías, sus decisiones. Presentar una colección que ha supuesto muchos años reunirla. Será el libro imprescindible para quienes en el futuro quieran publicar algún aspecto sobre “Gesta Bárbara” en su Primera y Segunda Generación y en la corta tercera experiencia.

         El libro que este 19 de julio se presenta en La Paz permite encontrar algunos rasgos propios de los “bárbaros”. Casi todos los escritores y poetas estaban relacionados con un periódico (de distintas orientaciones ideológicas), una revista, una publicación cultural, aspecto que en el nuevo siglo parece imposible.

         De esas redacciones, sin duda la de “Última Hora” fue la más amable, cobijando a los bohemios desde las horas vespertinas, un día tras otro, convidando los primeros té con té de la jornada, auspiciando la tertulia en medio del humo del tabaco, las risas y las lágrimas.

         Otro asunto que es difícil de imaginar en estas épocas de estropicio es la relación de los rebeldes con el Estado, sea el Ministerio de Educación, secretarías culturales, alcaldías, teatros municipales, universidades públicas. Los “bárbaros” contaron con el apoyo de autoridades sin tener que renunciar a sus protestas, a sus expresiones, a sus “gestos”. Al contrario, conseguían auspicios y aplausos.

         Es también una constante la relación de los de “Gesta Bárbara” con otros grupos culturales, de forma fluida y natural. Desde sus orígenes potosinos tuvo el acierto de acumular y no de dividir. Los primeros “bárbaros” tenían experiencia en otros movimientos literarios o culturales y eran admiradores de anteriores escritores, de ahí el apodo “bárbara” en recuerdo a “Castalia Bárbara” de Ricardo Jaimes Freire. Así también sucedió en otras ciudades, como evidencian los testimonios reunidos en el libro.

         Es muy ilustrativo el caso de Tupiza, donde coincidieron fundadores de “Gesta Bárbara” en la capital chicheña con quienes eran activos actores o apoyo del elenco teatral “Nuevos Horizontes”, como los hermanos Barrientos o las hermanas Cristina y Berta Cruz, quien se enamoró de un activo “bárbaro” Jacobo Libermann.

         También es notable la relación de los maestros con el movimiento de los “bárbaros”. Destaca María Gutiérrez de Medinaceli, una de las pioneras profesoras tituladas, la anfitriona de la Primera Generación y madre del gestor de la Segunda Generación, Gustavo. O Hugo Molina Viaña, que aprovechaba sus recorridos de maestro para alentar nuevos frutos de “Gesta” en las provincias. O Guido Villagómez en Sucre. Es una larga lista.

         Acá hago un alto para destacar la influencia del profesor y poeta tarijeño Oscar Alfaro. Hace tres años, experimentamos una extraordinaria experiencia en la escuela Ecuador bajo el proyecto dirigido por la cineasta Raquel Romero: “Manifestaciones infantiles y juveniles en la Escuela y en la Plaza. Jornadas de lectura y creatividad, conociendo a “Gesta Bárbara”.

         La dirección de esa escuela fiscal organizó trabajos y ferias para que todos los cursos presenten trabajos sobre los “bárbaros”, desde los de prekínder dibujando a los pájaros revolucionarios de Alfaro hasta los bachilleres impresionados por el surrealismo.

         Algunos poetas, como Jaime Saénz eran amigos y admiradores de “Gesta Bárbara”, pero preferían mantener su individualidad.

         Otros escritores dejaron la pluma, como Gonzalo Silva Sanjinés, uno de los principales miembros de la Segunda Generación, amigo de los “bárbaros” desde la adolescencia, redactor en “Ultima Hora”, melómano y amante de la naturaleza, como la mayoría de los poetas. Aunque recibió varios premios, dejó de publicar y destruyó parte de su creación por una gran autoexigencia. La autocensura era notable entre los de “Gesta Bárbara” para buscar la perfección.

         Finalmente, en este recorrido que podría tener otras postas, pero no da el tiempo, me refiero a la relación de las mujeres con los dos momentos de “Gesta”.

         La figura central de la primera es María Gutiérrez, cuya biografía muestra su espíritu libre en un ambiente que no la apartó ni la arrinconó. Al contrario, es una maestra reconocida por el estado y por la sociedad civil; organizó las primeras excursiones de las chicas “girl scout”, pocos años después de su fundación en Estados Unidos; alentó conmemorar el Día de la Madre no por una fecha relacionada con la Vírgen María como en el resto del continente, sino en homenaje a la mujer boliviana combativa.

         Su hijo Gustavo- quien encontró sus papeles y así se animó a organizar la Segunda Generación- invitó a otras mujeres y no solo a Beatriz Schulze. Entre ellas mi madre, Beatriz de la Vega Rodríguez, joven bachiller del Inglés Católico, en cuya revista había publicado algunos versos y que también trabajaba en “Ultima Hora”. Por qué no aceptó participar, no lo sé. También era cercano a otras artistas, Carmen Bravo en el baile y Graciela Rodo en la pintura y la música.

         En Cochabamba no solo está Cristina Quiroga, sino que aparecen otras mujeres que tocaban piano en las presentaciones de los “bárbaros”. Igual en Oruro, Sucre y sobre todo en Tupiza. También era una mujer la representante de “Gesta Bárbara” en Madrid. Eran muchachas las que declamaban sus versos en los teatros municipales y en otras veladas. Alcira Cardona en Oruro.

         Es más, los dos grandes homenajes públicos que realizaron los “bárbaros” fueron a mujeres, a la poetisa y escultura Yolanda Bedregal, a quien nombraron para siempre “Yolanda de América” y a la escultura Marina Núñez del Prado.

         Amantes de la belleza femenina, también nombraran a sus reinas en los famosos Juegos Florales que organizaban. El poeta premiado recibía el toque casi fantasmal de los labios de la hermosa.

         Enamoradizos, son muchas las anécdotas sobre sus actividades “bárbaras”. Nombro dos de Julio de la Vega. Una vez, en un té dominical, la atractiva anfitriona no le atendía y el poeta incendió su corbata para llamar su atención.

         Otra anécdota narrada en el libro: cuando los “bárbaros” difundieron la noticia de su muerte y lo velaron en un ataúd. En el momento acordado, Julio se levantó provocando el desmayo de la amada que había sido indiferente.

         Varios de los miembros de la Primera y Segunda Generación fallecieron jóvenes. Aunque muchas veces, esa partida estaba relacionada con alguna enfermedad de pobreza o con el alcoholismo y la vida bohemia, Jaime Saénz afirmaba que era por tristeza, por ser parte de un mundo que no comprendía su sensibilidad. No era por “malditos”, era por “melancólicos”, como describe a Mario Guzmán Aspiazu.

         La Segunda Generación fue afectada por dos acontecimientos: la Revolución de 1952 y la participación política de algunos de los “bárbaros”; y la temprana muerte del alma del movimiento, Gustavo Medinaceli Gutiérrez, a sus 33 años.

         Así lo reconocen varios de los “bárbaros” que escribieron recuerdos años más tarde y que el libro reproduce. Raúl Alcázar califica de “testamento” un poema que Medinaceli publicó en 1949: “Hasta Luego”, que resumo:

         Buzos de Gesta Bárbara/ hasta luego/ en el sur me espera un sueño/ lleno de niños traviesos/ donde olvidaste Julio de la Vega/ la Rosa que encontraste en mi poder/ un caracol te habita somnoliento/ Óscar Alfaro/ dame la hora, ¿quieres? (…)

         Ha clausurado su tempestad el mar/ y tú marea/ marea y torbellino.

         Hasta luego/ nombre propio de todas las mujeres/ el hijo de tu insomnio está de pie/ y las adolescentes brujas han huido. Dios te salve María en cada sábado/ y en cada dominical angustia/ en la que todos los hombres/ pierden la fe/ como un pañuelo/ … Me voy amigos/ hasta luego.

(*) Texto para el libro de Mariano Baptista y Luis Urquieta: Gesta Bárbara en la cultura boliviana, Kipus, 2022

HOMENAJE A LUIS URQUIETA Y A MARIANO BAPTISTA

 

lunes, 27 de septiembre de 2021

JULIO, EL APÓSTOL DE LA CANÍCULA

 

FERIA DEL LIBRO

24 DE SEPTIEMBRE DE 2021


         Me es grato iniciar este conversatorio en homenaje al medio siglo de publicación de la novela “Matías, el apóstol suplente” en este día histórico, la fecha cívica del departamento de Santa Cruz.

         Resalto ello porque el escenario cruceño es una constante en la obra de Julio de la Vega Rodríguez, especialmente la canícula, el clima tórrido del valle o de los llanos, el trópico.

         En largas charlas en la antigua casona familiar del Montículo, Julio me contaba, entre otros asuntos amorosos, de la importancia que tenía para él haber nacido en Puerto Suárez, en el extremo este de Bolivia, en la actual provincia Germán Busch. Aunque él vivió pocos meses en ese lar, sentía que los rumores del bosque, el agua, el calor se habían impregnado en su piel.

         Puerto Suárez, en cambio, no lo reivindica, por lo menos hasta hace un lustro cuando visité la población y recorrí la alcaldía y algunos espacios donde creía importante encontrar una placa con su nombre.

         Julio se apareció al mundo en los últimos días del verano meridional, el 4 de marzo de 1924, como segundo hijo del matrimonio del paceño Julio de la Vega Iturri y de la cruceña Enriqueta Rodríguez Salmón.

         Su padre era descendiente de familias tradicionales del altiplano, militar de profesión, pero poeta y especialista en rimas picarescas que dedicaba a familiares y amigos. El paceño Octavio de la Vega, cuyos restos aún se encuentran al ingreso del Cementerio General de La Paz, se casó con su coterránea Luisa Iturri Sánchez Bustamante perteneciente a una familia acomodada de 10 hermanos y con casa solariega en pleno centro de la ciudad.

         Varios de los Iturri fundaron a su vez núcleos familiares con otras familias criollas como los Álvarez García, los Blanco Galindo, los Álvarez. Como era usual en la época, fines del Siglo XIX, una de las hermanas fue monja y uno de los hermanos partió a Buenos Aires.

         Octavio y Luisa tuvieron tres hijos; Julio, el “Oso” habría de ser famoso general de la República y héroe en la Guerra del Acre, Prefecto en el Departamento de Cochabamba y ministro de Gobierno; Rebeca, nacida en La Paz el 26 de enero de 1882 se casó con el coronel yungueño Camilo Unzaga; y a Arturo, quien murió joven, asesinado en un recoveco de las selvas benianas al querer decomisar un cargamento ilegal. La tía Rebeca y su único hijo sobreviviente de los seis que tuvo, Oscar Unzaga de la Vega, fueron familiares especialmente influyentes en los años juveniles del futuro poeta.

         Por su parte, Enriqueta era nieta de la mujer más bella de Santa Cruz, Enriqueta López Arce, recordaba en las páginas del caminante Alcide D’ Orbigny cuando pasó por Santa Cruz a mediados del siglo XIX. Ella tuvo una primera hija fuera de matrimonio (Juana Nernuldes) y luego tres hijos con Zacarías Salmón, emparentado con familia paceña y peruana.

         Irene Salmón, la menor y la más feúcha de la familia, tuvo dos hijos de una relación fugaz con un beniano trashumante, Antonio Rodríguez que pronto retornó a Reyes. Él tuvo ahí a Adolfo Rodríguez Castedo, entre otros descendientes, quien sería un gran amigo de Julio pues era un gran contador de historias de la selva y de los ríos bravíos amazónicos que fascinaron al poeta y también a sus sobrinas.

         Irene se casó posteriormente con Ruperto Arenales y la familia se amplió con nuevas hijas. Vivían en la famosa casona del altillo, en la calle Beni, en pleno centro urbano de Santa Cruz, actualmente museo municipal. Esa casa tiene la particularidad de un barandado donde la muchachada contemplaba el carnaval, gozaba de la tertulia vespertina o simplemente se entretenía con la rayuela y los pesca pesca por el corredor, los patios o las calles de esa ciudad plácida.

         Ahí estaba Enriqueta a sus doce años una mañana en 1910 cuando pasó montado en su caballo Julio rumbo a su destino militar, después de haber participado en la guerra del Acre a inicios del siglo y de otras experiencias. La miró y se enamoró en una escena que parece inicio de una novela de su futuro hijo. Le pidió que lo espere, que él volvería para casarse con ella, aunque él era mucho mayor.

         Ella era alegre y cantora, tocaba el piano y la guitarra y en antiguas fotos familiares se la ve en la campiña, rodeada de admiradores, como un viejo cuadro impresionista. Cortejada por unos y otros, eligió esperar al colla atrevido que la había mirado con tanto amor.

         Se casaron más de una década después, el 28 de mayo de 1922. Aunque enamorada, Enriqueta lloró hasta secar sus ojos cuando tuvo que alejarse del caserón familiar y de su adorada madre. Partió hacia el pueblo fundado poco antes por Miguel Suárez Arana en su intento de vincular una salida al Atlántico por el río Paraguay y que jugaría posteriormente un importante rol en la guerra del Chaco.

         Según recordaba Julio, sus padres recorrieron el largo camino a caballo junto a un carretón con sus pocos enseres para habitar en el campamento. En algún lugar, les salió un tigre hambriento, pero al verla se volvió moviendo la cola hacia el bosque. El marido la molestaba con esta escena: “hasta el tigre” la temía, a ella que era del signo Leo pero dulce y callada. Para el hijo era más bien un signo porque era tan bella que hasta un felino se enamoraba. Durante su vida de casados Julio y Enriqueta se comunicaban muchas veces en verso.

         En un recodo, la muchacha le contó que estaba embarazada. ¿Cuántas semanas tardaron de pascana en pascana? Difícil saberlo. El asunto triste es que en el puerto no existían condiciones saludables y el niño nació muerto o murió poco después.

         Se llamaba Mario. Como sucedía en esa época, prometieron recordarlo poniendo el mismo nombre al nuevo hijo. Por ello el poeta fue bautizado como Julio Mario. Ese nombre no lo usó nunca. Sin embargo, un cruceño lo sabía y organizó una vez algo fantástico: que todos los marios cruceños se reúnan en la ciudad y Julio fue.

         Esa presencia, a la cual él se refería en contadas ocasiones, era parte de su biografía. Julio de la Vega Rodríguez era el ser más pacífico y a la vez el más alterado; nunca agredía a nadie, golpeaba las paredes con sus puños, gritaba mordiéndose los labios, incendiaba su corbata porque un amigo no lo escuchaba. Decía que seguro el llanto permanente de su madre le impregnó hasta los huesos.

         El trío se trasladó pronto a Cochabamba, donde nació la segunda hija, Beatriz. Durante años recorrieron otras poblaciones y fortines, cuidades y provincias. Charagua fue el otro espacio geográfico que Julio no olvidó.

         Para Julio Mario, el paisaje más lejano de su infancia estaba en su memoria: las palmeras, los líquenes, la espesura de la selva, los rumores de las hojas, del agua y el misterio de lo desconocido. Aunque su obra, sobre todo la narrativa y las tres piezas de teatro, puede parecer urbana, la canícula de la selva fue su abrigo personal y una protección especial, además de fuente de su inspiración.

         Julio es pues un autor profundamente cruceño, aunque allá pocos parecen recordarlo.

viernes, 23 de julio de 2021

DE BALCÓN DE POETAS A CANIL DE PERROS

 

            Hace medio siglo Julio de la Vega publicó “Matías, el apóstol suplente”. Para festejar, la Carrera de Literatura de la UMSA prepara una edición especial. La novela consagró al poeta. En vida, fue homenajeado por la Fundación Cultural Cajías, con el respaldo de la Oficialía de Cultura de la alcaldía paceña. A su muerte, la FCHCK, en alianza con el Centro Cultural Patiño, organizó un conversatorio sobre su obra. Raquel, Juan Carlos, Albita, Mónica, sus mejores alumnos, dieron seminarios y conferencias.

            Este 20 de julio, su principal espacio de inspiración, el parque de El Montículo se cae a pedazos por la acción de diferentes frentes de ataque y la ignorancia de los vecinos. En el pasado, el espacio verde de Sopocachi era conocido como “el balcón de los poetas”, o como “balcón de los enamorados”: oda, amada, luna, arboleda, lucero, gárgola, montaña.

            Como tantas veces contamos, el parque era el lugar preferido de los bohemios agrupados en la segunda generación de “Gesta Bárbara” para trazar la ruta de las serenatas. Conciertos originales pues eran acompañados por el piano de mi abuela Enriqueta Rodríguez, instrumento que trasladaban entre todos debajo de la ventana de una enigmática Ninosca.

            Los irreverentes “bárbaros” se bañaban desnudos en la fuente de mármol donada por la colonia italiana, frente al nevado guardián, el Illimani. No hacían daño a nadie. Décadas después aparecieron pandilleros que destruían los bordes con piedras o martillos hasta que Neptuno quedó enrejado. Ahora es un pastor alemán el que se baña en las aguas ante el festejo de su dueño que cree que es un logro.

            Durante años, los estudiantes aprendían las lecciones mientras paseaban por las veredas y muchos saludaban con reverencia a Julio en su caminata cotidiana. Ahora, ni ellos ni él ni sus colegas podrían transitar distraídos, sin enfrentar ladridos, sin pisar excrementos.

            Aunque hay tres turnos de barrenderas, no pasan muchos minutos después de su esfuerzo, sin que un can ensucie la vereda. A veces vienen de tres en tres, de cinco en cinco. ¡Pobre Julio!, si viese sus barandas de soltero. Ya no son los milicianos los que alborotan, son las jaurías. Destruyen las jardineras, los geranios, las margaritas.

            No podría pasear con una niñita de la mano porque ayer nomás una madre fue hostigada por reclamar a la mujer cuyo dóberman ladraba a su hija de seis años. ¡Una insolencia!, molestar a un perro para permitir que corra una chiquilla. Igual que al motociclista, a quien otro dueño de canes le grita por intentar apaciguar al vagabundo que lo persigue. Me imagino a Julio con su paraguas intentando evitar las mordeduras, las basuras. ¡Cómo lo tratarían las nuevas sectas perrunas!

            Las calles, las plazas, los parques infantiles están copados por las manadas y son pocos los amos que saben cómo criar a un perro, sin gritos que perturben al vecindario, sin aumentar el estropicio. No son forasteros; son los propios dueños de casa. Una sobrepoblación, a pesar de los estudios sobre la contaminación que traen las heces de animales. A pesar de que cada día, las asistencias atienden decenas de mordeduras, algunas muy dramáticas como esta semana en Sucre, sin que el dueño se haga responsable por ello.

            Quedó muy atrás la época cuando la vecindad tenía perros que no molestaban al otro; cuando los paceños amaban y cuidaban al Montículo; cuando los poetas paseaban tranquilos con sus alumnos, con sus amigos, cuando convivían naturaleza, humanos, mascotas. Julio: ya no reencontrarías tu refugio.