martes, 7 de julio de 2020

ISRAEL, CADA VEZ MÁS PERVERSO



            Ni la crisis sanitaria mundial detiene los planes perversos del gobierno de Israel para ahogar más y más a miles de niños, recién nacidos, adolescentes, muchachas de origen palestino, obligados como sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos a una cuarentena inhumana que abarca a más de tres generaciones.
            Ni las protestas mundiales contra las prácticas de racismo y discriminación que sacuden las principales capitales occidentales importan a Benjamín Netanyahu en su decisión de completar la anexión ilegal de territorios en Cisjordania para ocupar el valle del Río Jordán.
            Justamente hace un siglo, en el también aciago año bisiesto 1919, Inglaterra y Francia y otras potencias dividían a su antojo los restos del antiguo imperio otomano para garantizarse controles estratégicos en vitales rutas comerciales, además del petróleo y de otras riquezas. Esas divisiones artificiales crearon nuevos estados, dividiendo antiguas convivencias y fomentado odios religiosos y raciales, siempre sangrientos.
            En quinientos años, los sultanes turcos respetaron en esencia al sin número de culturas, idiomas, etnias y a las principales religiones que convivían en su vastísimo imperio. Sus últimos años, en cambio, fueron atroces y depredaron pueblos íntegros, como el genocidio armenio. Esa situación se agravó por la Primera Guerra mundial.
            No tenían los palestinos ninguna responsabilidad de haber permanecido en su tierra o de los pogromos que se desataban en Rusia contra habitantes judíos, como también había sucedido en España de los monarcas católicos. Mucho menos intervinieron en la ideología que intentó exterminar a judíos, gitanos y a otras minorías no arias.
            La creación del Estado de Israel pareció ser justa después de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, desde el primer día, la llegada a Palestina de los sobrevivientes del Holocausto nazi supuso la expulsión de miles de familias árabes, sacadas de sus viviendas y hogares hacia un destino incierto.
            Siete décadas de sufrir humillación, falta de agua potable, falta de servicios básicos, falta de escuelas y de hospitales, ausencia de contratos seguros de trabajo, expulsiones permanentes, prisiones, torturas, asesinatos de sus líderes, agobio contra las madres palestinas 24 horas al día, siete días a la semana.
            Ningún plan de paz ha logrado tener el apoyo pleno de los judíos más ortodoxos; al contrario, continúan con sus asentamientos ilegales en los escasos kilómetros cuadrados de territorio palestino. La llegada de Donald Trump alejó aún más una solución pacífica.
            A pesar de las advertencias de los expertos de Naciones Unidas, de la protesta de la mayoría de las democracias del mundo, Israel y Estados Unidos están dispuestos a acelerar desde este 1 de julio la nueva condición de la ocupación judía en Cisjordania.
            Israel y sus seguidores- cada vez menos- se amparan en acusar a cualquier país o persona de “antisemitismo” cuando se muestra su política llamada ahora de “apartheid siglo XXI”. Impresiona como artistas como Fania Felelón, a pesar de haber sufrido en campos de concentración, condena a la misma situación a las artistas palestinas. Víctimas que ahora son victimarios, como suele suceder.
            La situación es demasiado triste en Gaza y en Cisjordania, como en pocos otros lugares del mundo. La tibia esperanza es que ahora también ciudadanos israelíes se están manifestando en su país: “Basta ya”. En los jóvenes puede estar el cambio.