viernes, 10 de abril de 2020

LOS BOLIVIANOS PODEMOS


            Mi bisabuelo Juan Cajías escribió una carta a su esposa Florinda con malas noticias. La gripe española había truncado sus planes de establecer una quinta en la Chiquitanía cruceña y volvía a los Yungas. Contaba que habían enfermado su nuera y consuegra y que morían de 10 a 12 peones por día. Era septiembre de 1919.
            No tengo más datos de cómo se venció a esa famosa pandemia hace un siglo y después de la cuarentena buscaré noticias en la hemeroteca municipal. El doctor Enrique Saint Loup Bustillo escribió la historia de la medicina en Bolivia (1990) y es muy escueto al hablar de las epidemias. Cita a cronistas coloniales sobre varios males que azotaron a la población indígena. “(En 1560) Descargó Dios en Potosí, por sus pecados, el azote de su ira enviándole una mortífera peste… que heridos del contagio sus moradores no llegaban con vida a las 24 horas”. Aventura el escritor que pudo ser garrotillo, tabardillo, viruela o el mal venéreo que se extendió mucho por el consumo de “bebidas espirituales”. En cambio, señala, según el Padre Calancha, los indios no sufrían de asma, ni de gota, ni del corazón, “gracias a la chicha”. Una epidemia habría asolado Potosí en 1609, por cuyo motivo se establecieron 14 hospitales para las 14 parroquias “en los cuales curaban diariamente dos a tres mil indios”.
            También conocí en El Trigal, en 1998, a una viejecita que me contó de la peste bubónica que asoló la zona en los años 30 y que su familia compró tres veces un ataúd en vano, por miedo a no conseguirlo en el momento de la urgencia. Al final, los cedieron a vecinos vencidos por el mal mientras otros partían al Chaco y tampoco regresaban.
            Algún texto habrá que cuente cuántas epidemias han pasado por este territorio y seguimos acá y seguramente sobreviviremos y quizá sobreviviremos mejor que en otros lugares porque estamos acostumbrados a la batalla cotidiana y a aguantar muchas y diferentes calamidades.
            Los 21 días de resistencia civil al fraude electoral del año pasado entrenaron a la población y a los jóvenes. Parece increíble que enfrentar a ese otro mal ahora ayuda a los vecinos porque ya están organizados en grupos de redes sociales; porque ya hay práctica en ollas comunes; porque ya hay iniciativas para repartir bolsitas con meriendas para otro que necesita más que uno.
            La reacción de las empresas de alimentos (grandes, medianas y unipersonales), de las farmacias, de los grupos de vendedoras de mercados populares, de los importadores de comestibles, ha sido sorprendente. Una enorme red de ofertas, difusión gratuita entre todos los grupos y servicios generalmente puntuales y confiables.             Incluso en barrios alejados y en poblaciones pequeñas. Nunca suficientes, pero alivian.
            Como también sorprende que un gobierno de transición, organizado para pocos meses, pueda día a día enfrentar la pandemia del virus COVID 19 con contundencia. Hay los que se quejan porque ese es su oficio, o los que critican porque no quieren algún rédito; en cambio, la mayoría de los ciudadanos aprueba las medidas de contención. Si hay disciplina, durarán menos tiempo.
            Es interesante que un articulista del Nuevo Herald escriba desde Miami: “En nuestro país, el gobierno nacional de Estados Unidos fue totalmente contraproducente, displicente, engañoso y pueril; mientras que en Oruro sus autoridades fueron responsables, preventivas y prácticas. Algo se puede aprender de Bolivia.”