“Esto es
el final; cualquier día caerá Barcelona. Para los estrategas, para los
políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra.
Pero humanamente no estoy tan seguro. Quizá la hemos ganado.” Esta frase del
poeta Antonio Machado, camino al exilio, es citada en “Los Soldados de
Salamina” (2001, p. 24) del cronista Javier Cercas.
La
historia dio la razón al pálpito del sevillano. A pesar de los excesos de los
comunistas y anarquistas durante la Guerra Civil española (1936-1939), para la
memoria colectiva los republicanos quedaron como los héroes; los brigadistas
internacionales fueron la expresión de la solidaridad y de la hermandad frente
a la maldad de los alemanes nazistas. Los carteles, las fotografías, las
películas, los himnos, las canciones que siguen vigentes son las que salieron
del frente rojo.
Perder
la guerra sin perder el honor acompaña desde el 11 de septiembre de 1973 a
Salvador Allende. Los errores de su gobierno quedan enterrados ante este Héctor
que se quedó hasta el final con sus guardias, a costa de su vida. Hay
monumentos y calles con su nombre en muchas ciudades; no con el del triunfante
General Augusto Pinochet, ni siquiera en el Chile de José Antonio Kast.
Ernesto
Ché Guevara llegó a Bolivia para encabezar una invasión destinada al fracaso
desde su concepción. Sin embargo, su entrega, su sacrificio consciente, su
imagen de Cristo moribundo lo mantuvieron en la pupila juvenil por décadas.
Esa
narrativa del “hombre nuevo” estaba presente en quienes militaban contra las
dictaduras, participaban en los sindicatos clandestinos, desfilaban atrevidos
el Primero de Mayo, eran solidarios con las luchas de todos los pueblos
oprimidos.
Ilusión
estrellada en el último medio siglo.
Por una
parte, la corrupción acompañó a la socialdemocracia europea que gobernaba
varios países a inicios de este milenio. El descubrimiento de enriquecimientos ilícitos,
affaires prohibidos, casinos, yates de lujo ensombreció esa experiencia.
El caso
reciente -aunque con mucho ruido desde hace años- es el del socialista José
Luis Rodríguez Zapatero, quien enfrenta varios cargos por supuestos delitos
financieros. A él nos referimos en otras ocasiones como una figura entrometida
en la política latinoamericana. Su defensa de la dictadura de Hugo Chávez y
Nicolás Maduro lo desnudaban. Posiblemente la investigación y el posible juicio
sean utilizados por la ultraderecha. Ese no es el núcleo del problema sino sus
opacas conexiones.
Chávez y
Maduro representan en grado superlativo el fracaso moral de la izquierda en el
poder; esa derrota. No fueron solamente incapaces de cumplir planes para dar
oportunidades a su pueblo, sino que utilizaron al Estado para comprarse
mansiones en Miami y en Madrid. Amaron al capitalismo no como industriales,
sino como usuarios de las arcas públicas.
Chávez
fue el veneno que contaminó los procesos nacionales que habían acumulado
fuerzas en sus batallas, con sus maletines negros para los Kirschner o la
intromisión en el gobierno de Evo Morales, otros nombres de la decrepitud ética
de la izquierda.
El otro
ingrediente fue el narcotráfico, que detallé hace 15 años. La punta de lanza
fue la guerrilla castrista colombiana. Parecía propaganda, pero era verdad,
desde las rurales FARC a las urbanas M 19, el narcotráfico con todas sus
implicancias había tomado el control de los mandos. Una epidemia que se extendió
pronto a los sandinistas en Nicaragua y a casi todos los otros movimientos
rebeldes. ¿Cuánto penetró el negocio de la cocaína en Cuba? Un fusilamiento no
logró tapar el escándalo.
Al
enriquecimiento ilícito, a la corrupción sistémica, se sumaron las represiones
físicas y a toda expresión de libertad de pensamiento. La pareja Daniel Ortega-
Rosario Murillo encarna el peor ejemplo de la decadencia a nombre de una
“Revolución”.
A ello
se suma el discurso de polarización, desde un auto beneficioso indigenismo que
no reconoce personas sino alimenta razas y los excesos de un feminismo
autoritario y resentido que provoca reacciones en las sociedades. La
ultraderecha no apareció de la nada.
Ese
panorama dificulta la oposición a la destrucción de la humanidad que encabezan
Vladimir Putin, Donald Trump, Benjamín Netanyahu e Itamar Ben- Gvir. Los
esfuerzos de organismos internacionales, de gobiernos en los cinco continentes
y de los activistas son insuficientes. Rodrigo Paz, Javier Milei y Trump
apoyaron a Tel Aviv que se niega a levantar el bloqueo contra Gaza para que
entren medicamentos, oxígeno y alimentos esenciales, como solicitaban los otros
130 países.
Hace un
mes, en Barcelona, se reunieron más de 3 mil personas, ocho jefes de estado, diferentes
asociaciones para alentar una Movilización Progresista Global (GPM). Los
debates mostraron la fuerza de quienes resisten a que el planeta sea manejado
con la ley del más fuerte. Lastimosamente no se escuchó la autocrítica de la
socialdemocracia ni un balance del fracaso del socialismo Siglo XXI.
Sin retornar
a la moral de la que hablaba Machado, será difícil ganar la batalla.