lunes, 2 de marzo de 2026

RASTROS Y ROSTROS DE OBREROS CHILENOS EN MINAS BOLIVIANAS

 


            La presencia de ciudadanos chilenos en las minas ubicadas en territorio boliviano, en la última centuria, es un asunto ampliamente estudiado. En muchos casos se publicaron datos de empresarios o de capitalistas que por lustros fueron dueños de socavones, principalmente en el sureño departamento de Potosí (Catavi) o en La Paz (Corocoro).

En otros, se investigó la relación de trabajadores chilenos en interior mina o en ingenios en diferentes momentos de la historia de la minería boliviana. También existe abundante bibliografía sobre las idas y venidas de obreros de uno u otro lado de la frontera convocados o expulsados por las empresas salitreras en Iquique, en el norte chileno.

Oruro y Cochabamba son nombres de ciudades bolivianas que aparecen frecuentemente en la documentación sobre los pampinos.

Hay información sobre los ferroviarios chilenos y bolivianos (también peruanos, argentinos y españoles) en las empresas que tenían esa triple representación británica, chilena y boliviana. Existen archivos inéditos sobre el Ferrocarril Arica La Paz que detallan las dificultades para cumplir la legislación laboral en una entidad que pasaba de un país a otro con trabajadores de varios orígenes (Cajías, Lupe. Ferrocarril Arica La Paz, documentación legal 1916-1919, 2024, fichas inéditas. Salluco Sirpa, Teodoro. La construcción del ferrocarril Arica-La Paz (1904-1913), 2016).

Las biografías de mujeres chilenas en Potosí asomaron en novelas. La más famosa sin duda es la obra del diplomático boliviano francés Adolfo Costa du Rels: “Los Andes no creen en Dios” (Planeta, 1973), convertida en guion cinematográfico en 2007 para la película que dirigió Antonio Eguino.

Algunos de los datos sobre bolivianos que trabajaron en las salitreras fueron publicados desde hace más de tres décadas. Más de 12 mil bolivianos habitaban la pampa al inicio del siglo XX (11% de la población) (Medina et al, 1997, p. 95).

            “Llegan pampinos del norte chileno con sus ideas anarquistas y marxistas; quieren causar revueltas entre los mineros”, apuntaba un periódico en 1914 (Cajías, Lupe. 1987, p. 42).

“Fue en Tupiza, en Oruro, en Potosí, en Uyuni, donde entre 1905, 1907 y 1908 se fundaron sociedades de socorro mutuo, uniones obreras y otras organizaciones proletarias ya con influencia marxista, socialista, anarquista. No sólo eran los tradicionales artesanos, sino ferroviarios y, sobre todo, los mineros. Más tarde, se organizaron sociedades en La Paz, Cochabamba, Tarija. Varios de esos grupos tenían a su vez un “pasante”, relacionando la rebeldía con el baile al santo patrono. (…) “El elemento extranjero no es ajeno a estas inquietudes, los residentes chilenos en Oruro, dirigidos por Carlos Pobrete, Guillermo Febini y Donoso Carvalho se organizan en 1912 en la “Sociedad Chilena de Socorros Mutuos”, igual que los eslavos Franichevis, Garafulic y Ostojik que organizan, por su parte, una sociedad eslava similar” (Delgado, 1984, pp. 55 y ss.).

            En 1918 se dio la primera masacre contra obreros en Uncía. Luego de la balacera por la marcha recordatoria del Primero de Mayo, el comandante del batallón, Mayor José Ayoroa, escribió al presidente Bautista Saavedra pidiendo la expatriación a Arica de los rebeldes Machicado, Soto, Sotomayor y otra decena más que tenían apellidos chilenos. También se acusó al peruano Ernesto Fernández de ser el principal agitador.

“Antes de mayo, no existía idea de federarse entre los obreros”, arguyó el militar. También denunció a los extranjeros Franjola y Sapunar. A todos los acusaba de ir sublevando a los campamentos mineros en Oruro, Potosí, Uncía, Llallagua, Chayanta y de tener dinamita y otros explosivos (id., p. 70 y ss.).

            La Prensa (27 de marzo de 1919) informó sobre la “repatriación de “nuestros connacionales que trabajan en las cosas salitreras”. El periodista opinaba que las empresas debían preferentemente dar ocupación a obreros bolivianos, “por lo menos en un 70 %. (…) En el distrito de Oruro, por ejemplo, tenemos más de diez empresas grandes de minas y en cada una por lo menos hay un 50% de trabajadores extraños al país. Igual cosa ocurre en la empresa del ferrocarril. Y mientras que estos gozan de privilegios y cuentan con el trabajo diario para su sostenimiento y el de sus hogares, los hijos del país sufren miserias y se hallan expuestos a perecer”.

            El valle cochabambino ofrecía brazos en épocas de descanso agrícola, entre siembra y cosecha y también otras zonas rurales, como muestran las listas de personal existentes en los archivos de la Patiño Mines, la empresa que fundó Simón Patiño.

Acudían estudiantes, desocupados y hombres de capas medias de Sucre, Cochabamba, Oruro.

Las empresas buscaban diversas formas de conseguir esos trabajadores: contratos fijos, contratistas eventuales, enganches. Cada una de ellas tenía sus ventajas y desventajas y es indudable que hasta los años 30, la población era muy fluctuante.        A ello se agregaba la preocupación porque los obreros que se trasladaban de uno a otro lugar llevaban también en sus morrales nuevas ideas, socialistas, anarquistas, marxistas, rebeldías, experiencias.

            La Prensa (10 de octubre de 1919) difundió durante varios días noticias sobre los disturbios obreros en Uncía y en Llallagua. El redactor aseguraba que los bolivianos eran respetuosos del patrón. “No están contaminados aún del espíritu belicoso que caracteriza a la peonada de los países vecinos; y si los sucesos que comentamos tienen tal gravedad, es seguro que hayan intervenido agentes extraños, imbuyéndoles ideas disociadoras y preparando mañosamente este primer golpe de hecho, que puede repercutir en otros asientos mineros, con funestas consecuencias”. Pedía actuar con toda energía contra los “elementos extranjeros expulsados de los estados vecinos.”

            Las noticias detallaron los hechos de una “huelga convertida en subversión” protagonizada por mineros de La Salvadora que pedían aumentos salariales. El oficialismo culpaba a la “propaganda malsana que ha hecho eco en los mineros de Uncía” y acusaba a la oposición política de aprovechar esas circunstancias.

            Tres obreros murieron en los ataques al Ingenio de Miraflores. “El principal instigador, un chileno, se dice que ha fugado, pues que a éste se le atribuye la causa de esos disturbios por haber vociferado en forma violenta contra los empresarios” (id., 14 de octubre de 1919).

            Esta huelga fue inscrita como el prólogo histórico del movimiento minero boliviano.

            La huelga en Uncía de 1923 fue otro momento de tensión entre los trabajadores, las empresas, el gobierno, los militares.

Desde el retorno de los pampinos bolivianos, el arribo de obreros de países vecinos y la acumulación de organizaciones de ayuda mutua desde fines del siglo XIX, se organizaban los embriones de los sindicatos que se consolidarían después de la Guerra del Chaco.

            Contreras cita (Nota 88, 1989) que en 1913 había 199 trabajadores chilenos de un total de 4.206 en las empresas de Patiño. José Alejandro Peres y Niguel Costa citan en un documento inédito sobre la historia de la minería boliviana a Roberto Querejazu Calvo (1978, p. 175) y a Antonio Mitre (1973, p. 231) sobre la llegada de trabajadores peruanos y chilenos en diferentes momentos.

            Por su parte, Gustavo Rodríguez en su clásico texto sobre el sindicalismo minero (1991, p. 72) “No pocos de los que contribuyeron en aquellos años a forjar la cultura minera contestataria vinieron evidentemente de un medio exterior a los trabajadores mineros; mas no del movimiento obrero. No eran, pues, parte de la intelligentsia urbana de clase media; en cambio, mayoritariamente pertenecían al mundo del trabajo. Había artesanos, como el carpintero Guillermo Gamarra, presidente de la Federación Obrera Central de Uncía (FOCU), quien perteneció al Centro Obrero de Estudios Sociales (La Paz) antes de empezar a trabajar en la mina La Salvadora de la Patiño Mines, mineros chilenos como N. Bravo, a quien el fiscal Enrique Mallea, que levantaba diligencias  sobre los motines de Pulacayo de julio de 1921 en los que participó Bravo, atribuía haber dicho que él obrero boliviano iría pronto a la anarquía´, peruanos como Ernesto Fernández (…)” y otros obreros y artesanos bolivianos que ayudaron a organizar las federaciones obreras en la década de los 20.

Entre 1930 y 1935, aumentó la presencia de obreros chilenos y peruanos.

Especialmente esto se dio durante la Guerra del Chaco (1932-1935), cuando cientos de obreros y empleados fueron reclutados como reservistas. Patiño trajo 1.832 chilenos y peruanos para reemplazarlos, aunque la estabilidad laboral fue precaria en interior mina y en los ingenios.

            Según una nómina, en 1934 trabajaban en Llallagua (la principal mina de Patiño) 516 chilenos, 565 peruanos y 644 cochabambinos. Patiño ofrecía salarios más altos y una mejor pulpería, pero las condiciones de trabajo eran difíciles y la vivienda era precaria, a pesar de los esfuerzos por mejorar el campamento de Siglo XX. Había una rotación permanente (Contreras b, p.10).

            En Catavi, el chileno Miguel Terán ayudó al aimara Pedro Ajuacho a organizar la gran protesta de diciembre de 1942, que terminó en una masacre en la pampa cercana a los barrios de empleados.

Ajuacho fue apresado y luego liberado durante el Gobierno de Gualberto Villarroel en 1946. De Terán no tenemos más datos, aunque viejos mineros recordaban a colegas chilenos en la mina de Siglo XX (Cajías, 1987).

            A continuación, intentaremos poner nombre y apellido a algunas de esas cifras. Lourdes Peñaranda Morante, encargada del Archivo Regional Catavi del Archivo Histórico de la Minería Nacional de COMIBOL, Catavi-Llallagua-Norte Potosí, publicó una investigación sobre los “Documentos Secretos en la Patiño Mines & Enterprises Consolidated (Incorporated). (Archivo Regional Catavi, dependiente del Archivo Histórico de la Minería Nacional de la COMIBOL).

Ahí relata el hallazgo de hojas sueltas de tamaño carta con el membrete al lado izquierdo: “P.M. & E.C.I.-Llallagua”; al lado derecho: “FORM. G. 133”; y, al centro, se identifica un número de folio. Cada hoja contiene una fotografía de 3,5 cm de ancho y 5 cm de alto. Cada trabajador tenía un número asignado para acudir a la pulpería, para recoger lámparas antes de ingresar al interior de la mina y devolverlas al salir y para la atención médica.

“En la parte inferior se lee el motivo por el cual fue despedido y la prohibición de su retorno a la empresa. Asimismo, se lee los nombres del padre y la madre del trabajador, el oficio que tenía, el lugar de nacimiento y la fecha de retiro.”

Existen 297 nombres de obreros entre 1927 y 1938.

“Otro dato interesante es la procedencia de los trabajadores, en las 297 hojas sueltas o fichas, identificamos que los obreros provenían de otros países, como Chile, Perú, y de otros departamentos de Bolivia, como Cochabamba, La Paz, Oruro, (Chuquisaca) Sucre, sur y norte de Potosí.”

Varios trabajadores fueron despedidos por “agitadores”, “subversivos”; “retirado por federado”; “no puede volver a la empresa”; “retirado por orden de las autoridades militares”; “por robo de dinamita”.

“1. Retirados por ser parte de la huelga del 6 de septiembre de 1930 (89 obreros); 2. Retirados por federados y por participar de la huelga del 2 de junio de 1932 (29 obreros); 3. Retirados porque protagonizaron protestas el 1-2 de marzo y 14 de abril de 1937, alrededor de las pulperías de Cancañiri y Siglo XX. Además, en estas dos protestas algunos fueron retirados, porque participaron sus esposas y/o madres.”

Por ejemplo, Celestino Baina Morales, con número de archivo 9142. En la parte inferior de su fotografía, se lee: “Incluido en la delegación de los huelguistas de fecha 6 de septiembre de 1930. Prohibido su reingreso a la empresa. Padre: Nicanor Baina, Madre: Manuela Morales. Oficio: Labrador. Lugar de nacimiento: Itapaya (Cochabamba) Fecha de retiro: 6 de septiembre de 1930”

Es un mismo formato y contenido se observa en las hojas sueltas o fichas, por la huelga del 6 de septiembre de 1930.   “Se han identificado 39 fichas con nombres de obreros despedidos por federados. Se entiende que estos trabajadores fueron parte de la Federación Obrera Central de Uncía (FOCU), fundada el 1 de mayo de 1923”.

La empresa ya había elaborado una “lista reservada” en 1927. Ejemplo:

            Juan de Dios Barrientos Ugarte, Retirado por federado; prohibido su reingreso a la empresa. Padre: Policarpio Barrientos, Madre: Trinidad Ugarte. Oficio: Mecánico. Lugar de nacimiento: Oruro. El año 1927 fue retirado por orden de las Autoridades Militares (Hombre muy Peligroso).

De acuerdo con la información registrada en las fichas, la Patiño despidió a 29 obreros por haber participado en la protesta del 2 de junio de 1932. En una ficha se lee: Eustaquio Limache Rojas, despedido por agitador, tomó parte en la protesta del 2 de junio de 1932, prohibido su reingreso a la Empresa. Padre: Mariano Limache, Madre:                   Tomasa Rojas. Oficio: Picapedrero Perforista. Lugar de nacimiento: Oruro, Fecha de retiro: 2 de junio de 1932.

El 1 y 2 de marzo de 1937 hubo protestas en Cancañiri y Siglo XX, pidiendo la rebaja de precios de pulpería, en las que participaron obreros, sus esposas y madres. Por ese motivo, la “Patiño Mines” despidió a cinco obreros. “Su mujer Eugenia Moya, tomó parte en la agitación en las pulperías de Siglo XX, el día 1 de marzo de 1937. Asistió como delegada de sus compañeras, a la Gerencia y Subprefectura respectivamente, no puede volver a la empresa”. El texto se refiere al esposo, quien no puede “volver” a su fuente de trabajo.

El 14 de abril de 1937, las esposas de los trabajadores, que acudieron a la pulpería de Cancañiri como de costumbre, protagonizaron una protesta pidiendo la rebaja de los precios de los artículos de primera necesidad. En una de las fichas se encuentra registrada la información de esta manera: Serapio Ayala Rocha, Fecha de retiro: 14 de abril de 1937, prohibido su reingreso a la Empresa. “La mujer de este obrero; Sinforosa Flores, con actitud amenazante obligó a sus compañeras a no aviarse, mientras no fueran rebajados los precios en las pulperías. Fue insolente ante el señor subprefecto y el jefe de pulperías señor Félix D. Tejada, durante el tumulto del día 14 de abril de 1937 en la pulpería de Cancañiri”.

Entre los despedidos encontramos fichas de trabajadores chilenos. No existen datos si ellos siguieron en la población civil, si tenían esposa o compañera, hijos, alguna familia. Una rápida consulta a personas de Llallagua con conocimientos históricos de la población no trajo novedades. Aparentemente no hay actualmente descendientes de obreros chilenos.

Sería interesante lograr que algún familiar identifique a su abuelo o bisabuelo en estas fotografías seleccionadas en las hojas encontradas en el Archivo de la Patiño Mines en Catavi.

Los obreros bolivianos y chilenos estaban hermanados frente a la gerencia que decidía echarlos y es seguro que compartieron huelgas, protestas, demandas. El robo de dinamita, sin duda, estaba relacionado más con acciones políticas que con delitos comunes. Es importante notar la intervención de autoridades militares para justificar la prohibición que estos “hombres peligrosos” (re) ingresen a cualquier dependencia de la Patiño.

¿Qué pasó con los chilenos expulsados? ¿Salieron de las minas? ¿Volvieron a su lugar natal? ¿Buscaron trabajo en otros lugares dentro de Bolivia?