La
presencia de ciudadanos chilenos en las minas ubicadas en territorio boliviano,
en la última centuria, es un asunto ampliamente estudiado. En muchos casos se publicaron
datos de empresarios o de capitalistas que por lustros fueron dueños de
socavones, principalmente en el sureño departamento de Potosí (Catavi) o en La
Paz (Corocoro).
En otros, se investigó
la relación de trabajadores chilenos en interior mina o en ingenios en
diferentes momentos de la historia de la minería boliviana. También existe
abundante bibliografía sobre las idas y venidas de obreros de uno u otro lado
de la frontera convocados o expulsados por las empresas salitreras en Iquique,
en el norte chileno.
Oruro y
Cochabamba son nombres de ciudades bolivianas que aparecen frecuentemente en la
documentación sobre los pampinos.
Hay información
sobre los ferroviarios chilenos y bolivianos (también peruanos, argentinos y
españoles) en las empresas que tenían esa triple representación británica,
chilena y boliviana. Existen archivos inéditos sobre el Ferrocarril Arica La
Paz que detallan las dificultades para cumplir la legislación laboral en una
entidad que pasaba de un país a otro con trabajadores de varios orígenes
(Cajías, Lupe. Ferrocarril Arica La Paz, documentación legal 1916-1919, 2024,
fichas inéditas. Salluco Sirpa, Teodoro. La construcción del ferrocarril
Arica-La Paz (1904-1913), 2016).
Las biografías
de mujeres chilenas en Potosí asomaron en novelas. La más famosa sin duda es la
obra del diplomático boliviano francés Adolfo Costa du Rels: “Los Andes no
creen en Dios” (Planeta, 1973), convertida en guion cinematográfico en 2007
para la película que dirigió Antonio Eguino.
Algunos
de los datos sobre bolivianos que trabajaron en las salitreras fueron
publicados desde hace más de tres décadas. Más de 12 mil bolivianos habitaban la pampa al inicio
del siglo XX (11% de la población) (Medina et al, 1997, p. 95).
“Llegan pampinos
del norte chileno con sus ideas anarquistas y marxistas; quieren causar
revueltas entre los mineros”, apuntaba un periódico en 1914 (Cajías, Lupe.
1987, p. 42).
“Fue en Tupiza, en Oruro, en Potosí, en Uyuni, donde
entre 1905, 1907 y 1908 se fundaron sociedades de socorro mutuo, uniones
obreras y otras organizaciones proletarias ya con influencia marxista,
socialista, anarquista. No sólo eran los tradicionales artesanos, sino
ferroviarios y, sobre todo, los mineros. Más tarde, se organizaron sociedades
en La Paz, Cochabamba, Tarija. Varios de esos grupos tenían a su vez un
“pasante”, relacionando la rebeldía con el baile al santo patrono. (…) “El
elemento extranjero no es ajeno a estas inquietudes, los residentes chilenos en
Oruro, dirigidos por Carlos Pobrete, Guillermo Febini y Donoso Carvalho se
organizan en 1912 en la “Sociedad Chilena de Socorros Mutuos”, igual que los
eslavos Franichevis, Garafulic y Ostojik que organizan, por su parte, una
sociedad eslava similar” (Delgado, 1984, pp. 55 y ss.).
En 1918 se dio la primera masacre
contra obreros en Uncía. Luego de la balacera por la marcha recordatoria del
Primero de Mayo, el comandante del batallón, Mayor José Ayoroa, escribió al
presidente Bautista Saavedra pidiendo la expatriación a Arica de los rebeldes
Machicado, Soto, Sotomayor y otra decena más que tenían apellidos chilenos.
También se acusó al peruano Ernesto Fernández de ser el principal agitador.
“Antes de mayo, no existía idea de federarse entre
los obreros”, arguyó el militar. También denunció a los extranjeros Franjola y
Sapunar. A todos los acusaba de ir sublevando a los campamentos mineros en
Oruro, Potosí, Uncía, Llallagua, Chayanta y de tener dinamita y otros
explosivos (id., p. 70 y ss.).
La
Prensa (27 de marzo de 1919) informó sobre la “repatriación de “nuestros
connacionales que trabajan en las cosas salitreras”. El periodista opinaba que
las empresas debían preferentemente dar ocupación a obreros bolivianos, “por lo
menos en un 70 %. (…) En el distrito de Oruro, por ejemplo,
tenemos más de diez empresas grandes de minas y en cada una por lo menos hay un
50% de trabajadores extraños al país. Igual cosa ocurre en la empresa del
ferrocarril. Y mientras que estos gozan de privilegios y cuentan con el trabajo
diario para su sostenimiento y el de sus hogares, los hijos del país sufren
miserias y se hallan expuestos a perecer”.
El valle cochabambino ofrecía brazos
en épocas de descanso agrícola, entre siembra y cosecha y también otras zonas
rurales, como muestran las listas de personal existentes en los archivos de la
Patiño Mines, la empresa que fundó Simón Patiño.
Acudían estudiantes, desocupados y hombres
de capas medias de Sucre, Cochabamba, Oruro.
Las empresas buscaban diversas formas de
conseguir esos trabajadores: contratos fijos, contratistas eventuales,
enganches. Cada una de ellas tenía sus ventajas y desventajas y es indudable
que hasta los años 30, la población era muy fluctuante. A ello se agregaba la preocupación porque los obreros que se
trasladaban de uno a otro lugar llevaban también en sus morrales nuevas ideas,
socialistas, anarquistas, marxistas, rebeldías, experiencias.
La Prensa (10 de octubre de 1919) difundió durante varios días noticias sobre los
disturbios obreros en Uncía y en Llallagua. El redactor aseguraba que los
bolivianos eran respetuosos del patrón. “No están contaminados aún del espíritu
belicoso que caracteriza a la peonada de los países vecinos; y si los sucesos
que comentamos tienen tal gravedad, es seguro que hayan intervenido agentes
extraños, imbuyéndoles ideas disociadoras y preparando mañosamente este primer
golpe de hecho, que puede repercutir en otros asientos mineros, con funestas
consecuencias”. Pedía actuar con toda energía contra los “elementos extranjeros
expulsados de los estados vecinos.”
Las
noticias detallaron los hechos de una “huelga convertida en subversión”
protagonizada por mineros de La Salvadora que pedían aumentos salariales. El
oficialismo culpaba a la “propaganda malsana que ha hecho eco en los mineros de
Uncía” y acusaba a la oposición política de aprovechar esas circunstancias.
Tres
obreros murieron en los ataques al Ingenio de Miraflores. “El principal
instigador, un chileno, se dice que ha fugado, pues que a éste se le atribuye
la causa de esos disturbios por haber vociferado en forma violenta contra los
empresarios” (id., 14 de octubre de 1919).
Esta
huelga fue inscrita como el prólogo histórico del movimiento minero boliviano.
La
huelga en Uncía de 1923 fue otro momento de tensión entre los trabajadores, las
empresas, el gobierno, los militares.
Desde el retorno
de los pampinos bolivianos, el arribo de obreros de países vecinos y la
acumulación de organizaciones de ayuda mutua desde fines del siglo XIX, se
organizaban los embriones de los sindicatos que se consolidarían después de la
Guerra del Chaco.
Contreras
cita (Nota 88, 1989) que en 1913 había 199 trabajadores chilenos de un total de
4.206 en las empresas de Patiño. José Alejandro Peres y Niguel Costa citan en
un documento inédito sobre la historia de la minería boliviana a Roberto
Querejazu Calvo (1978, p. 175) y a Antonio Mitre (1973, p. 231) sobre la
llegada de trabajadores peruanos y chilenos en diferentes momentos.
Por su
parte, Gustavo Rodríguez en su clásico texto sobre el sindicalismo minero
(1991, p. 72) “No pocos de los que contribuyeron en aquellos años a forjar la
cultura minera contestataria vinieron evidentemente de un medio exterior a los
trabajadores mineros; mas no del movimiento obrero. No eran, pues, parte de la intelligentsia
urbana de clase media; en cambio, mayoritariamente pertenecían al mundo del
trabajo. Había artesanos, como el carpintero Guillermo Gamarra, presidente de
la Federación Obrera Central de Uncía (FOCU), quien perteneció al Centro Obrero
de Estudios Sociales (La Paz) antes de empezar a trabajar en la mina La
Salvadora de la Patiño Mines, mineros chilenos como N. Bravo, a quien el fiscal
Enrique Mallea, que levantaba diligencias
sobre los motines de Pulacayo de julio de 1921 en los que participó
Bravo, atribuía haber dicho que él obrero boliviano iría pronto a la anarquía´,
peruanos como Ernesto Fernández (…)” y otros obreros y artesanos bolivianos que
ayudaron a organizar las federaciones obreras en la década de los 20.
Entre 1930 y
1935, aumentó la presencia de obreros chilenos y peruanos.
Especialmente
esto se dio durante la Guerra del Chaco (1932-1935), cuando cientos de obreros
y empleados fueron reclutados como reservistas. Patiño trajo 1.832 chilenos y
peruanos para reemplazarlos, aunque la estabilidad laboral fue precaria en
interior mina y en los ingenios.
Según una nómina, en 1934 trabajaban
en Llallagua (la principal mina de Patiño) 516 chilenos, 565 peruanos y 644
cochabambinos. Patiño ofrecía salarios más altos y una mejor pulpería, pero las
condiciones de trabajo eran difíciles y la vivienda era precaria, a pesar de
los esfuerzos por mejorar el campamento de Siglo XX. Había una rotación
permanente (Contreras b, p.10).
En Catavi, el chileno Miguel Terán ayudó al aimara
Pedro Ajuacho a organizar la gran protesta de diciembre de 1942, que terminó en
una masacre en la pampa cercana a los barrios de empleados.
Ajuacho fue
apresado y luego liberado durante el Gobierno de Gualberto Villarroel en 1946.
De Terán no tenemos más datos, aunque viejos mineros recordaban a colegas
chilenos en la mina de Siglo XX (Cajías, 1987).
A
continuación, intentaremos poner nombre y apellido a algunas de esas cifras.
Lourdes Peñaranda Morante, encargada del Archivo Regional Catavi
del Archivo Histórico de la Minería Nacional de COMIBOL, Catavi-Llallagua-Norte
Potosí, publicó una
investigación sobre los “Documentos Secretos en la Patiño Mines &
Enterprises Consolidated (Incorporated). (Archivo Regional Catavi, dependiente
del Archivo Histórico de la Minería Nacional de la COMIBOL).
Ahí relata el
hallazgo de hojas sueltas de tamaño carta con el membrete al lado izquierdo: “P.M.
& E.C.I.-Llallagua”; al lado derecho: “FORM. G. 133”; y, al centro, se
identifica un número de folio. Cada hoja contiene una fotografía de 3,5 cm de
ancho y 5 cm de alto. Cada trabajador tenía un número asignado para acudir a la
pulpería, para recoger lámparas antes de ingresar al interior de la mina y
devolverlas al salir y para la atención médica.
“En la parte inferior se lee el motivo por
el cual fue despedido y la prohibición de su retorno a la empresa. Asimismo, se
lee los nombres del padre y la madre del trabajador, el oficio que tenía, el
lugar de nacimiento y la fecha de retiro.”
Existen 297 nombres de obreros entre 1927
y 1938.
“Otro dato interesante es la procedencia
de los trabajadores, en las 297 hojas sueltas o fichas, identificamos que los
obreros provenían de otros países, como Chile, Perú, y de otros departamentos
de Bolivia, como Cochabamba, La Paz, Oruro, (Chuquisaca) Sucre, sur y norte de
Potosí.”
Varios trabajadores fueron despedidos por
“agitadores”, “subversivos”; “retirado por federado”; “no puede volver a la
empresa”; “retirado por orden de las autoridades militares”; “por robo de
dinamita”.
“1. Retirados por ser parte de la huelga
del 6 de septiembre de 1930 (89 obreros); 2. Retirados por federados y por
participar de la huelga del 2 de junio de 1932 (29 obreros); 3. Retirados
porque protagonizaron protestas el 1-2 de marzo y 14 de abril de 1937,
alrededor de las pulperías de Cancañiri y Siglo XX. Además, en estas dos
protestas algunos fueron retirados, porque participaron sus esposas y/o madres.”
Por ejemplo, Celestino Baina Morales, con número de archivo 9142. En la parte
inferior de su fotografía, se lee: “Incluido
en la delegación de los huelguistas de fecha 6 de septiembre de 1930. Prohibido
su reingreso a la empresa. Padre: Nicanor Baina, Madre: Manuela Morales. Oficio:
Labrador. Lugar de nacimiento: Itapaya (Cochabamba) Fecha de retiro: 6 de
septiembre de 1930”
Es un mismo formato y contenido se observa
en las hojas sueltas o fichas, por la huelga del 6 de septiembre de 1930. “Se han identificado 39 fichas con nombres de
obreros despedidos por federados. Se entiende que estos trabajadores fueron
parte de la Federación Obrera Central de Uncía (FOCU), fundada el 1 de mayo de
1923”.
La empresa ya había elaborado una “lista reservada” en 1927. Ejemplo:
Juan de Dios Barrientos Ugarte, Retirado
por federado; prohibido su reingreso a la empresa. Padre: Policarpio Barrientos,
Madre: Trinidad Ugarte. Oficio: Mecánico. Lugar de nacimiento: Oruro. El año
1927 fue retirado por orden de las Autoridades Militares (Hombre muy Peligroso).
De acuerdo con la información registrada
en las fichas, la Patiño despidió a 29 obreros por haber participado en la
protesta del 2 de junio de 1932. En una ficha se lee: Eustaquio Limache Rojas, despedido por
agitador, tomó parte en la protesta del 2 de junio de 1932, prohibido su
reingreso a la Empresa. Padre: Mariano Limache, Madre: Tomasa Rojas. Oficio:
Picapedrero Perforista. Lugar de nacimiento: Oruro, Fecha de retiro: 2 de junio
de 1932.
El 1 y
El 14 de abril de 1937, las esposas de los
trabajadores, que acudieron a la pulpería de Cancañiri como de costumbre,
protagonizaron una protesta pidiendo la rebaja de los precios de los artículos
de primera necesidad. En una de las fichas se encuentra registrada la
información de esta manera: Serapio Ayala Rocha, Fecha de retiro: 14 de abril
de 1937, prohibido su reingreso a la Empresa. “La mujer de este obrero; Sinforosa Flores, con actitud amenazante
obligó a sus compañeras a no aviarse, mientras no fueran rebajados los precios
en las pulperías. Fue insolente ante el señor subprefecto y el jefe de
pulperías señor Félix D. Tejada, durante el tumulto del día 14 de abril de 1937
en la pulpería de Cancañiri”.
Entre los
despedidos encontramos fichas de trabajadores chilenos. No existen datos si
ellos siguieron en la población civil, si tenían esposa o compañera, hijos,
alguna familia. Una rápida consulta a personas de Llallagua con conocimientos
históricos de la población no trajo novedades. Aparentemente no hay actualmente
descendientes de obreros chilenos.
Sería
interesante lograr que algún familiar identifique a su abuelo o bisabuelo en
estas fotografías seleccionadas en las hojas encontradas en el Archivo de la
Patiño Mines en Catavi.
Los obreros
bolivianos y chilenos estaban hermanados frente a la gerencia que decidía
echarlos y es seguro que compartieron huelgas, protestas, demandas. El robo de
dinamita, sin duda, estaba relacionado más con acciones políticas que con
delitos comunes. Es importante notar la intervención de autoridades militares
para justificar la prohibición que estos “hombres peligrosos” (re) ingresen a
cualquier dependencia de la Patiño.
¿Qué pasó con
los chilenos expulsados? ¿Salieron de las minas? ¿Volvieron a su lugar natal?
¿Buscaron trabajo en otros lugares dentro de Bolivia?