viernes, 20 de marzo de 2026

SER PAPÁ SIN POSTERGAR SUEÑOS

 


            Huáscar Cajías Kaufmann quedó viudo a los 47 años, en la plenitud de sus capacidades profesionales y académicas. Se hizo cargo de diez hijos, entre 3 y 19 años; la mayoría en la fase adolescente.

            Cruceño de nacimiento, vivió en La Paz, Buenos Aires, Roma. Su padre, de origen yungueño y portugués había fallecido en 1966. Su madre, de origen chiquitano, sefardita y alemán y sus hermanas vivían lejos. La suegra, también cruceña, murió poco después. Quedaban algunas tías y amigas, pero él prefirió atender a su prole solo, padre y madre.

            ¿Cómo lo logró? Es un misterio que quizá sólo pueda ser explicado por su profunda fe, su opción por la esperanza como principio, su visión aristotélica y tomista y porque amó a sus prójimos/hijos más que a sí mismo.

            Trabajó durante décadas en cinco o siete lugares al mismo tiempo para cubrir los gastos de tan numerosa descendencia. Era el catedrático más puntual al que todos temían y admiraban. Era el director que se quedaba a revisar el último original, siempre respetado, siempre sereno, cuya presencia/Presencia hacía temblar al tirano. Enseñaba a policías, a estudiantes de educación física, a maestros, a familias católicas, a periodistas, a obispos y monjas, a catedráticos.

            Todos los días encabezaba el almuerzo familiar como en un internado. En 10 segundos había que estar sentado; luego tomar la sopa para tener derecho al primer sorbo del jugo, al segundo y al postre. No se podía dejar sobras. Se cocinaba usualmente de sobra porque no faltaba algún invitado sorpresivo y porque se repartía comida limpia a algún mendigo. Después de los avisos colegiales, venían sus comentarios: historia, literatura, anécdotas, muchos chistes.

            Él traía las carnes frías que compraba en la agencia Stege de la calle Loayza y que apenas duraban un día. Generalmente en su casa tomaban té más de 20 chiquilines, del barrio y del colegio. Cada tarde, se terminaba la mantequilla, el frasco de mermelada y los 10 pesos de marraqueta.

            Aunque se trasladaba en el colectivo 2, lograba organizarse para llegar a la cena, donde las historias eran aún más dramatizadas, tanto que seis de sus hijos estudiaron esa profesión. Además, traía las novedades del día, de la política, del cine, de los libros.

            Una vez a la semana compraba personalmente la carne en el Mercado Sopocachi, donde su casero Claudio le hacía caso porque conocía los cortes argentinos. Otro día compraba la fruta en el Mercado Camacho, donde la casera Berta lo adoraba porque llenaba canastas. Cocinaba los asados de fin de semana y preparaba la “biblia” dominical.

            Regresaba al periódico según los turnos para cuidar la edición. Al volver pedía en Las Velas fritanga o sándwich de chola. Bordeando la medianoche, invitaba a los chicos a disfrutar esos manjares. Primero eran excusas: papá cómo se te ocurre, es tarde. A los pocos minutos, el tropel bajaba corriendo al comedor.

            No faltaba a las reuniones en cada uno de los cursos. Asistía con los chicos al estadio. Compraba ropa de moda para las chicas. Cada mes un libro para cada uno, según sus preferencias.

            Para mostrar que el alemán no era tan difícil se inscribió en el Goethe Institut. Leía en inglés, en portugués, hablaba perfecto italiano, conocía latín, griego.

            El tiempo familiar no le dejó espacio para ir de viernes de soltero ni al bar con los amigos. Durante 14 años no conoció la palabra “vacaciones”. Si aceptaba una invitación a alguna ciudad boliviana partía con todos los chicos que querían/podían acompañarlo.

            ¿Postergó sus sueños por dedicarse a criar a sus hijos?

            Quizá hubiese podido publicar más libros, ordenar tantos apuntes de clase, viajar más.

            Sin embargo, seguramente no hubiese cambiado la intensidad de sus días con tantas personalidades, ruidos, novedades, risas, llantos, peleas: la tribu.

            Fue extraordinario. ¡Claro que sí! Pero no es el único ejemplo conocido de padres presentes, amorosos, que postergan cualquier “sueño personal” por cuidar a sus hijos. ¿Es una suerte? No. Es una elección y una construcción desde el amor.

            Qué distante a las torpes palabras de la viceministra a. i. Durby Andrea Blanco Bravo (32) que declara que no quiere tener hijos “porque no quiero y no quería perder años en casa haciendo un trabajo que no me permita realizar mis sueños”. Fue tonta al no darse cuenta dónde estaba, qué fecha era y por qué a nadie le interesa su biografía. Su posterior aclaración muestra que su nivel no le da para formular políticas serias. ¿De dónde salen estas “autoridades”?

            Es directora de Igualdad de Oportunidades, Descolonización y Despatriarcalización; ese despacho hipócrita debería desaparecer. Son los resabios del pensamiento woke que provoca resultados perversos. El mundo está peor.

            La resistencia está en otra parte, lejos del egoísmo y del yoismo.