Huáscar
Cajías Kaufmann quedó viudo a los 47 años, en la plenitud de sus capacidades
profesionales y académicas. Se hizo cargo de diez hijos, entre 3 y 19 años; la
mayoría en la fase adolescente.
Cruceño
de nacimiento, vivió en La Paz, Buenos Aires, Roma. Su padre, de origen
yungueño y portugués había fallecido en 1966. Su madre, de origen chiquitano,
sefardita y alemán y sus hermanas vivían lejos. La suegra, también cruceña,
murió poco después. Quedaban algunas tías y amigas, pero él prefirió atender a
su prole solo, padre y madre.
¿Cómo lo
logró? Es un misterio que quizá sólo pueda ser explicado por su profunda fe, su
opción por la esperanza como principio, su visión aristotélica y tomista y
porque amó a sus prójimos/hijos más que a sí mismo.
Trabajó
durante décadas en cinco o siete lugares al mismo tiempo para cubrir los gastos
de tan numerosa descendencia. Era el catedrático más puntual al que todos
temían y admiraban. Era el director que se quedaba a revisar el último
original, siempre respetado, siempre sereno, cuya presencia/Presencia hacía
temblar al tirano. Enseñaba a policías, a estudiantes de educación física, a
maestros, a familias católicas, a periodistas, a obispos y monjas, a
catedráticos.
Todos
los días encabezaba el almuerzo familiar como en un internado. En 10 segundos
había que estar sentado; luego tomar la sopa para tener derecho al primer sorbo
del jugo, al segundo y al postre. No se podía dejar sobras. Se cocinaba
usualmente de sobra porque no faltaba algún invitado sorpresivo y porque se
repartía comida limpia a algún mendigo. Después de los avisos colegiales,
venían sus comentarios: historia, literatura, anécdotas, muchos chistes.
Él traía
las carnes frías que compraba en la agencia Stege de la calle Loayza y que
apenas duraban un día. Generalmente en su casa tomaban té más de 20
chiquilines, del barrio y del colegio. Cada tarde, se terminaba la mantequilla,
el frasco de mermelada y los 10 pesos de marraqueta.
Aunque
se trasladaba en el colectivo 2, lograba organizarse para llegar a la cena,
donde las historias eran aún más dramatizadas, tanto que seis de sus hijos
estudiaron esa profesión. Además, traía las novedades del día, de la política,
del cine, de los libros.
Una vez
a la semana compraba personalmente la carne en el Mercado Sopocachi, donde su
casero Claudio le hacía caso porque conocía los cortes argentinos. Otro día
compraba la fruta en el Mercado Camacho, donde la casera Berta lo adoraba
porque llenaba canastas. Cocinaba los asados de fin de semana y preparaba la
“biblia” dominical.
Regresaba
al periódico según los turnos para cuidar la edición. Al volver pedía en Las
Velas fritanga o sándwich de chola. Bordeando la medianoche, invitaba a los
chicos a disfrutar esos manjares. Primero eran excusas: papá cómo se te ocurre,
es tarde. A los pocos minutos, el tropel bajaba corriendo al comedor.
No
faltaba a las reuniones en cada uno de los cursos. Asistía con los chicos al estadio.
Compraba ropa de moda para las chicas. Cada mes un libro para cada uno, según
sus preferencias.
Para
mostrar que el alemán no era tan difícil se inscribió en el Goethe Institut.
Leía en inglés, en portugués, hablaba perfecto italiano, conocía latín, griego.
El
tiempo familiar no le dejó espacio para ir de viernes de soltero ni al bar con
los amigos. Durante 14 años no conoció la palabra “vacaciones”. Si aceptaba una
invitación a alguna ciudad boliviana partía con todos los chicos que querían/podían
acompañarlo.
¿Postergó
sus sueños por dedicarse a criar a sus hijos?
Quizá hubiese
podido publicar más libros, ordenar tantos apuntes de clase, viajar más.
Sin
embargo, seguramente no hubiese cambiado la intensidad de sus días con tantas
personalidades, ruidos, novedades, risas, llantos, peleas: la tribu.
Fue
extraordinario. ¡Claro que sí! Pero no es el único ejemplo conocido de padres
presentes, amorosos, que postergan cualquier “sueño personal” por cuidar a sus
hijos. ¿Es una suerte? No. Es una elección y una construcción desde el amor.
Qué
distante a las torpes palabras de la viceministra a. i. Durby Andrea Blanco
Bravo (32) que declara que no quiere tener hijos “porque no quiero y no quería
perder años en casa haciendo un trabajo que no me permita realizar mis sueños”.
Fue tonta al no darse cuenta dónde estaba, qué fecha era y por qué a nadie le
interesa su biografía. Su posterior aclaración muestra que su nivel no le da
para formular políticas serias. ¿De dónde salen estas “autoridades”?
Es directora
de Igualdad de Oportunidades, Descolonización y Despatriarcalización; ese
despacho hipócrita debería desaparecer. Son los resabios del pensamiento woke
que provoca resultados perversos. El mundo está peor.
La
resistencia está en otra parte, lejos del egoísmo y del yoismo.