https://elduendeorurocultural.com/2026/06/06/raquel-maldonado-la-musica-como-mision-etica/
Es
difícil encontrar un nombre, una persona, una mujer que únicamente recibe
elogios en las críticas de la prensa especializada -dentro y fuera de Bolivia-,
entre las personas que la conocen y entre los centenares de alumnos que pasan
por sus talleres.
Ese
nombre, esa persona, esa mujer es Raquel Maldonado Villafuerte (La Paz, 1978)
quien recibió de sus hadas madrinas dones preciosos: la belleza física, la
disciplina, la capacidad de escuchar los trinos de los pájaros, la curiosidad
para revisar más de 7 mil partituras manuscritas hace 200 años y la voluntad
para adaptar un cuerpo nacido en las alturas ocres de la cordillera a las
llanuras de todos los verdes amazónicos.
Formada
en un hogar de emprendedores, vencedores de los obstáculos de la vida, Raquel
se tituló en música. En 2004, con 26 años, aceptó dirigir la Escuela de Música
de San Ignacio de Moxos. Un encuentro feliz para ella y para el pueblo mojeño
que conserva con esmeró la herencia de los pueblos originarios y de las
misiones jesuíticas y franciscanas que se asentaron en el actual departamento
del Beni.
Raquel
llegó a la población que mejor representa la cultura beniana cuando ya existía
una escuela de música fomentada por las monjas ursulinas, principalmente María
Jesús Echerri. Por ahí habían pasado otras iniciativas con más o menos éxito en
un ambiente en que las tierras bajas bolivianas descubrían que era importante
rescatar y difundir la música renacentista y barroca que había florecido en las
misiones católicas en los siglos XVII y XVIII, principalmente.
La
Escuela de Música de Urubichá, su director Rubén Darío Suárez, gestores
culturales como Marcelo Araoz, Cecilia Kenning, Paola Paz Soldán, sacerdotes y
religiosos habían impulsado los primeros festivales internacionales con ese
legado. Pronto coros y orquestas especializados de Europa y de otros países
americanos se dieron cita para consolidar ese extraordinario esfuerzo que sigue
caminado altivo y fresco.
La joven
directora se dio cuenta que su trabajo no podía limitarse a la enseñanza de esa
música universal o a practicar las canciones y tonadas propias de los mojeños,
sino que estaba obligada a ampliar su labor con el rescate y la investigación
de las antiguas partituras. Emprendió su propio camino con base en sus
experiencias.
La
historia de las partituras merecería otros artículos. Tanto en la Chiquitanía,
principal sede del Festival, como en San Ignasio de Moxos, los indígenas (los
cabildos) cuidaron de generación en generación los antiguos papeles donde los
compositores escribieron sus cantos para las diferentes solemnidades católicas.
Maldonado
intuyó a tiempo que no iba a cumplir unilateralmente el rol de maestra, sino
que a la vez era la alumna que debía prestar atención a las fiestas populares,
especialmente las procesiones en Semana Santa o los festejos para el santo
patrono del pueblo el 31 de julio de cada año.
Recopiló
los sonidos; prestó atención a los tonos y bailes, a la vestimenta, a los roles
de mujeres, hombres, ancianos, niños, a los instrumentos. En poco tiempo, con
muchas noches en vela y sin descanso, logró formar el coro y orquesta de
jóvenes indígenas como nadie pudo jamás imaginar.
Las
presentaciones comenzaron tímidas en la iglesia, en la parroquia; más tarde en
la catedral de la capital Trinidad, en Santa Cruz de la Sierra y finalmente en
La Paz, donde el público suele ser más exigente. Los aplausos se repetían en
uno y otro recinto, en el teatro, en el templo, en el patio, en la calle.
Pronto
llegaron las invitaciones para presentar al grupo en otros festivales
internacionales y en teatros europeos, donde los asistentes tienen larga
experiencia para entender y juzgar la ejecución de música barroca y
renacentista. No era un apoyo paternalista. Se trataba de lograr el
reconocimiento de los profesionales a una propuesta única que unía lo universal
con lo más vernáculo indígena.
Siguieron
los éxitos, las emociones. Los bolivianos residentes en el exterior dejaron de
tener vergüenza cuando las lágrimas asomaban a sus ojos mientras aquella
chiquilla recordaba una cántica de María, los niños eran pastores, los
adolescentes tocaban los violines.
La
exigente Basílica Santa María del Mar al borde del Mediterráneo en Barcelona,
donde las piedras pesadas tienen su propia acústica, se rindió ante el coro.
Miles llenaron la amplia nave y los aplausos se escucharon en toda la Cuitat
Vella. Seguramente es una de las experiencias más puras del grupo mojeño.
La fama
se expandió boca a boca, quizá la mejor propaganda, que patrocinó nuevas y más
y más invitaciones. Los jóvenes se acostumbraron a tener el morral listo para
una nueva gira.
También
se sucedieron los discos: unos más exitosos que otros. Todos grabados con
cuidado y esmero.
Raquel
Maldonado dedicó parte de su tiempo a las tediosas gestiones para lograr abrir
una Escuela de Música en el mismo pueblo, que tenga ítems aprobados por el
propio Ministerio de Educación, una currícula profesional que dé a los
adolescentes un espacio para aprender, ensayar, probar, avanzar en su
autoestima. Los alumnos salen como profesionales y pueden vivir de su arte.
Muchos
de los manuscritos estaban enterrados en alguna casa, varias dentro del
Territorio indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS). Algunos eran muy
viejos y deteriorados, en un ambiente cálido y húmedo. Otros fueron copiados
por las distintas generaciones de músicos indígenas para seguir ejecutando esa
música religiosa.
San Ignacio
fue fundada en 1689 por los jesuitas Antonio de Orellana y Juan de Espejo, en
honor al fundador compañía, San Ignacio de Loyola. Está rodeada de la floresta,
de río y del silencio.
No son
los ladridos ni el retumbe de la pelota los que rompen la tarde. Son las notas
afinadas que salen de la casona. A los lejos suenan los violines, los
contrabajos, los violanchelos. Pasan los chicos con sus instrumentos, las
muchachas con sus grandes estuches de cuero.
La música
en las misiones religiosas en las selvas latinoamericanas tuvo un rol angular
en la evangelización de los indígenas. Ennio Morricone reflejó como pocos esa
emoción que arranca aplausos y lágrimas, como en el filme “La Misión” y en sus
espectaculares conciertos a aire libre, en Venecia o en Verona.
Raquel
es la heredera de todas esas vertientes; la sangre potosina de Los Andes y sus
músicas místicas; de las composiciones europeas; de las religiones propias y
recién llegadas y de la ejecución de los nativos empapados del amor por las
artes de Euterpe.
A su
proyecto profesional unió su proyecto de vida junto a Antonio Puerta, gestor
cultural y a sus hijos que también participan en la escuela y el coro.
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