Qué apuro del ministro de Obras Públicas, Servicios y Vivienda, Mauricio Zamora Liebers, para convocar a una reunión de alto nivel sobre el corredor bioceánico ferroviario sin mostrar antes una evaluación profunda de lo sucedido con los trenes que transitan por el territorio boliviano en los últimos 20 años.
El asunto tiene una trama poco
exitosa. En 2016, bajo el paraguas de la inexperta UNASUR, se anunciaba que en
2024 estaría terminado el tramo boliviano de esa vía de integración con el
financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El proyecto
preveía que después de un siglo se solucionaría el postergado ferrocarril para
unir Cochabamba y Santa Cruz. Ferrocarril que a la vez conectaría el Occidente
con el Oriente, las montañas con las llanuras, las fronteras con Perú, Chile y
Argentina con las principales fronteras con Brasil en el sudeste.
La historia de los ferrocarriles
bolivianos, del rol de Simón Patiño, de los españoles, de los ingleses, del
sueño de llegar al Beni y de los esfuerzos para vencer los obstáculos en
Aiquile está registrada en los archivos de la Sociedad Boliviana de Ingeniería (SIB)
y en libros de expertos como Mario Arrieta, Manuel Contreras y otros. No es
este el espacio para repetirla.
En los últimos quinquenios, como
sucedió con otras áreas del transporte, apareció en escena el paraguayo
venezolano Carlos Gill Ramírez y el grupo de venezolanos y bolivianos que desde
el inicio del gobierno de Evo Morales lograron capturar los mercados más
importantes del Estado.
El primer embajador chavista
acreditado ante el Proceso de Cambio tuvo la habilidad de invitar a los
inversionistas que simpatizaban con el socialismo Siglo XXI. Esa es la última
fase del capitalismo, la más salvaje, que reniega de los ricos para disfrazar
sus propias ambiciones; para acumular dinero y bienes con negocios ligados al
Estado.
Como en otros países bajo gobiernos
similares, las compras de periódicos, cadenas de televisión, agencias,
revistas, portales en internet, forman parte del esquema. Es una operación tan
enorme, con tantos tentáculos, que apenas se intuyen algunos casos, algunos
nombres. Los libros que los analizan no alcanzan a abarcar al continente,
además de los insumos españoles, rusos, iraníes.
Acompaña a estos grupos de poder
político y económico un tufillo incómodo, opaco, al borde de los ilegal, rebalsando
lobbies, amistades, intercambios, incursiones externas: Gravetal en Santa Cruz,
el Teleférico en La Paz, los radares que debieron funcionar en todo el país, la
compra de las empresas que habían capitalizado las ferroviarias andina y
oriental. También se abre otra ventana que aumenta esa tendencia a oligopolios
y monopolios con el anuncio que Gill quiere entrar al potencial del litio potosino
aliado con Marcelo Claure.
Para cada tema hay mucho para
investigar dentro y fuera del Estado, empezando por informes de la Unidad de
Investigación Financiera (UIF). Si el gobierno de Rodrigo Paz quiere entrar
realmente al fondo de las transacciones millonarias de la época del Movimiento
al Socialismo (MAS) en el poder, debería comenzar con estas cloacas.
Sin embargo, parecería que el
rechazo al masimo se detiene cuando se entrecruzan otros objetivos. Ni Evo, ni
Luis Arce gobernaron solos; muchos fueron sus aliados.
Así como existe conflicto de
intereses cuando un funcionario público pasa directamente, con la información
que conoce, a una empresa privada ligada a la misma área, se debe aplicar la
misma vara para aquellos empleados que pasan al Estado para seguir desde ahí ocupados
con los objetivos que manejó su antiguo empleador.
El periódico El País de Tarija ha
difundido un amplio y documentado dossier sobre los manejos en las vías ferroviarias
bolivianas. Entre los temas está el de dos de sus ex empleados: el actual ministro
de Economía y Finanzas Públicas José Gabriel Espinoza Yañez, y la flamante
Coordinadora Interina de la Unidad Técnica de Ferrocarriles (UTF) Cynthia
Martha Aramayo Aguilar. Ambos ocuparon altos cargos de decisión en la empresa
controlada por Gill Ramírez. Ahora trabajan para el Estado en el mismo tema.
Otra vez los pasanakus quedan
“en familia”, amigos, paisanos. Esos lazos incestuosos que en su momento se
atrevió a denunciar Jacques Trigo Loubiere, cuando las superintendencias
funcionaban con independencia; cuando el estado se preocupaba por modernizar la
economía y contratar a personal calificado.
Zamora Liebers tiene bajo su
responsabilidad temas altamente sensibles como la vivienda, las
telecomunicaciones y el transporte. Quizá sería mucho más importante para el
boliviano de a pie que se preocupe primero por las carreteras y por los caminos
nacionales que siguen en pésimas condiciones.
La interconexión bioceánica es de
gran impacto, incluyendo los efectos en el medio ambiente. La forma precipitada
en la que se la está abordando no parece una buena hoja de ruta.