En el marco de la IV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, Gonzalo Sánchez de Lozada, presidente de Bolivia, aconsejó a Fidel Castro, presidente de Cuba, acelerar la apertura de la isla para atraer inversiones externas y encaminar el régimen a la democracia. Goni comentó a Fidel la experiencia del Movimiento Nacionalista Revolucionario que fue capaz de liderar las principales transformaciones en su país anticipándose a presiones internas o externas.
El líder
cubano se río y se limitó a subrayar la inteligencia de su interlocutor. Goni,
con su famoso humor, también se río y le recordó que cuando asumió el poder, el
pueblo boliviano ni se enteró porque estaba más atento a la llegada de Castro. La multitud salió a las calles sin ninguna
convocatoria y coreó: Fidel hermano, ya eres boliviano, mientras él alzaba una
taza con mate de coca desde la ventana del hotel.
El
encuentro entre Sánchez de Lozada y Castro tuvo lugar en Cartagena, Colombia,
en junio de 1994, un año después de aquella visita. El anfitrión, César
Gaviria, había logrado reunir a los máximos representantes de los 21 países
iberoamericanos. Con la recuperación del sistema democrático -del cual Bolivia
fue pionero- las cancillerías restablecieron relaciones con Cuba cortadas con
la presión de Estados Unidos en 1963 (salvo México).
Más allá
de la declaración final de integración, la cita fue el punto más alto de una
América Latina que buscaba unida su propio destino. La eliminación de visas,
las facilidades para el transporte, los corredores interoceánicos o la postura
conjunta en foros internacionales marcaban la hoja de ruta.
Políticos,
cancilleres, periodistas asistieron al concierto de Pablo Milanés y Carlos
Vives. Juaquín Sabina rasgó la guitarra mientras preguntaba si era un sueño ver
en la misma fila al comandante guerrillero, al rey español, a tantos líderes
juntos. Violeta Chamorro gobernaba Nicaragua sin presos políticos. Rafael
Caldera, presidente de Venezuela había indultado a Hugo Chávez como parte de
una política de reconciliación nacional y para dar oportunidad de participación
democrática a los golpistas.
Una
década más tarde, todo aquel tablero estaba erosionado. Cuba cortó las
iniciativas privadas como los tímidos “paladares” (restaurantes) y clavó
puñaladas en países que le dieron amistad. En Nicaragua resucitó el sistema
dictatorial de los Somoza de la mano del sandinista Ortega. Los Chamorro
volvieron a ser perseguidos.
Chávez
inició una agenda de chantaje económico con las islas caribeñas que necesitan
importar petróleo. Logró una alianza perversa con Cuba, que recibía dinero a
cambio de fortalecer mecanismos de control político e ideológico. Desde el
inicio, el presidente venezolano buscó crear bases en otros países del
continente. Los petrodólares abrieron muchas sendas.
Después
de algunos intentos encontró en Bolivia al Movimiento al Socialismo, Álvaro
García Linera y Evo Morales como el espacio para intervenir directamente. Ejerció
un tutelaje con rasgos humillantes para el propio cocalero que bajaba la cabeza
cuando el venezolano le llamaba su indiecito.
La
embajada de Caracas en La Paz se convirtió en un búnker para competir con la de
EE. UU. Muchos asuntos internos pasaron por ahí, extremo que debe ser
investigado por las autoridades competentes. Los embajadores bolivianos en
Caracas tienen mucho que informar.
Bordeando
la traición a la patria, el Estado Plurinacional permitió el ingreso de tropas
venezolanas y de asesores cubanos en diferentes espacios. Las reuniones
ampliadas de gabinete en hoteles o sedes campestres eran supervisadas por
servicios de inteligencia extranjeros.
La
presencia altanera de venezolanos en las calles paceñas provocó resistencia
inmediata. En cambio, la población recibió amablemente a médicos cubanos hasta
que se filtraron las investigaciones internacionales sobre el verdadero
carácter de esas misiones.
En vez
de abrirse a la democracia, Cuba intentó dominar a los países que caían en el
Socialismo Siglo XXI. Su embajada alcanzó amplio poder en las decisiones de
ministros y funcionarios públicos. El rechazo de la gente a esa intromisión se
reflejó en la crisis de 2019. El cariño de 1994 se convirtió en aborrecimiento.
Cuba y
Venezuela, los Castros y los Chavez Maduro, creyeron que podían ejercer un sub imperialismo
a la orden de Rusia e Irán bajo el sistema de un solo partido. Los bolivianos
no se dejaron. Por ello ahora, la condena al secuestro ilegal de un presidente
y el asesinato de latinoamericanos no se convierte en solidaridad, como hubiese
sido hace 25 años.