viernes, 18 de marzo de 2022

BICENTENARIO DE HEINRICH SCHLIEMANN

    

            Alguien que me cautivó en mi niñez fue Heinrich Schliemann, cuyo bicentenario natal se recordó/olvidó este 6 de enero. Un nombre, una biografía, una herencia que tuve la dicha de conocer gracias a las tertulias vespertinas con mi padre y gracias a las tareas con Herr Weber en el Colegio Alemán Mariscal Braun.

            Schliemann descubrió las ruinas de Troya, la legendaria ciudad del poema homérico “La Ilíada”, que a la vez era una de mis referencias favoritas a través de la revista ilustrada “Joyas de la Mitología” de la editorial mexicana Novarro, un privilegio semanal que costaba menos que un chupete.

            Los personajes, principalmente la enigmática Helena causante de una guerra por su belleza y pasión; el impecable Héctor; las madres y esposas troyanas; la figura paternal de Príamo; Aquiles el héroe griego, acompañaron la formación de miles de escolares latinoamericanos durante décadas. Lastimosamente, las nuevas tendencias de cierto discurso populista relegan la cultura cosmopolita al canasto. ¡No saben lo que hacen!

            Los actuales estudiantes bolivianos no se enteran de los fundamentos del conocimiento mundial, de los arquetipos psicológicos, de las ideas filosóficas, de las civilizaciones fundamentales en la historia de la Humanidad.

            Leía fragmentos de las memorias de Schliemann, donde él contaba cómo el libro ilustrado que le regaló su padre lo hizo soñar desde sus siete años con ese mundo antiguo. Un anhelo reforzado por la recitación de un vecino borracho que sabía de memoria los versos griegos. Para cumplir su objetivo de encontrar los escenarios de la guerra de Troya, Heinrich decidió vencer su destino de pobre y marginado.

            Aunque no había podido terminar el colegio, se dedicó a acumular dinero como comerciante. Estableció negocios en Venezuela, en Cuba, en Rusia- donde se casó con una aristócrata, Ekaterina Lyschin- y en otros países europeos. Su ambición era llegar a Grecia y a Turquía, donde suponía podía quedar la legendaria muralla.

            Para ello aprendió 20 idiomas. Esa era la otra razón de mi fascinación por su biografía. Además de su alemán materno, estudió inglés con su propio método que era recibir clases ordinarias, repetirlas cuando esperaba el bus, mientras comía, cuando iba a una iglesia. Así logró dominar el ruso, el español, el francés, el árabe, el griego y más tarde el turco, el griego antiguo, el hindi y conocer otras lenguas.

            Intenté copiar esa forma de aprender idiomas sin mucho éxito, pero me quedó la guía de aplicar el máximo esfuerzo cotidiano para llegar a los objetivos propuestos, así sean lejanos. Nada es regalado. Solamente con una mente amplia y la consciencia de combinar las propias limitaciones personales con las utopías se alcanzan las metas.

            Aunque muchos contemporáneos creyeron que estaba loco cuando decidió invertir su fortuna en estudiar arqueología y en ir hasta Turquía en busca de Troya, él mostró que tenía razón. No descubrió una, sino ciudades superpuestas, desde 3000 años A.C. hasta la época bizantina, cubiertas por sucesivas capas de tierra y piedra.

            Cometió errores y más de una de sus interpretaciones fueron torpes, pero consiguió desenterrar lo que se conoce como el tesoro de Príamo y la máscara de Agamenón (nombre que puso a uno de sus hijos); regaló joyas primitivas a su nueva esposa, la griega Sophia Engastromenos, aunque ello era incorrecto.

            Schliemann vivió la guerra de Crimea, una de las más sangrientas muestras del expansionismo ruso, que terminó con la derrota del ejército zarista. Sus experiencias son ejemplo de una época europea fascinante, cuando se consolidaba la relación de esa cultura con la herencia universal de la antigua Grecia. Época truncada en Sarajevo, 1914.